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Izquierda virulenta y derecha estúpida
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El dirigente democrático venezolano Alberto Mansueti, fundador de un movimiento político regional del Estado de Zulia denominado Rumbo Propio, asegura en un sesudo artículo de opinión que “la izquierda virulenta es el segundo más grave problema político de Venezuela y América Latina; el primero es la derecha estúpida”. Y agrega Mansueti que “Chávez se mantiene en el poder no solo ni tanto por el reparto del dinero petrolero y el fraude electoral. Los dos factores le ayudan, por cierto —agrega el dirigente democrático venezolano—, pero hasta que termine de hacer su efecto el adoctrinamiento masivo, ese lavado cerebral que les volverá a ambos innecesario, como en Cuba”.

Según Mansueti, “hay otros factores de más peso —para explicar la hegemonía política de Hugo Chávez en Venezuela—, como la predominante cultura de izquierdas. Y los partidos opositores… que aunque casi muertos siguen con sus viejas mañas, entre ellas la improvisación, a la que llaman pragmatismo. Y dejan la acción política en manos de periodistas y medios de comunicación, actrices y actores, empresarios mercantilistas, agencias publicitarias y de encuestas y ahora unos cientos de estudiantes de sentimientos claros e ideas confusas. Todos igualmente inexpertos e impotentes ante las veteranas izquierdas en el poder, que saben muy bien lo que hacen, y están dispuestas a todo”.

El problema de la derecha empeora porque a ella misma le da vergüenza admitir que es de derecha, explica el político venezolano. Mucho menos que se atreva a proclamar y defender sus ideas, por muy buenas que sean, para poner fin al desastre que el izquierdismo chavista ha causado en Venezuela. “Por eso la izquierda manda; e impone el socialismo”, razona Mansueti, quien agrega: “Nadie se asume de derechas, como si fuese el vicio secreto inconfesable y único pecado en esta era tan indulgente... El de izquierda es el único relato que se oye, y por eso sus reglas se dan por buenas aunque los desastres que ocasionan son manifiestos. Sus principios —meros pretextos para justificar los desastres— son falsos y tramposos, y sin embargo se toman por lógicas o evidentes certidumbres. ¿Por qué? La primera y más simple razón es que el vocablo ‘derecha’ tiene una gran carga descalificadora e infamante, hábilmente colocada por la izquierda, y como nadie lo reivindica, entonces la palabra conserva intacto el veneno, con el cual todo socialista hiere mortalmente y quita de en medio a quien se atreva a defender el capitalismo”.

El razonamiento de Alberto Mansueti es válido también para Nicaragua. Pero aquí se debe agregar que la derecha además de estúpida es corrupta, salvando las debidas excepciones honrosas. En realidad, no sólo por estupidez sino también por corrupción es que la derecha ha echado a perder la libertad y la democracia que la mayoría del pueblo de Nicaragua conquistó con muchos esfuerzos y después de inmensos sacrificios, en las elecciones de 1990. Por estupidez y corrupción la derecha le dio el triunfo electoral presidencial a la izquierda virulenta y corrupta de Daniel Ortega, con apenas el 38 por ciento de los votos, en noviembre de 2006. Por estupidez y corrupción es que la derecha, habiendo logrado una cómoda mayoría parlamentaria en la Asamblea Nacional, sin embargo le ha permitido a la izquierda virulenta de Daniel Ortega hacer cuanto ha querido contra la legalidad, contra la institucionalidad democrática, contra el pluralismo político e incluso contra los mismos intereses económicos estratégicos de la derecha. Y ha sido por estupidez y corrupción que la derecha le ha entregado a la izquierda salvaje de Daniel Ortega los poderes Judicial y Electoral, la Fiscalía y la Contraloría General de eso que todavía llamamos República.

En Nicaragua, igual que en Venezuela, la derecha democrática posee una gran riqueza ideológica y programática, como es el conjunto de los valores de libertad, democracia representativa, economía de libre mercado y reconocimiento de los derechos humanos. Pero hasta proclamar y defender esos valores le da vergüenza a la derecha, minada moralmente por la corrupción y acobardada políticamente por la izquierda virulenta.

A pesar de todo, esa riqueza de valores permanece allí, en la conciencia y en la esperanza de una ciudadanía mayoritariamente democrática, a la que sólo falta organizarla, movilizarla y conducirla a la victoria, del mismo modo que se hizo en 1990.

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