La Biblia es para los creyentes la Palabra de Dios. “Muchas veces y de muchas maneras habló Dios, en el pasado a nuestros padres por medio de los Profetas. En estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo…” (Hebreos 1, 1-2).
Es abominable pretender burlarse de Dios, al darle a la criatura o lo creado el lugar que solamente a Él corresponde. Lo expresa claramente: “Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón que Yahvéh es el Dios allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; y no hay otro”. (Deuteronomio, 4- 39). . Es repulsivo escuchar al hombre soberbio que dice y hace tales cosas. San Pablo nos advierte: “No os engañéis; de Dios nadie se burla. Pues lo que uno siembre, eso cosechará: el que siembre para su carne, de la carne cosechará corrupción; el que siembre para el espíritu, del espíritu cosechará vida eterna” (Gálatas 6, 7-8).
No caigamos en el engaño del “mentiroso y padre de la mentira que es el diablo…” (cfr. Juan 8, 43-44). En nuestro mundo actual, con dolor se constata que se cumplen las palabras del profeta Jeremías cuando advertía al pueblo, que habían abandonado el manantial del agua pura de Dios y se habían ido a calmar su sed en aguas lodosas: “Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas que el agua no retienen”. (Jeremías 2, 13). Ese lodo que puede llevar a la condenación eterna, es todo aquello que nos aleja de Jesús, como supersticiones, amuletos, brujerías, espiritismo, adivinación, ocultismo. La Palabra de Dios no cambia, es clara: “No ha de haber dentro de ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que practique la adivinación, la astrología, la hechicería o la magia, ningún encantador, ni quien consulte espectros o adivinos, ni evocador de muertos. Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahvéh tu Dios…” (cfr. Deuteronomio 18, 10-12).
No temamos ni nos afrentemos de luchar por ser testimonios de Cristo Jesús, el Hijo amado de Dios Padre en quien ha puesto sus complacencias. (cfr. Mateo 3, 17). Jesús es el único Mesías, el liberador del pecado y de la muerte que nos enseñó a orar y que de sus labios divinos brotó la más bella plegaria que es el Padre Nuestro. (Mateo, 6, 9-13).
Profanar lo sagrado como el Padre Nuestro, alterarlo al gusto y antojo es repulsivo: “Yo advierto a todo el que escuche las palabras proféticas de este libro: Si alguno añade algo sobre esto, Dios echará sobre él las plagas que se describen en este libro. Y si alguno quita algo a las palabras de este libro profético, Dios le quitará su parte en el árbol de la vida y en la ciudad santa, que se describen en este libro” (Apocalipsis 22, 18-19).
Mantengámonos vigilantes, con las lámparas de la fe encendidas. El mal tiene poder, pero la Sangre de Jesucristo tiene Infinito Poder. Jesús es nuestro amparo y nuestro refugio. Invoquemos el Nombre de Jesús en todo momento. Así lo dice el Apóstol Pablo (Filipenses 2, 9-11): “Por eso Dios lo exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor para gloria de Dios Padre”.