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Acero de guerra y olivo de paz
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El presidente Daniel Ortega ha amenazado con usar “el acero de guerra” contra sus críticos y opositores, incluyendo, por supuesto, a los medios de comunicación independientes. El sábado pasado, durante la caminata denominada “el repliegue” que militantes y simpatizantes sandinistas realizan todos los años entre Managua y Masaya —esta vez con la participación obligada de numerosos empleados públicos—, el presidente Ortega advirtió: “Somos amantes de la paz, pero también estamos dispuestos a levantar el acero de guerra si intentan derribar el poder del pueblo, el poder ciudadano, lo que ellos llaman dictadura”.

Pero es el mismo Daniel Ortega el que amenaza a su propio gobierno y a todo el país, con la gran corrupción gubernamental, con el abuso desmedido de los recursos del Estado, con la incapacidad patente de resolver los problemas de la población, con sus ataques llenos de odio a los nicaragüenses que no votaron por él en las elecciones del 2006, con su alineamiento con las FARC y el gobierno pro terrorista de Irán, etc., etc.

En la oposición política y social, a pesar de que es muy grande no hay nadie que quiera derrocar al gobierno de Ortega. Si algunos líderes opositores y de la sociedad civil le han pedido públicamente que renuncie, ya que evidentemente no puede gobernar y al parecer no quiere resolver los problemas del país, eso no significa que lo quieran derrocar. Sólo están señalando un camino de salida constitucional, cívica y democrática, a la grave crisis que ha creado el mismo gobierno de Daniel Ortega. La renuncia del Presidente de Nicaragua, lo mismo que su destitución por la Asamblea Nacional mediante el voto de dos tercios de los diputados, están previstas explícitamente en el artículo 149 de la Constitución. De manera que no es ni puede ser delito pedirle al Presidente que renuncie al cargo, por el bien de Nicaragua.

La oposición política y la sociedad civil han aceptado de hecho y de derecho la legitimidad de origen del presidente Ortega, no obstante que fue elegido por sólo el 38 por ciento de los electores y a pesar de que más del 8 por ciento del total de los votos no fue escrutado, sino más bien ocultado por el Consejo Supremo Electoral; sufragios que probablemente hubieran mandado la elección presidencial a segunda vuelta y en ese caso Ortega no la habría ganado. En realidad, no es la oposición la que quiere que haya inestabilidad política y convulsiones sociales, sino el propio Daniel Ortega porque eso es lo que le conviene para justificar la represión de su “espada de guerra” y su proyecto de restauración de la dictadura. Lo que quiere la oposición y demanda la sociedad civil es respeto a los espacios del pluralismo político y los derechos democráticos de todos los ciudadanos; que haya una contienda electoral limpia y libre para que la gente tenga la posibilidad real de cambiar a los gobernantes incapaces y corruptos, por medio del mecanismo democrático por excelencia que es el sufragio.

Lamentablemente Daniel Ortega permanece anclado al pasado trágico de dictadura y opresión, a una situación de la que la inmensa mayoría del pueblo nicaragüense ha aprendido valiosas lecciones y no quiere que se repita jamás. Todos los nicaragüenses han pagado muy caro, muchos de ellos con sus propias vidas, por las viejas políticas de dictadura, de “espadas de guerra” y represión, de corrupción y de gobernantes incapaces de gobernar que llevaron a las luchas armadas y a salidas radicales que no resolvieron nada sino que empeoraron todo.

No es mucho lo que se le pide al presidente sandinista Daniel Ortega, sólo que reflexione y se dé cuenta de que apelar a conflictos ya superados, alentar el odio de clases y exacerbar las contradicciones de la sociedad para recrear el pasado, con el propósito de acumular poder para él y su familia y quedarse arriba por el resto de su vida, sólo puede generar un efecto contrario al que pretende.

Daniel Ortega puede, si quiere, usar el “acero de guerra” contra la oposición, contra la sociedad civil, contra los medios de comunicación independientes, contra la democracia y contra la libertad. Pero el pueblo nicaragüense ya derrotó el “acero de guerra” de Daniel Ortega. Lo derrotó con el olivo de la paz y con la bandera de la libertad y con estos mismos lo volverá a derrotar, sin dudas de ninguna clase.

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