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El rey que se mira y admira en sus espejos
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En 1686, cuando apenas tenía 48 años de edad, pero ya estaba maltrecho física y moralmente por sus aventuras y excesos, que el cardenal Giulio Mazarino se los alentaba y justificaba, el rey de Francia Luis XIV regresó a París procedente del campo después de una grave enfermedad. Y entonces, a lo largo y a ambos lados del puente que el rey debía cruzar antes de llegar a su palacio parisino, fueron colocadas hileras de espejos para multiplicar la imagen de aquel monarca que en su desmedida vanidad se hacía llamar “rey sol” y a quien otro religioso católico, el obispo Antoine Godeau, llegó al extremo de calificar como “Vicedios”.

“Así, el rey agónico y desfalleciente se veía a sí mismo acompañado por sus clónicos ópticos que le susurraban a lo largo de su travelín visual: No estoy solo. Somos muchos”, según narra el profesor español Román Gubert, doctor en Derecho y catedrático de Comunicación de la Universidad Autónoma de Barcelona, España, en un amplio artículo titulado Del rostro al retrato que fue publicado en abril del 2001 por la revista Análisis. El doctor Gubert sostiene en este estudio que el mito de Narciso no radica en realidad en que éste se enamore de sí mismo, sino de su imagen que ve reflejada en el agua. Es decir, que no es que el narcisista se ame a sí mismo, porque en el fondo es consciente de sus defectos, debilidades o vicios, sino que se prenda de su imagen que ve reflejada en el agua, en el espejo o en las vallas de propaganda política personal, en las que se mira a sí mismo como un ser perfecto, omnipotente, adorable e insustituible.

Mencionamos las vallas de propaganda política, porque precisamente éstas, con la imagen del presidente sandinista de Nicaragua, Daniel Ortega, han venido a ser prácticamente el nuevo distintivo del país, pues se ven por todas partes, sin que hasta ahora se conozca con exactitud quién y cómo las paga. Lo único que se ha podido saber es que, por “casualidad”, tan costosa publicidad con la imagen de Ortega —la cual demuestra sin lugar a dudas un desmesurado y enfermizo culto a la personalidad—, la realiza y se beneficia con ella una empresa comercial que pertenece a miembros de la familia gobernante, o que están estrechamente asociados a ésta. Ésta es otra situación oscura del actual Gobierno que la Asamblea Nacional debe investigar, para poner en claro si esa campaña millonaria del culto a la imagen de Daniel Ortega se paga o no con fondos públicos.

Se conoce que la vanidad es una debilidad de la naturaleza humana, un pecado capital que si no se controla se convierte fácilmente en narcisismo, entendido éste como una “excesiva complacencia en la consideración de las propias facultades u obras”, según definición del diccionario de la RAE. Y el narcisimo, que es un feo defecto de conducta en cualquier persona común y corriente, en aquéllos que concentran en sus manos demasiado poder público degenera en culto a la personalidad, que entre otras formas se manifiesta en esa proliferación de imágenes del dictador, el caudillo, el hombre, el comandante o como quieran llamarlo. Pero lo peor es que el culto a la personalidad encubre siempre una forma absolutista y totalitaria de gobernar, que en algunos casos, como ocurrió en la Unión Soviética con Stalin y en China comunista con Mao Zedong, ha causado cruentas represiones y espantosas matanzas de seres humanos.

El endiosamiento de los gobernantes, o culto a la personalidad, ha existido desde los tiempos más remotos de la historia; fue característico de las tiranías asirias y babilónicas, de los faraones egipcios y de los césares romanos. Pero en su sentido y forma modernos es un fenómeno del siglo XX, que se ha proyectado al XXI; comenzó con Adolfo Hitler en la Alemania nazi y Stalin y Mao lo llevaron a su máxima expresión sanguinaria. Y en términos generales, el culto a la personalidad se convirtió en una forma inevitable e inseparable de poder en los Estados revolucionarios y comunistas, y no sólo en el pasado sino que hasta hoy, como se ha visto en la Cuba de Castro y se está viendo en la Venezuela de Chávez y la Nicaragua de Ortega.

Sin embargo, el culto a la personalidad es una aberración que no tiene futuro. Como ha dicho el escritor y cineasta argentino Edgardo Cozarinsky: “La satisfacción del líder (al mirar y admirar su imagen en los espejos y en los incontables enormes rótulos con su retrato, nota de LP) se parece demasiado a la de la madrastra de Blancanieves ante un espejo obsecuente, al que un día se le escapa la verdad”.

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