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Noticias >> Tecnología
(LA PRENSA/AMÉRICA ECONOMÍA)
Cibercampesinos y las TIC
De la mano de las tecnologías de la información y las comunicaciones (tic), los productores agrícolas equiparan a las industrias de precisión, y prometen llegar incluso a los productores más pequeños
Juan Pablo Dalmasso
Córdoba
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La primera semana de octubre de 2007, en Manfredi, un poblado de la pampa argentina a menos de 80 kilómetros de la ciudad de Córdoba, un puñado de productores agropecuarios estaban extasiados con lo que veían. Un tractor tiraba una sembradora que distribuía semillas de maíz y fertilizantes según los planes cargados en la computadora de a bordo. El maquinista no conducía. Observaba el proceso parado fuera de la cabina sólo por seguridad. El trabajo estaba a cargo del piloto automático. Desde los bordes del predio, los técnicos del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) hacían lo propio mediante una computadora conectada por internet inalámbrica. Símbolo de los tiempos, otro recibía la información en el celular.

El evento pudo haber sido experimental, pero, para sorpresa de muchos, sólo era una muestra más de la incorporación de electrónica, informática y comunicaciones al campo, que está transformando siembras y cosechas en procesos robotizados que dan envidia a más de un industrial citadino.

“Hoy la tecnología permite eliminar casi todas las ineficiencias y se ha transformado en un camino sin retorno”, asegura el argentino Mario Bragachini, conductor del experimento y coordinador del programa de agricultura y máquinas precisas del INTA. “El rendimiento dependerá del caso, pero en un agro competitivo, no subsidiado; dado el costo del suelo, una mejora del 5 por ciento puede significar mantenerse en el juego o quedar fuera de él”, enfatiza.

En ese marco, la pampa atestigua al sur del Río Bravo la mayor adopción de la denominada agricultura de precisión, ciberagriculura, o e-agricultura, llegando a cubrir el 25 por ciento de su superficie sembrada y el 14 por ciento de las cosechadoras, y superando a competidores como Australia. Y si bien la conjunción de equipamientos como el exhibido en Manfredi aún es privativa de productores o contratistas de vanguardia y escala, un abanico creciente de dispositivos permite corregir la producción campaña tras campaña.

¿Lo básico? Los contadores de lo recolectado por las cosechadoras, unidos a la información de GPS, permiten elaborar mapas de rendimiento que, contrastados con muestreos de suelo, permiten ejecutar correcciones, como ahorrar fertilizantes o agregar donde sean más aprovechables. Sembradoras o pulverizadoras de herbicidas y fertilizantes premunidas de receptores satelitales y aplicadores variables hacen del seguimiento del mapeo algo tan ajustado como el disparo de un misil. En la otra punta, lectores de proteínas y humedad permiten el acopio diferenciado o suspender una cosecha hasta un mejor momento, y obtener un precio 10 ó 15 por ciento mayor, gracias a una mejor calidad.

¿Lo último? Tecnología propia de la minería, como los georradares, para hacer un mapa del subsuelo sin palas en mano; lectores de clorofila o de masa verde para dosificar agroquímicos justo sobre el blanco; torres de control para guiar una docena de vehículos marchando simultáneamente con piloto automático, amén de equipos de seguimiento remoto de faena por internet a kilómetros del lugar.

Los argentinos son líderes, pero no los únicos. Hasta hace poco, en Brasil menos de 1 por ciento de las cosechadoras estaban equipadas con los elementos básicos. Pero superada la crisis climática de campañas pasadas, los productores de granos prometen avanzar a paso redoblado. Tampoco gigantes como el complejo azúcar-etanol podían quedar fuera. Junto a distintos centros de investigación, como Unicamp, comenzaron en 2007 con sus primeros ensayos. Incluso otros de no tanta escala, como la Compañía Azucarera de Salvador, comenzaron a hacer sus primeras armas en el asunto.

A MANO TAMBIÉN VALE

Incluso los cultivos perennes se han subido a la ola de precisión. De eso pueden dar fe en Chile, líder en ese tipo de cultivos, con 60 por ciento de los viñedos de exportación bajo sistemas de precisión. “Sólo que en vez de rendimientos, el objetivo es la calidad del vino producto del viñedo y el menú tecnológico es distinto por ser cosechas que se hacen a mano”, comenta Stanley Best, investigador del Instituto Nacional de Investigación Agropecuaria (INIA) de ese país.

Envalentonados por la caída de los costos en los dispositivos electrónicos, en algunos casos también aplican sensores remotos para monitorear clima y suelo, u otros portátiles, como pistolas que, emisión de energía mediante, miden la composición molecular del fruto para determinar su calidad.

Parafernalia en mano, no les está yendo nada mal “En las fincas más pequeñas hemos observado mejoras de rentabilidad del 100 por ciento. En las mayores, que ya estaban más avanzadas, oscilan en torno al 20 por ciento”, asegura Stanley Best.

El principio podría ser válido para frutales y otros cultivos de peso, como el café. Pero pese a los casos de éxito, la expansión de la tecnología enfrenta sus obstáculos. Por un lado, según los especialistas, el equipamiento, existe, pero aplicarla requiere adaptación. Si se trabaja con redes de sensores, el problema se complica más. Son fuente de información a tiempo completo, se rompen, se quedan sin baterías y dan error, dicen los investigadores.

Por otro lado, hay razones estructurales. “El sector cafetero es tradicionalmente conservador; durante los últimos cuatro años vivió problemas financieros amén de ser estructuralmente minifundista”, ejemplifica Juan Carlos Hidalgo, director ejecutivo de la Asociación de Agricultura de Precisión de El Salvador.

(c) 2008, AméricaEconomía. Todos los derechos reservados.

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