Esta tarde la pasé con Gustavo, César y Eduardo. Los tres tienen 9 años y son parte de la Asociación Los Quinchos. Son niños caretos, algo curtidos por el sol y muy juguetones. A las 3:00 la tarde en punto, acaban de llegar, junto a otros niños, a la casa con muros pintados en colores alegres. Es la escuela de música, pintura y lectura. Cada uno de ellos toma su caballete, coloca su dibujo, y empieza a colorearlo con la misma fruición que habrá puesto Picasso o Goya ante el lienzo en blanco. Parecen impacientes, pero muestran una disciplina extraña a su edad. Orden y calma. Los dibujos comienzan a tomar vida en la medida que los crayones se deslizan. En uno es un animal el que nace, en otros, paisajes, botellas de vino y figuras geométricas, todos en vivaces tonos. Los crayones los regresan a la niñez que les ha robado la vida, manchada de tragedia y dolor.
La casa de Los Quinchos en San Marcos también funciona como biblioteca. Las paredes de una de las salas están forradas de carteles: el abecedario, los colores, dibujos. “Los chavalos que ganen el concurso de lectura tendrán premio”, dice una cartulina en donde aparecen los nombres de los niños y las estrellas que han ganado. El premio es un helado. Un sabroso helado que irán a comer al centro de San Marcos.
En el patio los chavalos se vuelven bulliciosos. Hablan entre sí, juegan, ríen. Ignoran las molestas moscas que insisten en pararse en la cara, las rodillas, el pelo, la ropa. Y mientras los demás hablan del paseo a Chacocente, que será la próxima semana, César se acerca a mí. Es un chelito de nariz ancha y ojos dormidos. Tiene los dedos llenos de verde, las uñas llenas de crayón verde. No conoce a sus papás.
—Juan Carlos, mi hermano, me trajo aquí –cuenta con su hablar pausado y una voz muy ronca para ser de un niño.
—¿Y dónde está tu hermano?
—Se ahorcó el año pasado. No sé por qué. Ahora vivo con mi “mita”.
La “mita” de todos los niños es Zelinda Asunta Rocha, directora de la Asociación Los Quinchos, desde su fundación en 1991. Es una italiana de unos 50 años. Su forma de hablar junto con sus rasgos delatan su nacionalidad. Dueña de unos intensos ojos verdes, labios pronunciados y nariz aguileña, Zelinda cuenta que en la asociación atienden a 350 niños en San Marcos, Granada, La Chureca y Posoltega. “Son chavalos de la calle, que en vez de recibir cariño y juegos, recibían maltrato. Les pegaban duro, los torturaban, los violaban”.
Los “quinchos” y las “yaoskas” ahora sí juegan. Así les llama Zelinda a los niños y niñas. Se divierten bailando, tocan instrumentos de la banda escolar y pintan. Estuve un buen rato viendo bailar a Gustavo, César y Eduardo. Luego se me acercaron y empezamos a platicar. Me contaron que van a la escuela y que les gusta bailar reggaetón. Eduardo es un chavalito moreno de rasgos aindiados, cabello chuzo y ojos achinados. Le pregunto si tiene hermanos, pero quien contesta enseguida es Gustavo, un gordito con cara de felino:
—Tenía un hermano, pero lo mataron. Le volaron los sesos de un balazo.
Mi mirada se dirige hacia el rostro de Eduardo para confirmar esta versión. Tiene la mirada triste, parece sentirse apenado al escuchar su historia. Entonces explica:
—Fue por un pleito de tierras. Vivíamos en una finca por la Zona Franca del aeropuerto, a mi hermano le dispararon en la cabeza –dice con la mirada perdida. Cuando recuerda el pasado los colores de su niñez se desvanecen.
Zelinda explica cómo fue que nació la idea de ponerle “Los Quinchos” a la asociación. Todavía se acuerda de la lluvia de ideas de los niños, que querían llamarse “los tuanis”, “los guerrilleros”, “los fieras”. Cuando de repente levantó la mano un niño “fundido en pega” y pidió que le pusieran “los quinchos”, porque “Quincho fue un niño como nosotros”. Zelinda también cuenta que a las niñas les llaman “yaoskas”, en recuerdo de una matanza de niños, mujeres y ancianos que ocurrió cerca del río del mismo nombre en la época de Somoza.
Los “quinchos” y las “yaoskas” parecen felices. Juegan, leen, pintan. Esta asociación les ha dado el espacio para que sean niños de nuevo. Les enseñan a manejar barro, a hacer hamacas. Se mantienen con la ayuda de comités italianos y algunas personas que viven en Estados Unidos. “También nos ayudamos con lo que hacemos, vendemos las hamacas, las pinturas, objetos de barro, de madera”, agrega Zelinda. Hace un mes abrieron un pequeño restaurante italiano, ahí trabajan los jóvenes que una vez fueron acogidos por la Asociación. Se espera que el restaurante sea otra fuente de ingresos para seguir con el proyecto de hacer que los chavalos sean sólo eso, chavalos.
Ya son casi las 6:00 de la tarde, así que Gustavo, César y Eduardo deben regresar a la casa donde viven. El lunes volverán a esta lugar de paredes coloridas a vivir el presente y olvidar sus pasados.