“El 19 de julio de 1979 todo mundo era sandinista”. Así se define la participación del pueblo nicaragüense que a la cabeza de dirigentes sandinistas derrocaron a Somoza. De ese día de alegría, de flores, de emociones sobresaltadas, de lágrimas, de abrazos, de polvo en el viento, luego de la caída del caballo más famoso en la historia de nuestro país... queda poco.
Los mismos hombres y mujeres que ese 19 de julio vitorearon a la Nicaragüita abandonaron las filas del sandinismo y optaron por rearmarse para derrotar al sistema que ellos mismos ayudaron a instaurar. ¿Por qué se convirtieron en enemigos de quienes fueron sus “compas”?
Tres comandantes de distintas fracciones de la Contra cuentan a Domingo cómo lucharon en ambos bandos de una guerra que se estima dejó 50 mil muertos en una década. Un movimiento guerrillero que comenzó apenas con unos 30 hombres (de la facción Milpas, los primeros en oponerse al gobierno sandinista) y culminó con más de 20 mil guerrilleros financiados por la Administración de Ronald Reagan, quien para la creación de la Contrarrevolución destinó casi 20 millones de dólares. Hoy, estos empresarios y agricultores recuerdan los horrores y el odio que dejó campesinos muertos, mujeres violadas, tortura, traición, pero que aseguran valió la pena porque sin ellos Daniel Ortega jamás hubiera entregado el poder.
Luis Fley, Comandante Johnson
Más de 30 años han pasado desde que Luis Fley comenzó a colaborar con los sandinistas en El Cuá. En esa época sus hermanos estudiaban en la universidad de León y allí comenzaron a luchar por derrocar a Somoza.
Los hermanos de Fley se integraron a la columna guerrillera Bernardino Ochoa y cuando eran buscados por los guardias Fley les daba asilo. “Los sandinistas eran desconocidos. Eran unos pocos. No era un organización grande y el pueblo se aglutinó tras la causa que ellos pregonaban”, dice hoy Fley.
Él cuenta hoy con 57 años y aún recuerda que aquel 19 de julio se encontraba en la casa de una familia de apellido Fajardo escuchando la radio cuando todos se congregaban en la plaza para celebrar. En ese momento se sintió parte de toda esa algarabía, aunque su participación armada sólo duró una semana (la última antes del 19).
Luis Fley es un hombre de complexión media, de baja estatura y hablar pausado. Sus ojos claros brillan y se dilatan cuando esculca los recuerdos de la época. Y más aún cuando recuerda lo que lo motivó a luchar al lado de la Contra.
Las razones que da son claras. Siendo gerente de Encafé, por petición del gobierno sandinista, participa en Matiguás en una marcha encabezada por Alfonso Robelo. De regreso en El Cuá es encarcelado y luego perseguido. “Había una lista de campesinos que asesinarían porque no asistían a las reuniones de los CDS. En la lista estaba yo. O me quedaba a morir o me unía a la Contra”, plantea.
Según Fley, casos como el suyo se dieron muchos. Por eso, dice, en un año se integraron más de mil guerrilleros a la Contra. Además, señala como error fatal que el gobierno sandinista tratara de negar la existencia de Dios. “Si Cristo viene con el AK lo detiene... Esa consigna fue muy difícil de asimilar para el pueblo”.
Mientras Fley continúa su relato, hunde la mirada en la mesa como si depositara allí todas las imágenes que tiene en la mente. “Fue doloroso ver tantos muertos. Una guerra es cruel, inhumana, pero a veces es necesaria. ¿Sabe que el mayor motivador para incorporarse a la Contra eran los mismos sandinistas con sus abusos?”.
—¿Experimentó odio contra quienes ayudó en algún momento?
—Era un odio a muerte. Ellos con nosotros y nosotros con ellos. Si agarraban a un miembro de la Contra lo despedazaban. Cuando nosotros los agarrábamos también. Era gente que no andaba con contemplaciones. Recuerdo que el comandante Max tenía una frase que se las enseñaba a sus soldados: “El sandinista bueno es el sandinista muerto”.
—¿Sabe a cuántos mató?
—En una guerra no sabés si mataste o a quién mataste. No tengo remordimiento de haber matado a alguien en combate. Era una guerra.
José Domingo Molina Treminio, “Comandante Chirizo”
El Frente Sur acogió a Domingo Molina en 1978. Al lado de Edén Pastora, Gaspar García Laviana y otros guerrilleros organizó campamentos y combatió al régimen somocista hasta el 19 de julio. Pero la militancia de Molina en el Frente no comenzó allí. Dos años antes fue reclutado por Mario Avilés en Occidental de Seguros. Un año estuvo en el clandestinaje y un año en el exilio.
Este hombre que hoy cuenta con 50 años recuerda que su participación en las filas del Frente Sandinista tenía la intención de liberarse de los abusos de Somoza. “Cuando comenzamos a ver los abusos de la dictadura somocista tratamos de combatirlos, pero como la parte militar la llevaba el Frente, entonces si querías participar activamente tenías que meterte a un grupo de guerrilleros”.
Un incidente con un cubano es el comienzo de la transición del verde olivo a las filas de la Contra. De hecho, Molina sólo recuerda que el cubano lo chocó, lo agredió y al final resultó ser la víctima. “Allí me di cuenta que eran ellos quienes mandaban en nuestro país”. Apenas seis meses habían pasado desde la fecha feliz en la Plaza de la Fe.
El detonante del cambio fue la salida de Edén Pastora. “Me sentí traicionado, defraudado. No luchamos para otra dictadura”.
El 1 de mayo de 1982 otra vez Domingo Molina regresa a la montaña. Esta vez la lucha es contra sus ex “compas”, contra aquéllos que ayudó a llegar al poder. Esta vez la lucha es en la Alianza Revolucionaria Democrática (Arde).
—¿Sentía odio contra sus ex compañeros?
—Era un odio a muerte. Había un aparato de Seguridad del Estado que masacraba.
—La Contra también cometía barbaridades.
—Puede que se hayan dado casos aislados, porque en una guerra es difícil de mantener un formato, más cuando hay muchas personas y algunos jefes que no tenían un nivel cultural alto y se dejaban llevar por el odio, pero no era la intención.
Cuando Molina, ingeniero agrónomo de profesión, recuerda su participación en la lucha armada adopta una pose solemne. Los nueve años de batalla del “Comandante Chirizo”, como se le conoció, le enseñaron que en la guerra no se puede dormir con el enemigo. Por eso los infiltrados la pagaban caro.
La reflexión de este hombre que participó en los dos bandos de la guerra del ochenta es que los muertos no conocen de pactos.
—¿Valió la pena?
—Sí, claro que valió la pena. No me arrepentí de haber apoyado al Frente (FSLN) cuando lo hice. Luché contra Somoza, nadie me presionó, fue voluntario, así también lo hice para luchar contra el comunismo.