Las calles han tomado títulos, nombres, adjetivos, atributos y apodos discriminativos durante época o circunstancia de la vida y de cada uno los pueblos de la historia y de sus costumbres.
En los tiempos de la colonia no había villa o ciudad en la que no hubiera una “calle real” o una “calle atravesada”, como en nuestra ciudad colonial Granada, en donde habitaban los jefes directores, senadores, alcaldes, políticos y gente influyente con respeto a ellos mismos, personas con respeto a la Constitución de la naciente República, lo mismo que a las instituciones del Estado y a los derechos individuales y del pueblo.
Aquella era una época en que las “niñas” escuchaban tras los barrotes de los ventanales los poemas y los cantos de los enamorados trovadores y la calle era vedada para ellas. Hay calles famosas en todo el mundo, como la Calle de Alcalá, la de la alegría en España. La Calle de la Amargura donde el Hijo del Hombre conquistó la libertad y la salvación de la humanidad.
Cuando éramos niñas las abuelas mentaban la calle y nos decían para corregirnos: “Parecen niñas de la calle…”. Cuando éramos adolescentes nos decían: “No griten como las chavalas de la calle…”. Cuando éramos mayores nos decían: “Vístanse decentemente, sino las van a ver como mujeres de la calle…”. Y por último menospreciaban al perro flaco, figura de desprestigio, abandono y despojo ordenando: “Saquen ese perro callejero a la calle…”. Un dicho muy cierto que reza: “No hay que ser candil de la calle y oscuridad de la casa”.
Esos tiempos han pasado, la verdad es que se está recuperando el buen nombre y función de la calle y su dignidad, como aquella época en que los heraldos anunciaban los edictos de los jefes directores de la naciente República en la que daban a conocer al pueblo los anuncios acordados, como se dio el llamado en la hermosa proclama de Masaya por el Prefecto y Subdelegado de Hacienda del Departamento Oriental, don Pedro Joaquín Chamorro Alfaro, quien llamaba al pueblo para luchar unidos por la libertad y la soberanía de Nicaragua, diciendo en uno de sus párrafos: “Cuento para llenar mis deberes con vuestro patriotismo y desprendimiento, porque sin vuestra cooperación nada podríamos hacer”. Y termina su llamado con esta dura sentencia: “Si para lograr tan noble objeto fuese necesario derramar la sangre de mi familia y amigos que allí existen, sangre adorada por mí, en buena hora, si ella sirve para regar el árbol de la Independencia. Marchad, pues, que el triunfo será vuestro; mas si la suerte nos fuere adversa, bajemos a la tumba sin llevar un remordimiento. Dejemos la ignominia a los traidores, a esos hijos ingratos, a los egoístas y a los Estados vecinos por su criminal indiferencia. Ellos pensarán como yo y conocerán su error cuando sean esclavos; y entonces “¿de qué les servirá?”
Proclama que fue dada en la ciudad San Fernando (después llamada Masaya) el 19 de octubre de 1855.
Este es el llamado de hoy en la calle, llamado al retorno de la justicia, de la institucionalidad y el apego a la Constitución de la República, al rescate de los poderes prostituidos por el pacto.
La calle es hoy la vía para recuperar la dignidad a lo que tenemos derecho y deber moral y cívico de guardar. La calle es el ejercicio para desarrollar y poner clara nuestra conciencia para ejercer todos estos derechos cívicos que le corresponden al ciudadano, todo lo que es poder elegir y saber por quién votar por medio del pluralismo político, retomar todo lo que está en peligro de perderse; la libertad en todo su sentido, la democracia, defender la soberanía de influencias extrañas y extranjeras, en fin, ser un ciudadano digno de una nación libre, independiente y soberana como Sandino lo quiso.