Las vallas con la propaganda y la imagen de Daniel Ortega, que hoy abundan en Nicaragua, son la muestra de dos elementos en que se sustenta el gobierno del Frente Sandinista (FSLN): la promesa del paraíso y la creencia de que el Presidente es el todopoderoso, que decide la suerte de cada quien, que premia o castiga según le sirvan.
Es posible advertir, detrás de los mensajes populistas la intención de Ortega de perpetuarse en el poder, con el cuento de que es el redentor de los pobres, decidido a reprimir a quien trate de impedírselo.
Quien lo dude que recuerde o busque uno de los discursos del Presidente, de la semana pasada, cuando gritó: “Los sandinistas que están aquí reunidos, es la única Sociedad Civil”.
Ésa es una amenaza clara: quien no sea sandinista, no se puede considerar parte de la sociedad civil y, por tanto, tampoco puede hacer reclamos al Gobierno ni exigir derechos. Según la mentalidad egocéntrica de Ortega, quien no está con él está contra él; y por ese tipo de fobias es que algunos pueblos han sufrido la barbarie de personajes como Adolfo Hitler, Joseph Stalin y Fidel Castro.
Por lo que registra la historia, los dictadores se inician con la creencia de que son el mesías y sólo ellos pueden resolver los problemas de los pobres, aunque terminan oprimiendo al mismo pueblo que se supone protegen.
Un sacerdote jesuita de Venezuela, Luis Ugalde, explicó este fenómeno la semana pasada y alertó a los ciudadanos del peligro que se esconde tras las promesas irreales, exageradas como las de Daniel Ortega que ofrece “hambre cero” o “desempleo cero”.
“Todo régimen con la pretensión de que con él se logra la definitiva realización de la utopía y de que nada mejor puede existir después de él, termina en reaccionaria opresión antihumana”, afirmó Ugalde, quien es rector de la Universidad Católica Andrés Bello.
“Esa ilusión, cuando un régimen político pretende ser la reencarnación de la utopía, entonces el régimen es el bien absoluto y todo el que critica, todo el que se opone, va a la guillotina o a un campo de concentración”, precisó.
Es lo que hicieron los fascistas, mandar a sus adversarios a los campos de concentración; es lo que ha hecho Fidel Castro, mandar a los disidentes a la cárcel; es lo que comienza a imponer Daniel Ortega, otra vez, el acoso, la persecución a sus críticos y adversarios políticos.
Ortega ordenó a sus seguidores la semana pasada volcar todas las energías “contra el enemigo común, que es la oligarquía; contra el enemigo común, que son los vendepatria; contra el enemigo común que son los que hoy aparecen como demócratas”.
Oligarcas o vendepatrias son para el Presidente de Nicaragua todos los que se le oponen, todos los que se atreven a criticarle o se niegan a participar en las actividades del partido sandinista y organizaciones afines.
A estos nicaragüenses, que por decisión del “omnipotente” Ortega ya no son sociedad civil, jamás les permitirán vivir en el paraíso sandinista y, al contrario, sufrirán la persecución del dictador. Sólo se salvarán si ellos también juntan sus fuerzas para enfrentarlo y recuperar los derechos usurpados, porque son la mayoría, seguro más del 62 por ciento que eran hasta noviembre del 2006.