Si Nicaragua fuera un equipo de futbol y Daniel Ortega uno de los jugadores delanteros, en vez de buscar cómo hacer goles, estaría pateando el balón hacia la cancha del adversario.
Es lo que ha hecho el presidente Ortega durante el año y medio que ha gobernado Nicaragua: atacar a los sectores que hacen crecer la producción y conseguir que la economía del país se tambalee.
En los últimos meses, expertos en economía han repetido que los países latinoamericanos, sobre todo los que como Nicaragua tienen tierras agrícolas ociosas, están ante una oportunidad de oro, porque faltan alimentos en el mundo y pueden convertirse en exportadores de productos agropecuarios que hoy gozan de buenos precios.
Uno da por hecho que los gobiernos interesados en levantar las economías de sus países, tratarán cuanto antes de animar y juntar con ese objetivo a quienes producen la tierra, a quienes aportan dinero para financiar los cultivos y a los que estarían dispuestos a invertir en la industrialización de los productos, para exportarlos con mayor valor.
Pero si el Gobierno es menos diestro de lo que uno quisiera, pues, que al menos deje actuar con libertad a los agricultores y otros empresarios ligados al campo, para que sea la iniciativa privada la que avance con el balón y haga el gol, o los goles, según las oportunidades que se vayan presentando.
En ninguno de esos dos escenarios aparece Ortega, porque él hace lo contrario: ignora a los productores con capacidad de competir y, si puede, les mete el pie para que caigan. Varias propiedades agrícolas han sido invadidas por supuestos “precaristas” apoyados por el Gobierno.
En el plan gubernamental contra el hambre sólo ha involucrado a gente ligada a su partido, el Frente Sandinista (FSLN), apartando a quienes pueden producir más alimentos y elevar la oferta.
Prometió semillas e insumos suficientes para todos los agricultores, antes del ciclo agrícola que iniciaba en mayo, y no cumplió. La justificación del Presidente, al final, fue que la primera siembra era la menos importante.
Se acerca la segunda etapa, la postrera, y mientras los agricultores se alistan para cultivar, Ortega sale con otra zancadilla: ataca a las instituciones microfinancieras, las califica de usureras y azuza a un grupo de sus partidarios para que monten protestas y hasta invadan sus instalaciones en el norte del país.
En zonas donde ningún banco comercial tiene sucursales, las microfinancieras son las que suplen el dinero a los campesinos para que cultiven la tierra; y aunque Ortega lo sabe, se ha lanzado contra esos organismos en momentos en que el país necesita producir más alimentos, no sólo por la oportunidad de exportar, sino porque la inflación ya casi llega al 12 por ciento en lo que va de este año.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) alertó la semana pasada a los gobiernos latinoamericanos, para que atiendan con prioridad el control de la inflación, porque si la descuidan sus economías se pueden hundir.
¿Cómo afrontar el alza frecuente en los precios de los alimentos? Con más producción. Pero los agricultores necesitan la seguridad de que nadie invadirá sus tierras y que tendrán acceso libre al financiamiento y al mercado.