Más de 60 mil personas dejaron en 1980 sus trabajos, colegios y familia para internarse en la montaña y “curar” el analfabetismo que sufría más de la mitad de la población. Toda una aventura. Pero antes de ser lo que fue, sus gestores tuvieron que vencer hasta sus propios miedos
—¿Para dónde van estos jóvenes brigadistas? ¿Van a alguna playa de paseo?
—Nooo...
—¿Van a alguna finca de vacaciones?
—Nooo...
—¡Claro que no! Van a la montaña, a vivir donde algún campesino o campesina, a enseñar a leer y a escribir.
Las palabras del sacerdote jesuita Fernando Cardenal resonaron en la recién nombrada Plaza de la Revolución. Aquel ansiado 23 de marzo de 1980 había llegado. Desde la tarima, Cardenal despedía a los sesenta mil brigadistas. Todos listos con sus mochilas, botas, cotonas, bluyines y cartillas. Irían a algún rincón del país para enseñar a leer a quien no supiera.
En esa plaza estuvieron las hermanas Ocampo, un par de muchachas de 14 y 18 años, que al igual que el padre Cardenal tuvieron miedo antes de dar el “Sí”, pero finalmente se rindieron ante el espíritu de solidaridad que arrastró consigo la revolución y dejaron sus clases y a su familia para ir a enseñar a alguna familia en el norte del país.
Sara Ocampo es ahora profesora del departamento de Francés de la Universidad Nacional Autónoma (UNAN-Managua), el mismo recinto donde antes también había impartido clases el padre Cardenal.
A sus alumnos universitarios el sacerdote les hablaba sobre los grandes filósofos de la humanidad. Su trabajo consistía en ayudarles a aplicar en sus vidas las cosas importantes de la filosofía. “Eran cosas pequeñas”, describe Cardenal. “Y de repente me veo en las manos la tarea de ayudar a mi pueblo, yo orientando y organizando una campaña para ellos, para mi gente”.
Pero Fernando Cardenal era un elemento importante para el recién nacido gobierno sandinista y entonces, le propusieron una tarea que a lo mejor era mucho más difícil, pero le pareció más tentadora: dirigir la Cruzada Nacional de Alfabetización (CNA).
El susto se le mezcló con la ilusión de ver a “su gente” ya no marcando con su huella digital, sino firmando con su puño y letra.
“Fui consiguiendo personal capaz. Se me acabó el miedo y quedó la alegría para siempre. Comenzamos a organizar todas las áreas, entre ellas la búsqueda de financiamiento… Invité a un compañero jesuita, Roberto Sáenz (El Pollo). Él tenía experiencia en alfabetización, y éste invitó a su hermana, Ana Sáenz, quien comenzó a ser asistente. Así fuimos creciendo y se nos unió Ernesto Vallecillo, una persona muy importante para nosotros”, señala el padre Cardenal, aún con un brillo notorio en sus ojos azules.
Sara ya no recuerda qué día era, pero decidió sumarse a las filas de brigadistas voluntarios después de haber escuchado la experiencia en la montaña relatada por la viva voz de la legendaria comandante Dora María Téllez.
Sara Ocampo y su hermana Ana Isabel estudiaban en el Instituto Ramírez Goyena. Ese año, Sara sería bachiller, pero la meta se vio interrumpida por lo que aún llama “la causa”.
Ahora, 28 años después, Sara sigue siendo maestra, pero en el Departamento de Francés de una universidad, y Ana Isabel se ha convertido en médico especialista en oncología. Los años han pasado, pero sus ojos todavía se humedecen y de vez en cuando dejan escapar lágrimas cuando vienen los recuerdos de esos cinco meses en los que compartían el pan y las tortillas con la familia Sevilla, allá en Bocaycito, cerca de El Cuá, en el departamento de Jinotega.
“Al inicio me fue difícil, como para todos los estudiantes que fueron, porque estábamos lejos de la familia. Cuando llegamos allá (a Bocaycito), los mismos campesinos no estaban acostumbrados a ver a la gente de la ciudad y se escondían. Eso impacta”. Así fue el panorama que encontró la profesora Ocampo la noche en que llegó al sitio que se le había asignado.
A varios kilómetros de distancia estaban algunos de sus compañeros de clases. Y a unos cuantos kilómetros más, cerca de Kilambé, estaba su hermana Ana Isabel a quien se atrevió visitar una vez, cruzando las montañas por veredas.
—¿Cómo fue su primera clase como brigadista?
—La verdad ya no me acuerdo. Pero sí me acuerdo de que al principio lloraba porque me hacía falta mi casa y después lloré porque ya me iba. La verdad, se pasaban dificultades. En la familia con que vivía me decían que no conocían el tren, no conocían la sandía. Compraban pan sólo para la niña menor que tenía 6 años y para mí. Los domingos hacían un poquito de arroz, tal vez una libra para una familia de 15 personas. Lo mejor parte era para mí y la niña pequeña. Me trataron igual que a una hija. Fueron los cinco meses más lindos.
Con el tiempo, Sara se fue olvidando del miedo a los guerrilleros contrarrevolucionarios y el miedo a la oscuridad absoluta que poblaba esa zona una vez que se ocultaba el sol.
Ernesto Vallecillo tenía 31 años cuando dejó sus obligaciones con los hermanos de La Salle, en Guatemala y se convirtió en parte del equipo organizador de la CNA. Los revolucionarios habían tomado el control de su país, Nicaragua, y él quería dar su aporte.
Un día llegó a la oficina de Fernando Cardenal, en el Ministerio de Educación. Se ofreció a participar en la anunciada Cruzada Nacional de Alfabetización. Él no sabía qué podía hacer, lo único seguro es que no se quedaría viendo de lejos el desarrollo de los acontecimientos.
“No buscaba ningún cargo, yo quería saber cómo podía participar, como cualquier persona, entonces Fernando me dijo: ‘¿Para dónde vas? Quedate trabajando conmigo, estoy conformando el equipo que va dirigir la Cruzada y necesito gente con experiencia en educación’”, comenta Vallecillo con una sonrisa en el rostro.
¿Qué sintió en ese momento? “Inseguridad”. A pesar de que este hombre de cabello gris que funge ahora como gerente general de la Lotería Nacional tenía experiencia como educador, “no era lo mismo ser responsable de cien o mil alumnos, que de 60 mil muchachos que andaban repartidos por todo el territorio nacional”.
Además, el temor le aumentaba cuando recordaba que la Cruzada Nacional de Alfabetización sería algo inédito. “No sabíamos ni siquiera dónde estaban los analfabetos, ni cuántos había en cada comunidad y por lo tanto, ni cuántos muchachos teníamos que mandar ahí para resolver el problema”, relata Vallecillo. Eso sí, lo único de lo que se estaba claro es que los brigadistas debían ser enviados antes de que iniciara el invierno y las cosas se fueron dando.
El primero en apoyar fue el educador brasileño Paulo Freire. Vino a Nicaragua, invitado por Cardenal, y ofreció su método de alfabetización. Además, consiguió un millón de dólares, a través del Consejo Mundial de Iglesias.
Después se unieron al equipo Sonia de Chamorro, en el área de consecución de fondos; Francisco Lacayo, el segundo al mando; Fernando Montiel, administrador; Lenín Medrano, gerente; pero aún faltaban fondos. La historia apenas comenzaba. La meta era crear una casa nacional de alfabetización en cada comarca, municipio, departamento, ahí se enviarían los cuadernos, las botas o lo que fuera a los brigadistas.
Fernando Cardenal que estaba a la cabeza de todo, trataba de dormir bien, pero un día regresó a su casa con pocos ánimos. El presidente del Banco Central de ese entonces, el doctor Arturo Cruz, le había dicho que ya no le podría seguir haciendo desembolsos. Estaban sobregirados con los fondos.
Cardenal necesitaba comprar 120 mil pantalones y camisas, 60 mil mochilas y hamacas, 60 mil pares de botas y el país no tenía esa capacidad de producción. El estrés era muy grande.
Ese día, al regresar a su casa, se encontró con un compañero jesuita llamado Xavier Gorostiaga. Un hombre entusiasta que sin más ni menos le ayudó a encontrar una salida.
Gorostiaga le propuso al padre Cardenal que llamara a Ginebra, al Consejo Nacional de Iglesias. “No les vamos a pedir dinero”, le dijo. Allá tenían a un amigo uruguayo llamado Julio Santana que les haría el favor de enviar un telex, (aún no existía el fax), que diría: “Fernando, gran entusiasmo en Europa por la campaña de alfabetización. Se va formar un club de agencias para apoyarte. Llegará mucho dinero. Un abrazo, Julio Santana”.
Ésa fue una mentira piadosa que le serviría como garantía para que el Banco Central desembolsara más fondos para la CNA. Fueron días apretados hasta que llegó el 23 de agosto de 1981. Los cinco meses previstos para que se sacara del analfabetismo a por lo menos 1.5 millones de habitantes habían llegado.
En la Plaza estaba el padre Fernando Cardenal, acompañado por su equipo de incondicionales y los miles de brigadistas que llegaron tal a como se fueron, en caravana.
El sacerdote jesuita se recuerda frente a la multitud, impresionado por la capacidad de entrega, la valentía y el coraje de los jóvenes. “Cuando celebramos el final de la Cruzada en la Plaza 19 de Julio, yo me quedé en la tarima con una pareja de amigos que tenían a cuatro hijos alfabetizando. Nos quedamos conversando, saboreando el éxito. Se vació la plaza y estábamos los tres sentados, estaba oscureciendo, y yo pensé: Ya puedo morir tranquilo, ya he hecho lo más importante de mi vida”.