La leyenda del diluvio universal es a mi juicio uno de los puntos de contacto más visibles entre la religión judeo-cristiana y la mitología griega. Me refiero particularmente a la mención de “los gigantes” como culpables de la maldad que llegó a dominar la vida en la tierra, por lo cual Jehová en un caso y Zeus en el otro decidieron arrasarla por medio de un diluvio universal, del que sólo se salvarían una familia, o una pareja, que fueron perdonadas por su excepcionalidad moral y para garantizar la continuación de la especie humana.
En efecto, dice la Biblia —Génesis, 6— que a partir de Adán y Eva, “cuando los hombres empezaron a multiplicarse sobre la tierra y les nacieron hijas, los hijos de Dios se dieron cuenta de que las hijas de los hombres eran hermosas y tomaron por esposas de entre todas aquellas que les gustaron. (…) En ese entonces había gigantes sobre la tierra, y también los hubo después, cuando los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres y tuvieron hijos de ellas. Esos fueron los héroes de la antigüedad, hombres famosos”.
Entonces “Yavé vio que la maldad del hombre en la tierra era grande y que todos sus pensamientos tendían siempre al mal. Se arrepintió, pues, de haber creado al hombre y, muy a su pesar, dijo: “Exterminaré de la tierra a los hombres, que he creado, desde el hombre hasta los animales, los reptiles y las aves del cielo; pues me pesa haberlos creado”. “Noé, sin embargo, se había ganado el cariño de Yavé”.
La forma de exterminio de los hombres y los animales que escogió Dios fue el diluvio universal, pero antes le ordenó a Noé, para que se salvara y asegurara la continuidad de la vida humana y animal, que construyera una enorme Arca, que introdujera una pareja de animales de cada especie y se refugiara en ella junto con su mujer, Naama, y sus tres hijos, Sem, Cam y Jafet, y las mujeres de éstos.
Por otra parte, en las leyendas de la mitología griega se dice que después que derrotó y derrocó a su despiadado padre Cronos, o Saturno, el que devoraba a sus hijos por temor a que lo destronaran, Zeus compartió el poder con sus hermanos, Poseidón, a quien le dio el dominio de las aguas, y Hades, al que le concedió el reino del mundo subterráneo.
Y sobrevino entonces una época de placidez universal.
Sin embargo, de repente el reinado de Zeus fue perturbado por la rebelión de los gigantes (“hombres de colosal estatura, algunos de los cuales tenían cincuenta cabezas y cien brazos, otros tenían en vez de piernas enormes serpientes”, dice el mitógrafo y mitólogo francés Juan Humbert en su libro Mitología Griega y Romana). Zeus logró vencer a los gigantes, mató a algunos, otros fueron recluidos en las profundidades de la tierra y algunos huyeron al mundo de los mortales. Y después vino una época en la que “sobre la tierra imperaba entonces el crimen”, dice Humbert.
Fue por eso que Zeus decidió barrer la vida humana de la faz de la tierra. Sin embargo, Prometeo, el que creó el hombre con el barro y robó el fuego del cielo para darle inteligencia, le advirtió a su hijo, Deucalión, del desastre que sobrevendría y le recomendó que construyera una barca especial para que se salvara junto con su esposa, Pirra.