Una de las situaciones que considero de mayor relevancia —entre otras cosas— es la incongruencia que impera en nuestro país entre los que se identifican acérrimos partidarios de una ideología política.
La incongruencia se define, según el Diccionario de la Real Academia Española, como “dicho o hecho faltos de sentido o de lógica”. Y considero que nuestro país es un gran escenario de incongruencias.
Se promueve la libertad de expresión pero se vapulea a los periodistas de los medios de comunicación independientes y se les restringe los espacios de entrevista, recolección de información y reproducción de eventos clasificados del gobierno; mientras que en las actividades organizadas por la sociedad civil apolítica se exige la intervención ilimitada —y hasta invasiva— de los medios oficialistas, porque negárselos restringe la libertad de expresión.
Entonces, la dinámica es sencilla, cuando se exige el derecho de comunicar libremente de parte de la oposición se les acusa con términos —bastante ofensivos por cierto— de tergiversar la información con el propósito de contaminar la noticia y perjudicar al gobierno. Y si es lo contrario, los oficialistas acusan a quienes los restringen, de oligarcas, conspiradores y agresores.
La situación arriba mencionada es una muestra de que esas reacciones extremadamente apasionadas no sólo se han enquistado en el pensamiento político, también es un modo de operar en todas las esferas (personal, familiar, laboral y social) de sus seguidores, abreviándose como el modus vivendi de estas personas. Esa clase de atropello que se aprecia en el ámbito político es muy típico de quienes no poseen una mínima formación de principios y valores morales; de ética; y honorabilidad de palabra y actuación.
Resulta interesante cómo el conformismo se ha estacionado en la vida de la mayoría de los nicaragüenses, es como una necesidad urgente de hacer valedera la etiqueta que se ha impuesto de país subdesarrollado y tercermundista. Es muy sencillo acomodarse en el agujero de la apatía, la indiferencia, la mediocridad y la miseria, porque el ser humano tiene la habilidad de desarrollar aún en la ciénaga de la derrota un estado de aparente calma y estabilidad, porque resulta menos tedioso que cambiar de actitud, educarse, trabajar, plantearse metas y proyectos de vida —que obviamente requieren un gran esfuerzo— para levantarse y comenzar la cruzada para salir del hoyo. Habrán caídas y resbalones pero el acomodado renuncia fácilmente con el pretexto de que saborear un pequeño triunfo y después perderlo es una experiencia muy desagradable, por lo que prefiere volver a su posición de deshonor y enterrarse ahí.
En Nicaragua existen decenas de miles que se encuentran en esa posición de fracaso por una cuestión de cultura y herencia, porque hasta la inutilidad y la actitud pesimista se hereda y también se aprende con el entorno repleto de basura ideológica y retórica conflictiva, donde el líder proclama la diferencia de clases y la pobreza como el mal de todos los tiempos, obviando genuinas soluciones.
Es increíble cómo se defienden con tanto ahínco los ideales comunistas y no se asumen esas energías para invertirlas en crear ideas, porque estar ante una tarima aplaudiendo discursos huecos y andar lanzando morteros no requiere ningún talento, sólo de holgazanería y sujetos que no tienen nada bueno que hacer. Porque cuando se les invita a un debate o diálogo argumentativo, con hacerse los enojados o decir groserías lo resuelven todo.