/
El dilema del Papa
Richard Estrada Solórzano
El autor es inversionista jubilado

“Ninguna de mis palabras pueden describir la profunda pena que yo sufro por el problema del abuso sexual de menores que actualmente está pasando la Iglesia católica en América”. Estas palabras entre otras fueron las que el líder espiritual de la religión católica el Papa Benedicto XVI expresó en su visita de abril de 2008 a EE.UU. Ahora, en el curso de su visita a Australia el Papa ha repetido los mismos conceptos.

El problema es la generalizada degeneración de la santidad de un buen porcentaje de curas católicos que en todos estos lugares han provocado el repudio de esa representación religiosa por sus actuaciones en el ramo de la pedofilia, algo totalmente incompatible con el ministerio sacerdotal católico.

Hay algunos que creen que con estas visitas del pontífice este problema se resolverá y ya no habrá más sacerdotes pederastas que causen inevitables e irreversibles desviaciones y perjuicios en la mayoría de las mentes de jóvenes inocentes que han sufrido esta vejación.

Pero el problema no se puede resolver poniendo barreras físicas ni con nuevas reglas en los manuales de leyes canónicas sobre el comportamiento, porque en este caso es otra la fuerza que mueve a los curas con poco dominio o control a transgredir los mandamientos más elementales y básicos de su voto sagrado a Dios. Y esa fuerza se llama la “libido” o deseo sexual.

El deseo sexual de los hombres no tiene ciclos de intensidad o disminución, excepto ciclos estacionales como puede ocurrir, durante el invierno, que se produce un descenso en la producción de testosterona. La testosterona es la llamada hormona del deseo y la esencia de la masculinidad. La testosterona, aunque en pequeñas proporciones, está presente también, en el organismo de las mujeres y su carencia provoca, igual que en el hombre, una notoria disminución de la libido.

Entonces tomando como un hecho que la libido es el motor que mueve la hormona de la testosterona masculina en estos casos no hay barreras físicas que puedan detener esa fuerza y por ende tendría que ser alguna sustancia química (pastilla, que no sea de color azul) fabricada por empresas farmacéuticas las que mitiguen o mantengan en un estado de ciclo estacional de invierno a todos los curas con alto nivel de libido para ver resultados verdaderos. Para que la asimilación de esta pastilla mágica no sea un trago amargo podrían mezclarla con la copa de vino la cual están tan familiarizados en tomar.

Pero realmente eso tampoco es la solución completa pues yo creo que acabar con el celibato sería lo propio hoy en día pues es una imposición religiosa no una opción mandada por Dios. El celibato es una imposición meramente de disciplina eclesiástica, y es por lo tanto susceptible de poder ser cambiada.

En los primeros tiempos no había regla alguna sobre el particular, pues era tenida en alta estima, ya en tiempos apostólicos a pesar de estar casados los apóstoles, quienes sin embargo se fueron sin sus esposas a predicar el Evangelio por todos los países.

A partir del Vaticano II, ha existido una amplia corriente a favor de no considerar obligatoriamente unido sacerdocio y celibato, como ya ocurre, aunque en un grado inferior, con los diáconos. Al ser una disciplina de la Iglesia, hay que respetarla, pero en nada desdice opinar si el sacerdocio debe ir unido o no al celibato. Pero el problema vocacional, hoy existente, se da igualmente en las Iglesias orientales donde sí se pueden casar.

Me atrevería a creer que el celibato será muy difícil de levantar porque los sacerdotes casados necesitarían mucho más dinero para poder mantener a su mujer e hijos y por ende las finanzas de las iglesias estarían siempre en rojo y el Vaticano no sería un símbolo de boato y de riqueza como lo es hoy en día.

Creo que ante todo los sacerdotes deben de ser honestos consigo mismos como condición elemental para considerar devotar toda su vida al privilegio de servirle a Dios. Si saben que padecen de debilidad carnal y peor por su mismo género entonces deberían abandonar la vocación y enfrentar la justicia divina en otro plano.

Los padres de familia necesitan saber que sus hijos menores están seguros.

Más información en www.laprensa.com.ni >>
© LA PRENSA 2005 - Todos los Derechos Reservados