En estos días el Instituto de Información Universitaria de Alemania publicó los resultados de un estudio representativo sobre la inserción laboral de los graduados universitarios del año académico 2000/2001. Los resultados: entre todas las carreras, cerca al 90 por ciento de los graduados tienen un empleo regular, en los campos de Ciencias Naturales, Informática, Matemáticas y Tecnología hasta el 97 por ciento. El 85 por ciento de los con empleo se siente satisfecho con el contenido del mismo; para el mismo porcentaje los conocimientos obtenidos por el estudio eran condición imprescindible para su trabajo. Complementando sus estudios, el 90 por ciento ya había participado en algún tipo de formación adicional después de graduarse.
Ahora mal, según censo 2005 de Nicaragua, hubo 151,301 profesionales con título universitario, de los cuales 115,031 tenían trabajo regular, quedándose 36,184 o el 24 por ciento sin empleo fijo. En carreras vinculadas con las Tecnologías de Información y Comunicación, hubo 10,677 titulados, de los cuales 7,770 tienen empleo mientras 2,904 o el 27 por ciento se quedó sin empleo. Me consta que una vez graduado hay poca inclinación de invertir en superación, sea por el profesional mismo, sea por su empresa.
No hay forma más clara para señalar las causas del subdesarrollo de Nicaragua. Puesto que aparte de al menos 50 por ciento de la población económicamente activa que ni siquiera logró completar la primaria, Nicaragua tampoco sabe aprovecharse del 2.8 por ciento que llega a terminar una carrera universitaria ni mucho menos desarrollar aún más éste su potencial.
En contraste, la Unión Europea no solamente aprobó recientemente una directiva contra la inmigración no deseada por gente sin formación alguna, sino al mismo tiempo muchos estados miembros, entre ellos Alemania, aprobaron nuevas políticas para fomentar la inmigración deseada, en particular de profesionales y técnicos, pues las proyecciones muestran una creciente carencia de los mismos como consecuencia de la transición demográfica de los años ochenta. La industria alemana de maquinaria, el pilar de las exportaciones alemanes, ya señaló serias limitaciones a su desempeño futuro por la falta de profesionales en las áreas de Ciencias Naturales, Informática, Matemáticas y Tecnología.
Obviamente el profesional desperdiciado en Nicaragua, buena formación y deseos de superación asumidos, será un inmigrante muy bien recibido no sólo en la Unión Europea sino también en los Estados Unidos y hasta en la vecina Costa Rica. Me temo que muchos jóvenes profesionales nicaragüenses, y profesionalmente los mejores, no van a desaprovechar esta oportunidad, que Nicaragua misma les niega.
Sin embargo me atrevo a sospechar, después de 23 años de intentar a nadar contra la corriente, que haya un mal más de fondo: en Nicaragua se aprecia, cuando mucho, el título no el conocimiento o a la inversa desde el niño que sale de la primaria a las alturas del tercer grado porque para sus padres ya no vale la pena, hasta el estudiante universitario que se preocupa por pasar pero no por aprender, el saber en Nicaragua, salvo en algunos islotes, no tiene valor para nadie, mucho menos comparado con el olfato para oportunidades y la astucia para aprovecharse de las mismas, impidiendo no superando a la competencia.
Esto lo transmite el discurso real en todos los ámbitos, medios incluidos e independiente de los colores políticos. A la vez 24 años de recurrir a la caridad de otros países y de instituciones externas —desde la campaña Nicaragua deba sobrevivir, en adelante— argumentando por todos lados constantemente con la miseria, sea como ONG sea como Estado, con o sin garrote, han establecido firmemente a la miseria como paradigma dominante, no el potencial. Cómo no van a calar dos décadas de un discurso único en la mente de jóvenes, así me consta a menudo en mis aulas de clase: según los jóvenes en Nicaragua y para Nicaragua no hay futuro. Con todo el cariño para con el país de mis hijos y estudiantes es cierto: una Nicaragua, que renuncia a desarrollar su potencial y de hecho renunció a aprovecharse plenamente de él, renuncia al desarrollo mismo y acepta a la miseria como su único futuro.