Intolerancia
La Policía está obligada a aclarar a la brevedad lo que sucedió ayer en la Rotonda Rubén Darío, antes que la violencia política se vuelva incontrolable. Intencionalmente o no, estamos caminando hacia una sociedad radicalmente intolerante, donde vale más el garrotazo que el argumento, donde todo lo que hagan mis “iguales ideológicos” es bueno y todo lo que hagan mis “adversarios ideológicos” es malo. Estamos perdiendo el consenso mínimo que sustenta a una sociedad democrática, según los cuales hay hechos y actitudes condenables, las haga quien las haga.
Consensos
No puede la agresión a un periodista a veces ser “buena” y otras veces “mala”. Es condenable siempre. No puede un grupo creer que las calles son propiedad exclusiva de ellos y que tienen el derecho de agredir a otros que quieran usarlas para protestar pacíficamente por lo que se les dé la gana. No podemos aceptar que “pueblo” sólo son quienes piensan como yo. No podemos dejar que un partido imponga su presencia en las instituciones estatales, basado sólo en un estúpido “sentirse superior”. Si estos consensos mínimos se rompen, terminaríamos como muchos países de África: matándonos los unos a los otros en las calles sin que se sepa exactamente por qué y para qué. Estamos mal, pero por Dios, podemos estar peor.
Pecados
El gran pecado es de las autoridades. La ruptura de estos consensos se legitima cuando la Contraloría se hace de la vista gorda ante la escandalosa confusión Estado-Partido, o cuando para el Procurador de Derechos Humanos sólo son sujetos de derechos sus ideológicamente afines. O cuando los jueces condenan a los opositores y exoneran siempre a los oficialistas.
Apartheid
Estamos viviendo una especie de apartheid. Algunos ciudadanos tienen más derechos que otros. O creen tenerlos. Esta vez no es por raza, religión o sexo la discriminación. Es por ideología o, más apropiado, por identificación partidaria. En Nicaragua los ciudadanos se dividen en “danielistas” y “no danielistas”. Y según donde estén gozan de más o menos derechos. Un ejemplo de los muchos que hay: un “danielista” puede ser presidente del Consejo Supremo Electoral y llegar a gritar consignas en un acto partidario, pero un observador electoral “no danielista” no puede siquiera asomarse a una marcha de la oposición.
Pueblo y Patria
Miren qué mal están las cosas. Ahora resulta que Daniel Ortega no sólo es “Pueblo”, sino también “Patria”. Don Miguel de Castilla debería estar cambiando los libros de Educación Cívica para que los niños entiendan que quien critica a Ortega es, por supuesto, un enemigo del pueblo, y quien revela sus chanchullos, un enemigo de la “Patria”.
De película
Cuando dijeron que se habían robado la espada de Darío, y que era una pieza que “podía valer millones”, yo me imaginé un espectacular golpe del crimen organizado. Es que al parecer Darío está en la mira de los saqueadores. Alguien, de quien no diré el nombre, regala uno de sus manuscritos sin tener derecho, otro se roba la Fe de Bautismo y ahora la espada. Entonces, pensé en un robo tipo película, entrando al museo con alta tecnología y sacándola de ahí para esconderla en alguna bóveda impenetrable. Pero no: pronto supimos que fue un borrachito quien se la llevó y que la tenía guardada, envuelta en periódicos, tras un ropero. Ay Nicaragua, Nicaragüita…