El tafil es el nombre de patente del calmante
del sistema nervioso central de mayor uso y abuso en Nicaragua, superado solamente por las secuelas trágicas de la cultura endémica del alcoholismo.
Desde los inicios del 2007 este medicamento se ha agotado catorce veces a nivel nacional de acuerdo con sondeos efectuados en más de cien farmacias y a un cuestionario dirigido a casi dos mil usuarios que lo tomaban bajo estricta indicación médica y se vieron obligados a interrumpirlo.
Aun más alarmante resulta el informe del Instituto Nicaragüense de Información y Desarrollo (Inide) y la Encuesta Nacional sobre Consumo de Drogas en la Población General, dossier epidemiológico coordinado por el eminente especialista doctor Mauricio Sánchez y confirmado por el Instituto Contra el Alcoholismo bajo el liderazgo del destacado médico Francisco Landeros, quienes confirman con cifras irrefutables el altísimo índice de abuso del tafil y otros calmantes afines consumidos sin receta ni supervisión médica, ambos reportajes aparecidos en LA PRENSA del 27 de junio.
Pocos términos de la farmacopea tradicional han calado tan hondo en el habla popular de los nicaragüenses, como el tafil, que además de ser nombre propio es usado en el argot gramatical como pronombre, adjetivo, verbo, eufemismo, alegoría y virtualmente sinónimo de la palabra “crisis” y seudónimo de escape de la avalancha atroz de la creciente debacle social y macroeconómica en la que se va hundiendo el país vertiginosamente.
Andar “tafiliado” alude a un estado de tranquilidad inducido farmacológicamente, que simula el Nirvana del hinduismo, permitiéndole al usuario enfrentar los embates furibundos de la cotidiana adversidad, el pródigo vacío de solidaridad social, el menguante valor de la moneda y la inmoral escalada en los precios de la energía.
“Tafileño”, adjetivo calificativo alegórico de “Clavileño”, apelativo del caballito de madera en que Don Quijote y Sancho Panza surcaron, como si en lomo de un Pegaso se tratara, los espejismos de la vía láctea, dándose por entendido un estado de serenidad y narcotización más profundo, debido a mayores dosis que simulan un efecto de “Nepente” o droga del olvido, facilitando así a su usuario entrar en un trance onírico casi “etéreo” que al menos por unas horas le permite escapar a los vejámenes de la torva realidad.
En un caso reciente, el prozac fue recetado frecuentemente a los soldados norteamericanos que fueron enviados en más de una ocasión a escenarios de combate en Irak y expuestos a estrés postraumático sostenido.
Por lo tanto habrá que preguntarse, en el caso que nos ocupa, qué es lo que está sorbiendo la mollera de estos miles de conciudadanos que se ven obligados a arrasar con los tranquilizantes, bien sea a través de la receta o por debajo de la estafeta.
Parece calzar como anillo al dedo la respuesta del licenciado Vidriera en el más ejemplar de los cuentos Cervantinos, cuando al verlo venir “como tafiliado” le preguntó el bibliotecario: “Sea bienvenido el señor licenciado, ¿cómo va de salud?, a lo que él respondió: “De salud estoy neutral, porque están encontrados mis pulsos con mi cerebro”, quizá el sueño, pálida imagen de la muerte sea sólo una búsqueda temporal que precede a la verdadera eclosión existencial que se avecina.