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Estrategia para arruinar el país
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Para muchas personas, nicaragüenses y extranjeras, es incomprensible el empeño del presidente Daniel Ortega en la ejecución de lo que pareciera ser una estrategia para arruinar al país, lo cual de alguna manera lo perjudica también a él, que tiene la visible intención de permanecer y predominar en la política nacional de manera vitalicia, o hasta que lo retiren por decrepitud como ha ocurrido con Fidel Castro en Cuba.

En realidad no hay explicación racional para lo que ha hecho el presidente Ortega, por ejemplo, contra las empresas microfinancieras del país, al azuzar contra ellas a los morosos y provocar la violencia en Nueva Segovia, que ha conducido a paralizar las operaciones de crédito y dañar a toda la economía del norte segoviano del país. Es del interés de cualquier gobierno normal y gobernante responsable, apaciguar los ánimos exaltados y ayudar a resolver las contradicciones y problemas económicos y sociales, pero lo que hace el presidente Ortega es agudizarlos y agravarlos de manera artificial.

Tampoco tiene explicación que Ortega arremeta bruscamente contra empresas transnacionales que arriesgan sus capitales invirtiendo y operando en un país tan inseguro jurídica, institucional y políticamente como Nicaragua. Si esas empresas transnacionales y cualquier entidad empresarial nacional o extranjera operan con alguna irregularidad, lo que debe hacer el Gobierno es llamarlas al orden en el marco de la legalidad y el respeto al derecho de propiedad, para beneficio del país y de las mismas empresas privadas. Pero atacarlas con discursos virulentos, utilizar los aparatos coercitivos del Estado para extorsionarlas y acosarlas, eso no lo puede entender nadie que esté en pleno y sano uso de sus facultades mentales.

Por otro lado, es también inexplicable que el jefe del Gobierno y del Estado ataque furiosamente a los países y organismos de la cooperación internacional, los cuales, a pesar de todos los defectos que seguramente tienen, han sido vitales para ayudar a la sobrevivencia de la población nicaragüense y a la mediana recuperación de los estragos de la guerra, que se había podido lograr a partir de 1990. Entonces, ¿qué es lo que quiere el gobernante sandinista de Nicaragua? ¿Que el país retroceda a los oscuros y miserables años ochenta? ¿Que los nicaragüenses coman solidaridad internacionalista, anti-imperialismo, odio a Estados Unidos y resentimiento con Europa, y que Nicaragua se convierta en una colonia o un satélite andrajoso de Venezuela y del irracional socialismo del siglo 21 de Hugo Chávez?

No hace falta graduarse en una escuela de administración o de ciencias políticas —aunque eso sería lo mejor— para entender las reglas básicas de un buen gobierno y las normas de conducta que debe practicar un gobernante serio, equilibrado, normal y responsable. Basta tener sentido común, capacidad para escuchar críticas y consejos, y entereza para reconocer y rectificar los errores.

Las organizaciones empresariales de Nicaragua, Cosep y Amcham, le siguen dando al presidente Daniel Ortega un voto de confianza y le hacen propuestas razonables y viables, para que enderece el mal rumbo que lleva el Gobierno y que haga mejor las cosas que son de interés público, en beneficio de todos los nicaragüenses. Las organizaciones de la sociedad civil también le están ofreciendo al presidente Ortega su cooperación para que gobierne y atienda mejor los acuciantes problemas de la población, a partir de un diálogo franco, sincero, respetuoso, en derredor de los temas de real interés nacional y popular. Hasta la cúpula del PLC y Arnoldo Alemán hablan de un diálogo nacional con el Gobierno, aunque probablemente lo conciben como una oportunidad para renovar el pacto con Daniel Ortega y el FSLN, a fin de sacar un mejor provecho del reparto de los cargos del poder público y los beneficios económicos a costas del erario.

Por la razón que sea, unos a la bulla y otros a la cabuya, como reza el dicho popular; lo cierto es que todos en Nicaragua —menos Daniel Ortega, su cúpula familiar, su entorno político y sus seguidores y fanáticos—, sienten, perciben y están persuadidos de que este Gobierno va por muy mal camino; y que frente a la estrategia para arruinar el país que está ejecutando el presidente Ortega, hay que hacer todos los esfuerzos que sean posibles y necesarios para evitar un nuevo desastre totalitario y total.

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