En los últimos 20 años la cultura popular ha recibido con agrado a los antihéroes, en todas sus variantes. Donde más han germinado los antihéroes han sido, lógicamente, los cómics o pasquines. Personajes como El Castigador o Gepardo por mencionar dos productos Marvel. El mismo Batman de D.C., en sus versiones contemporáneas, tiene todos los trazos de un antihéroe.
Esto fue porque el público se hartó de los superhéroes cursis que luego de salvar al mundo se ponían a aconsejar a los niños que debían comer verduras y tomar leche todos los días, obedecer a sus padres y acostarse temprano. Podían ser los más poderosos del universo, pero tenían la suficiente sensibilidad (y tiempo) para bajar a un gato de un árbol, y entregárselo sano y salvo a la pequeña niña que llora por su mascota. Todo esto ya pasó de moda.
Ahora lo “cool” son los superhéroes que hacen todo lo necesario, sin importar las consecuencias, con tal de detener a los villanos. Así es Hancock (Will Smith). Y para hacer interesante y novedosa la historia, estar bajo los efectos de una resaca no es excusa para que Hancock cumpla con su altruista deber. No importa si por culpa de esa “superheroica goma” se destruyen unos cuantos edificios en el proceso.
Si prestó atención a los ruidosos avances de la cinta antes de su estreno, prácticamente ha consumido los primeros 50 minutos de ésta. Esos dos minutos de previos absorben en esencia toda la primera parte de la película, lo cual la hace previsible y en ciertos momentos hasta aburrida. Pero no abandone la sala. Si logra sobrevivir estos 50 minutos con lo más común y silvestre de una comedia de acción taquillera, su paciencia será bien recompensada.
Un inesperado y muy interesante giro en la trama levanta la película de la lona. La impregna de un refrescante drama humano, que a pesar de desarrollarse en medio de más explosiones y peleas banales, no pierde interés. Es la mejor vuelta de calcetín que he visto en las cintas sobre superhéroes que han colmado las pantallas durante el año.
Para mayor suerte, la película se desarrolla con una inusual rapidez para este tipo de productos fílmicos. Sólo dura hora y media. Suficiente tiempo para que Hancock se tome unos tragos, amanezca de “goma”, destruya un tren y enfrente una inesperada situación digna de una tragedia griega. El espectador lo agradece, más después de aguantar casi una hora de comedia simplona y acción fútil.