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De feudo somocista a feudo pactista
Mario Alfaro Alvarado
El autor es periodista
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Un político honesto, de la estirpe incontaminada que ya no abunda en nuestro medio, un día vaticinó: Nicaragua tiende a desaparecer como país para convertirse en una hacienda de los Somoza. El vaticinio se cumplió: Nicaragua se convirtió en el feudo privado de la familia gobernante.

Como consecuencia de una tradición involutiva, después de la tiranía somocista vino la noche oscura del sandinismo y a ésta le siguió una corta semidemocracia que restableció el pactismo impuesto en 1950 por el llamado "Pacto de los Generales". Por ese pacto, liberales y conservadores se repartieron el botín del Estado. Actualmente el Partido Conservador dejó de ser el rival histórico, y socio a la vez, del Partido Liberal. Cambiaron los actores pero no cambió el modelo político-prebendario nacido del pacto de 1950.

La práctica histórica de la lucha por el botín del Estado, lejos de desaparecer o atenuarse con algunas conquistas democráticas, en el tráfago de calamidades provocadas por la iracunda de la rivalidad política, con el tiempo el quehacer electorero ha creado una estructura que legitima el asalto al poder y su permanencia en él por la fuerza. A esa rebatida por el tesoro público, aquí se le llama política, cuya práctica se ha convertido en oficio promisorio para cualquier mediocre con muchas ambiciones y muy pocos escrúpulos, dispuesto a amasar con facilidad una fortuna.

Las instituciones del Estado, lejos de servir al bien común, que es la finalidad de un verdadero Estado de Derecho, sirven para encumbrar a los aventureros políticos: líderes, caudillos, capos, o lo que sea, que maneja la vida de los nicaragüenses para su propio beneficio personal. Del botín político salen las prebendas, los cargos públicos dotados con megasalarios y todo tipo de pitanzas y privilegios.

Desde su origen como nación independiente, Nicaragua ha sido la palestra donde se enfrentan dos grupos por los beneficios del poder, grupos llamados de cualquier manera, desde “timbucos y calandracas”, hasta liberales y conservadores y, últimamente, liberales y sandinistas.

En la antigüedad los caudillos militares tenían hordas armadas para conquistar a los pueblos débiles: en la Edad Media los reyes utilizaron mercenarios, con el mismo fin. En el mundo actual los caudillos políticos disponen de organizaciones gansteriles para conquistar el botín del Estado -tal es el caso de Nicaragua- y la legalización de la conquista se logra a través de elecciones manipuladas. Llaman al pueblo a votar después de haber escogido “de dedo” a los candidatos para que se conviertan en “representantes del pueblo”. Es éste un curioso fenómeno de comportamiento que el doctor Pávlov llamó reflejos acondicionados y que aquí podemos llamar domesticación de los votantes.

Para tener una idea de lo que le cuesta al pueblo de Nicaragua la administración del Estado-botín, basta un simple ejemplo: cada uno de los 90 diputados representantes del pueblo gana un sueldo mensual de 66,500 córdobas; 440,000 córdobas al año les entregan, dizque para becas y ayuda social; y 200 galones mensuales de gasolina, que al precio actual valen más de 20,000 córdobas. Bastaría suprimir la entrega de la gasolina para obtener mensualmente 1,800,000 (un millón ochocientos mil córdobas), con los cuales se podría aumentar el sueldo mensual en 2,000 córdobas a 263 policías o aumentarle 3,000 córdobas al sueldo de 175 maestros.

La corrupción somocista excitó la insurrección popular que derribó al régimen dinástico. El pueblo creyó que también la corrupción había sido vencida; pero al unirse la codicia de liberales y sandinistas se reavivó el pactismo de 1950 y creció en intensidad la corrupción gubernamental, hasta el extremo de estar matando por asfixia el futuro de Nicaragua. Algo hay que hacer para sobrevivir como sociedad libre. ¡Y hay que hacerlo ahora!

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