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Ortega para embajador viajero
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Durante la gran marcha democrática que se realizó en Managua el miércoles de la semana pasada, convocada por organizaciones de la sociedad civil, el grito de los manifestantes que más se escuchaba era “¡que se vaya Ortega!” Lo mismo ocurrió en las manifestaciones democráticas anteriores, pero además en dichas marchas se ha puesto a sonar y se ha coreado una adaptación de la canción popular “Se va el caimán”, del compositor y cantante colombiano José María Peñaranda (1908-2006), quien escribió la música en 1941 y la letra en 1945.

El aprovechamiento de esta vieja canción popular de Peñaranda en las marchas cívicas de defensa de la democracia y repudio al autoritarismo del presidente Daniel Ortega, tiene una nostálgica y emblemática significación histórica, porque es la misma tonada que se silbaba y cantaba en las manifestaciones populares contra la dictadura militar del general Anastasio Somoza García. Según recuerdos de personas de la época, la primera vez que eso ocurrió fue el primero de mayo de 1947, en Managua, ante la misma presencia del dictador populista Somoza García, quien en muchos aspectos se refleja ahora en la imagen, en el talante y en las acciones de Daniel Ortega. A partir de entonces “Se va el caimán” se cantó en Nicaragua para expresar el deseo popular de que el dictador se fuera no sólo del poder sino que hasta del país. Y sin dudas que es con ese mismo sentido que dicha canción popular se ha recuperado ahora, para usarla en la lucha cívica contra el autoritarismo orteguista.

De manera que resulta contradictorio con ese sentimiento y clamor popular expresado por medio de la canción “Se va el caimán”, el planteamiento que hacen prácticamente todos los dirigentes de la oposición y otras personalidades públicas, de que el presidente Daniel Ortega en vez de dedicarse a atender problemas internacionales, por ejemplo sus pleitos con el gobierno de Colombia y sus amores con las FARC, y a viajar a menudo para participar en actividades que no traen ningún beneficio para el país, debería permanecer en Nicaragua para resolver los múltiples problemas nacionales.

Sin embargo, cabe preguntarse ¿cómo es que Daniel Ortega va a resolver los problemas de Nicaragua, si precisamente es él quien los causa de manera consciente y deliberada? Daniel Ortega es el gran problema de Nicaragua, no la solución de nada, y lo mejor que podría ocurrir es que él se mantuviera fuera del país. Nadie puede negar que cuando Ortega anda viajando por el extranjero en el costoso avión privado que suele usar, hay menos angustia en Nicaragua y lo más probable es que hasta en los ámbitos gubernamentales se sienta la tranquilidad cuando el Presidente sandinista está fuera.

Podría parecer una broma pero se trata de algo muy serio, decir que los dirigentes de la oposición en vez de reclamarle a Daniel Ortega porque viaja con mucha frecuencia al extranjero, y en lugar de exigirle que permanezca en el país, lo que deberían proponer es que se le nombre oficialmente como una especie de embajador viajero para que vaya a participar en cuanto evento internacional se realice, donde quiera que sea. De esa manera se evitaría que Ortega siguiera causando y agravando problemas en el país y se le daría a la gente el mínimo de tranquilidad y de estabilidad emocional que tanto necesita.

Dirigentes políticos que conocen muy bien a Daniel Ortega, porque militaron en el mismo partido y hasta gobernaron juntos en los años ochenta, han declarado que a él no le gusta ni le interesa gobernar, y ni siquiera sabe cómo hacerlo. Lo que a Ortega le fascina y le interesa, dicen, es figurar, pronunciar discursos, recibir aplausos, admirarse a sí mismo, proyectarse internacionalmente, soñar con ser líder regional, continental y mundial. Entonces, ¿para qué pedirle a Daniel Ortega que resuelva los problemas si no es eso lo que le gusta hacer y más bien él mismo representa el principal problema de Nicaragua?

Sin duda que el vicepresidente Jaime Morales Carazo podría gobernar el país mucho mejor que como lo hace Daniel Ortega, o mejor dicho, gobernaría realmente. Es una lástima que la inteligencia, el talento, la experiencia y la capacidad de don Jaime se desperdicie limitándolo a la función de justificador ante el público y particularmente ante los representantes de la comunidad internacional, de los frecuentes exabruptos y sistemáticos desmanes del presidente Ortega, mientras el país va a la deriva y la corriente lo arrastra otra vez hacia el desastre.

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