El gobernante de un país debe caracterizarse por ser estadista, lo que quiere significar líder de excepcionales cualidades que anteponga sus intereses personales en aras del bien común, debiendo ser sus principales virtudes: comprobada capacidad, honestidad indiscutible y genuino patriotismo.
Lamentablemente, América Latina y el Caribe, en conocidos casos, han soportado regímenes encabezados por personas que han carecido de los referidos atributos. Y como si lo mencionado fuese poco, tales ciudadanos, además, casi siempre, han demostrado completa desorientación en torno a la realidad del mundo contemporáneo, cuya columna vertebral, al momento, constituye la globalización, lo que quiere decir oportunidades que un líder sensato y bien intencionado las aproveche, a fin de buscar progreso y bienestar para el pueblo al que representa.
Nicaragua es un hermoso país, igual a los demás que conforman el área latinoamericana y caribeña, con sus esplendores y precipicios : tiene la gloria de ser la patria de uno de los más gigantescos poetas de la humanidad, Rubén Darío, como también la sombra de mantener altos grados de pobreza en su territorio. Contrastes de esta naturaleza salen a la palestra cuando los mandatarios hacen noticia por sus actuaciones que identifican pertinaz demagogia como solución a los grandes requerimientos del subdesarrollo, lo que, por la propaganda engañosa y las erradas rutas que siguen, agrava los agudos problemas económicos y sociales.
Estas reflexiones surgen luego de escuchar, en Quito, intervención oratoria del presidente Daniel Ortega que visitó Ecuador: demostró que mantiene un discurso anacrónico; parece que no se ha enterado que ya hace algún tiempo cayó, en buena hora, el Muro de Berlín y, con ello, desapareció la Guerra Fría. ¡Qué triste que existan todavía líderes con tanto sectarismo y desorientación! Los propios países que integraron la ex URSS, hasta China y Vietnam, ahora en los caminos de la libertad y la democracia de Occidente, están gozando de los pertinentes beneficios, por haberse abierto a la prosperidad, mientras tanto por estos lugares, uno que otro despistado, al parecer pretende revivir la revolución bolchevique de 1917. Es necesario recordar que Ortega llegó al poder por elecciones, con el ofrecimiento de no repetir los errores de su anterior Administración. Los nicaragüenses, nicas como afectuosamente se les conoce en el exterior, soportaron la espeluznante guerra civil y un desastroso régimen (1979-1990) que, por los síntomas que se percibe, ha revivido en la actualidad.
En el indicado discurso de Daniel Ortega, pronunciado ante activistas de extrema izquierda, hubo errores imperdonables, siendo el de mayor bulto haber afirmado que el campamento de la narcoguerrilla colombiana, que fue destruido en territorio ecuatoriano, por fuerzas del orden de Colombia, era de paz. ¿Desde cuándo las bases de la narcoguerrilla son de paz? ¿Serán acciones de paz, secuestrar y mantener en esclavitud, en condiciones de mercancías, a centenares de ciudadanos, entre ellos a mujeres embarazadas, niños y ancianos? ¿Matar a civiles mediante acciones terroristas? ¿Asesinar a misioneros? ¿Proteger plantaciones y laboratorios ilegales, aliándose con desalmados narcotraficantes? ¿Practicar como forma de vida el bandolerismo?
Por su boca muere el pez, dice un refrán; eso es lo que sucedió al escuchar los dislates de Daniel Ortega. En Ecuador se recordó que este mandatario envió un avión para llevar a Nicaragua, en calidad de asiladas, a guerrilleras que estuvieron en el mencionado campamento de las FARC, por lo que acaban de agradecerle los narcoterroristas colombianos.