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La censura de prensa es injustificable
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La implacable censura de prensa que impuso la dictadura sandinista de los años ochenta se pretendía justificar con el pretexto de que el país estaba en guerra. Todavía hoy, antiguos promotores de la censura y censores en lo personal, aunque ya no pertenecen al Frente Sandinista sin embargo se aferran a aquella justificación. Y el colmo es que un individuo que fue Canciller de la dictadura sandinista y al que ahora la comunidad internacional insólitamente ha premiado con el nombramiento de presidente de la Asamblea General de la ONU, se ha lamentado públicamente porque en aquella época no había pena de muerte, pues según él esto es lo que merecíamos “los de la prensa”, más que la censura.

Pero la guerra, que fue causada deliberadamente por el régimen sandinista, sólo era un pretexto para la censura de prensa y otras barbaridades que le impusieron al pueblo de Nicaragua. Para los dirigentes e ideólogos sandinistas revolución y guerra eran dos caras de la misma moneda. Según ellos no podía haber revolución sin guerra. Por eso fue que acosaron a la gente y forzaron a miles de campesinos y habitantes de las ciudades a alzarse en armas. Por eso mismo fue que trataron de exportar la revolución a los demás países centroamericanos, particularmente a El Salvador y Guatemala, y de esa manera provocar la intromisión de Estados Unidos en el conflicto bélico interno. Se conoce que en julio de 1979 el gobierno de Estados Unidos ofreció a los sandinistas el olivo de la paz, incluyendo apoyo económico, por medio del enviado especial William Bowdler, a cambio de que no diseminaran su revolución hacia los demás países del área. Sin embargo, los comandantes sandinistas respondieron con el acero de guerra —el mismo con el que ahora Daniel Ortega amenaza a la oposición cívica, a la sociedad civil autónoma y a los medios de comunicación social independientes—, exportaron la revolución a Centroamérica y convirtieron a la región en un escenario de la confrontación entre las grandes potencias hegemónicas del mundo.

Ahora bien, sin duda que cualquier gobierno, de la naturaleza política que sea, al estar en guerra tiene derecho a establecer medidas de excepción incluyendo la censura informativa en los asuntos de significación militar. Pero la dictadura sandinista no censuraba sólo las informaciones relativas a la guerra; censuraba todos los asuntos de la vida nacional e internacional, pues su verdadero objetivo era abolir la libre expresión y la libertad de prensa para apuntalar una nueva dictadura, peor que la somocista y similar a la que desde 1959 fue impuesta en Cuba. De manera que, tal como se informa en la última edición de la revista quincenal de LA PRENSA, Magazine, los comandantes sandinistas mandaban a censurar absolutamente todo, hasta las noticias más triviales de entretenimiento, como por ejemplo la serie de beisbol estadounidense entre los equipos Cardenales de San Luis y Reales de Kansas City, o la absurda pero divertida figura de un elefante esquiando. Lo importante para aquellos extremistas megalómanos era hacer sentir su poder absoluto, mientras en las calles las turbas vociferaban: “Somos sandinistas, adelante, adelante y al que no le guste le damos purgante”.

De manera que es inaceptable la justificación de aquella bárbara censura de prensa, con el pretexto de la guerra. Además, nadie que realmente ha abrazado la causa de la libertad y la democracia, aunque provenga de la izquierda marxista, puede aceptar ni justificar por ninguna razón la censura de prensa. Para decirlo con palabras del mismo Carlos Marx, de cuando éste era periodista y escribía para La Nueva Gaceta del Rhin: “La censura al igual que la esclavitud nunca podrán ser consideradas lícitas a pesar de que haya existido miles de veces en forma de leyes… Y una Ley de Prensa sólo puede ser considerada como una verdadera ley cuando protege la libertad de prensa. La censura es contraria a la esencia misma del derecho y del Estado, ya que una prensa libre es una condición indispensable para que el Estado cumpla con su propia naturaleza: es la encarnación misma de la civilización, el vínculo individual con el Estado, el espejo del pueblo. Una prensa censurada es la depravación de la vida pública y significa que el gobierno sólo escucha su propia voz. La libertad de prensa no necesita argumentos para justificarla, ya que es una parte, una parcela, de la vida espiritual del hombre”.

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