El progreso de un país y el bienestar de sus ciudadanos depende de lo bien que caminen la economía y la política. Como una carreta halada por bueyes, entre más fuertes los dos bueyes más avanza la carreta.
En los últimos 16 años el manejo de la economía estuvo en manos de los gobiernos que tomaron el poder a partir de 1990, cuando Nicaragua colapsó tras diez años de gobierno sandinista.
En estos 16 años la producción creció en todas sus expresiones. Ahora producimos mucha más carne, más leche, café, arroz, frijoles, azúcar, maní, maíz, pesca, minería, maquila y más turismo que en 1990. Hay más niños en las escuelas y más jóvenes en las universidades. Solamente lo niegan algunos apasionados políticos.
Hubiéramos avanzado más si Daniel Ortega, como cabeza de la oposición, hubiese colaborado. Pero su actuación en lo económico fue muy dual.
El FSLN acompañó a los gobiernos democráticos a las reuniones del Grupo Consultivo, para solicitar la cooperación internacional, y apoyó con su voto muchas leyes necesarias para que Nicaragua mantuviese acuerdos con el FMI. Eso estuvo bien.
Pero a la par, Ortega boicoteó una y otra vez la necesaria estabilidad política con tranques y asonadas, tomas de tierras y violencia callejera, y con un discurso que ahuyentó a los inversionistas y desprestigió la imagen del país, atrasando su desarrollo.
Ortega se dedicó a la política tradicional, logró un pacto con Alemán en 1999 y con ello el control partidario de jueces y magistrados, el dominio de la Asamblea Nacional y del conteo de los votos, y todo un andamiaje político que incluso le permitió volver al gobierno sin tener mayoría de votos.
Como consecuencia de ello, Ortega regresó al poder hace año y medio sobrevalorando la importancia de las maniobras políticas, sin ningún plan económico ni propuesta de nación para el país, pensando únicamente en su perpetuación en el poder. Y allí, paradójicamente, está el mecate con que podría estar ahorcándose solo.
Porque ante un panorama económico de gran inflación mundial como el que nos impone el despiadado incremento del precio del petróleo, el transporte, la energía y los alimentos, ante las adversidades de la naturaleza con sus lluvias desbordantes y huracanes como el Félix, el Alma y los que pueden venir este invierno, y el enfriamiento del entusiasmo de los donantes ante los desaciertos de Ortega, es evidente que estamos entrando en aguas demasiado tormentosas para un barco tan frágil como es Nicaragua.
Cuando Bill Clinton estaba diseñando su estrategia de campaña en 1992, intentando desarrollar el mensaje con que ganaría las elecciones, alguien soltó la famosa frase “Es la economía, estúpido”. El pueblo estaba hastiado del retroceso económico que sentían. Enfatizando la importancia de un correcto manejo de la economía, Clinton ganó la Presidencia.
Sin embargo, aquí pareciera que Ortega aún no se ha dado cuenta que ese buey de la carreta, el de la economía, es el que puede sacar el país adelante o hundirlo en una profunda crisis de terribles consecuencias. El control político sin progreso económico no es viable en una sociedad abierta.
Viajando más de la cuenta, dedicándose por entero a las maniobras políticas con su socio Arnoldo Alemán, favoreciendo únicamente a sus bases los CPC, violentando los derechos de los otros partidos y acusando de corrupción a todos menos a los suyos, es muy dudoso que Ortega podrá hacer que ande bien el buey de la economía.
De poco le servirá tener bien domado al otro, al de los malabares políticos y las negociaciones bajo la mesa. En el momento en que el buey de la economía caiga al suelo, este otro se paralizará, y de nada le servirá.
Por eso es tiempo de decirle, “Es la economía, Presidente”. Es la economía a la que el Presidente debe dedicarse en cuerpo y alma, a la producción agropecuaria, al ciclo agrícola, a evitar que salgan más maquilas y conseguir otras nuevas, a potenciar el turismo y atraer la inversión hacia las energías renovables para poder canalizar recursos a las prioridades sociales más apremiantes.
Nicaragua no produce todo lo que comemos a diario. Hay que importar muchos alimentos. Tampoco somos capaces de generar los empleos necesarios si no vienen inversiones extranjeras. Allí está el primer reto: “Producción nacional y atracción de inversiones”. Urge alimentar el buey de la economía antes que desfallezca, caiga y trabe toda la carreta.
Hay que aunar voluntades y trabajar juntos por objetivos que nos unan como nación. Después podría ser demasiado tarde. De seguir sin rumbo claro, Ortega podría verse arrastrado por un nuevo colapso de la economía, incluso antes de que termine sus cinco años. Pero el costo para el país, y sobre todo para los más pobres, podría ser elevadísimo. Y eso, por amor a Nicaragua, debemos evitarlo.