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Los amigos de las FARC
Adolfo Rivero Caro
El autor es analista político y columnista de El Nuevo Herald.
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Miami (AIPE).— Poderosas fuerzas izquierdistas del mundo entero siempre han manifestado una extraña y aparentemente inexplicable hostilidad contra Uribe y su gobierno. ¿Por qué, si Uribe está consiguiendo derrotar a las FARC? Precisamente por eso. Simpatizan solapadamente con las FARC pero, dado lo difícil de defender a una organización de terroristas y narcotraficantes, lo manifiestan con una peregrina hostilidad contra Uribe. Sólo Chávez se atrevió a defender a las FARC públicamente y a decir que no era una organización terrorista, sino una legítima insurgencia nacional. No estaba solo, fue simplemente el torpe vocero de una posición extrañamente popular. ¿Cómo es posible simpatizar con las FARC y mirar con resentimiento a Uribe? La respuesta la tenemos en la actitud de Fidel Castro.

Para Castro y los comunistas en general el enemigo no son las FARC ni ninguna otra organización revolucionaria, sino la sociedad de libre mercado y sus instituciones democráticas. Ése es el enemigo a derrotar y a destruir porque ésa es la sociedad que genera la desigualdad, la pobreza y todos los males sociales que la acompañan. Era lo que pensaba Carlos Marx en el siglo XIX. A partir de esas premisas, se elaboró la teoría del imperialismo, según la cual las inversiones de capital extranjero en un país pobre y sin capital propio no ayudaban a su desarrollo, sino que lo convertían en una semicolonia. Los grandes países industrializados eran el enemigo.

Éstas son explicaciones seductoras y que ha conseguido penetrar profundamente en los medios culturales del mundo entero. Su indiscutible atractivo intelectual se ve enormemente reforzado por la envidia. Que los ricos y los poderosos no sean los creadores de la riqueza nacional, sino de la pobreza del país, es una racionalización del resentimiento. Es curioso que tanta gente crea que la riqueza es un estado natural. Es absurdo. Conseguir la riqueza es una tarea extraordinariamente difícil. Los recursos naturales son sólo uno de sus elementos y ni siquiera el más importante.

La historia ha demostrado la falsedad de la concepción marxista. El capitalismo ha sido la fuerza progresista más grande de la historia. Ha sido el generador de la revolución industrial y el que sigue propulsando la gran revolución científico-técnica. China y la India están saliendo por primera vez de la miseria precisamente gracias a sus reformas capitalistas. Un tipo de capitalismo deformado, como el que predomina en América Latina, es el que ha frenado el desarrollo de nuestro continente. Pero hay muchos que no tienen interés en rectificar esas deformaciones, sino que pretenden, con el pretexto de una revolución social, barrer con todas las instituciones ' “burguesas” que limitan el poder de los gobernantes y apoderarse de todo un país como si fuera un botín de guerra. Es lo que ha hecho Fidel Castro con Cuba, sentando un precedente que ilusiona y fascina a muchos ambiciosos sin escrúpulos.

Paradójicamente, el principal atractivo de las ideas “revolucionarias” es su carácter reaccionario. Querer apoyarse en el poder del Estado es tan viejo como los faraones y las monarquías absolutas. Los pueblos han vivido bajo ese sistema durante milenios. Por eso no es extraño que mucha gente se siente insoportablemente presionada por las tensiones de la competencia capitalista y añore un sistema donde sea el Estado el que asuma todas las responsabilidades.

Para Castro, el exitoso combate de Uribe y del heroico ejército colombiano contra las FARC, firmemente apoyado por Estados Unidos, era la encarnación de todos sus terrores. Era la frustración del proyecto bolivariano de Chávez, obtuso heredero del sueño de la revolución continental. Uribe se había convertido en el principal aliado de Estados Unidos en América del Sur. Era lógico que se convirtiera en el principal enemigo de la izquierda y que se haya querido demonizarlo. Se le acusó, inclusive, de no querer la libertad de Ingrid Betancourt y se hizo una enorme presión internacional para obligarlo a ceder a las demandas de las FARC, principalmente la de concederles poder sobre territorio colombiano. Todo en vano. Uribe no cedió y ahora, finalmente, ha conseguido una victoria demoledora. Un trago amargo para Chávez y sus lacayos: Evo, Correa y Daniel Ortega.

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