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Managua
01:03 pm
06.07.08
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Noticias >> Enfoque
(Fotos de La Prensa/Carlos Laguna y Bismarck Picado)
Cazadores de votos
La conquista de Managua se juega en los barrios, donde diariamente incursionan los candidatos a alcaldes con su parafernalia en una cruenta batalla casa por casa, voto por voto. Domingo acompañó a Alexis Argüello y Eduardo Montealegre, los dos candidatos más fuertes según las encuestas, en sus recorridos por barrios capitalinos
Carlos Salinas Maldonado
domingo@laprensa.com.ni
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Una caravana de motos acompaña a Alexis Argüello. Va sonando sus pitos, acelera locamente y termina de despertar, a las 6:30 de la mañana, a los habitantes del barrio Francisco Meza para que salgan de sus casas a saludar al candidato del Frente Sandinista, que con sus zapatillas Reebok bien calzadas, avanza por las calles de este barrio capitalino —de gente humilde, casas destartaladas y algunas calles recién pavimentadas— saludando, sonriendo, pidiendo, con un estilo campechano, el voto para las elecciones de noviembre.

—Buenos días. Mi nombre es Alexis Argüello —se presenta el ex boxeador, que un día dijo que nunca entraría a la política y que le escupieran la cara si algún día lo hacia. Estrecha las manos de los vecinos, mostrando esa gruesa pulsera de oro y esos anillos del mismo metal, igual de gruesos, que adornan sus manos acostumbradas a dar golpes.

Alexis no olvida su pasado de deportista. Como Silvester Stalone corriendo por las calles, dando golpes al aire, en aquella famosa escena de Rocky; Argüello camina rápido, otras veces corre, alzando la mano como sus asesores de imagen le habrán recomendado.

Los ojillos están rodeados de una leve ojera oscura, ¿producto de las mañaneadas? El bigote crece antojadizo, saliendo de su nariz achatada por los golpes, para convertirse en una maraña de vellos negros, grises y blancos, la prueba del paso del tiempo. Alexis viste de rosa, como debe ser, porque el “rosa chicha” es el color de la moda en el Frente Sandinista, dictada, tal vez, por los cambios de la luna. El boxeador va de bluyín. “Está muy flaco Alexis”, suelto al viento. “Pero es ágil”, responde una voz femenina. Está listo, dice, para ganar la Alcaldía.

“¡Salgan, salgan! ¡Vengan a saludar al próximo Alcalde de Managua! ¡Vamos campeón!”, grita Manuel Valle Manzanares, candidato a concejal por el FSLN, que esta mañana hace de todo: incita a los habitantes del barrio, que poco a poco se sacuden la pereza y salen de sus casas; se convierte de vez en cuando en asesor del candidato y le susurra algunas cosas al oído; y hasta las hace de ujier, garantizando que la camisa rosado chicha esté limpia, intacta, para que Argüello brille en esta mañana opaca, que anuncia una tarde lluviosa.

Alexis Argüello pasó de las filas somocistas a las sandinistas del FSLN en un par de décadas. En 1975 participó montado a caballo en una manifestación del somocismo en Estelí. En el 2004 llegó a la Vicealcaldía de Managua, haciendo fórmula en la casilla del Frente Sandinista con Dionisio Marenco, actual Alcalde de Managua. El ex boxeador no oculta que la actual postulación como candidato del Frente Sandinista para la Alcaldía capitalina se la debe al presidente Daniel Ortega y a su esposa Rosario Murillo. Le pregunto sobre eso a mitad de su caminata por el barrio Francisco Meza.

—La gente, según los sondeos, pide que el Alcalde sea independiente del Gobierno —le digo tratando de seguir su ritmo.

—Pero es que mirá, vos no podés independizarte, es injusto lo que ustedes están pidiendo. La ayuda es mutua, tenemos que trabajar juntos —responde, alzando su mano para saludar a los vecinos del Francisco Meza.

—¿Pero cómo evitar esa imagen de que usted es el candidato del presidente Ortega?

—No, no, no. Yo estoy orgulloso... perate, ahí hay una equivocación. Ustedes están diciendo algo que está mal objetivamente. Aquí me dieron el poder los cinco distritos —dice, deteniéndose y alzando la voz para hacerse oír.

Sí, Alexis alza la voz. Tiene que hacerlo. A este punto de su caminata llega a un conjunto de casas que han sacado banderas rojinegras y puesto a todo volumen el himno ése que el FSLN ha adaptado como canción de campaña, a pesar que su autor, Carlos Mejía Godoy, se los prohibió rotundamente. “¿Cuál es la consigna? ¡El pueblo no se detiene!”, gritan los parlantes de los estéreos que la gente ha colocado en las ventanas de las casas.

Mujeres y hombres con caras de recién levantados, algunas de ellas aún vestidas con batas de dormir, saludan al candidato haciendo la señal de la victoria con sus manos. “¡Campeón, campeón!”, gritan por su parte los hombres. Alexis se les acerca, les sonríe, les pregunta si cuenta con su apoyo. El candidato abraza, besa, aprieta manos. Y promete, promete mucho. Promete “descentralización” de los distritos de Managua para que puedan “autogestionarse”. Promete centros deportivos en los barrios. Promete calles adoquinadas, títulos de propiedad, más casas. Promete “hermanarse” con Nueva York y Los Ángeles para gestionar ayuda deportiva y cultural a la ciudad. Y la gente se le acerca y le pide más: “Alexis, una computadora para mi hija”, “Alexis, mirá cómo está mi techo, ayudame”, “Alexis, un cariñito”, “Alexis, quiero una beca para mi hijo”, “Alexis, una silla de ruedas para mi abuela, que se cayó y no la pueden operar”. Y Alexis dice sí a todo. Y Alexis saca su celular, hace llamadas y les dice que en la Alcaldía, a la que él ya no pertenece porque renunció para hacer esta campaña, les responderán a todas sus necesidades. Eso sí, les pide todo por escrito y que hagan las peticiones a través de los Consejos del Poder Ciudadano (CPC).

—¿Por qué incluye a los CPC en su programa si son un proyecto político del Gobierno?

—Bueno, es que yo soy el representante que escogieron los cinco distritos para ser el candidato por el partido en el que milito, que es el FSLN, y me siento orgulloso en decirlo.

—Pero estas promesas que hace de entrega de techos y de becas las hace con fondos de la Administración actual...

—No, no, no. No son fondos, porque son becas donadas por las instituciones, por las universidades. He firmado 18 acuerdos con las universidades para que den becas —afirma y continúa su caminata.

Alexis se aferra a su fama de tricampeón mundial de boxeo para ganar la Alcaldía capitalina. Pero esos triunfos no le garantizan un claro éxito en esta nueva pelea. Una encuesta de M&R Consultores difundida el domingo pasado muestra que el 26.1 por ciento de los encuestados piensa votar por Argüello, muy lejos de aquellos porcentajes que obtuvo el FSLN en 2000, cuando Herty Lewites ganó la Alcaldía con el 45 por ciento de los votos; o de 2004, cuando el actual alcalde, Dionisio Marenco, se sentó en la silla edilicia gracias al 44 por ciento de los votos.

“Dicen que está entrenando ya para verguearse con el ratón”, grita un hombre gordo al ver pasar a Argüello por su casa. Alude al principal contrincante de Argüello, Eduardo Montealegre, candidato de la Alianza PLC. Argüello le responde con una sonrisa y un apretón de manos.

A mitad de camino el candidato se topa con un borrachín. “Un cariñito”, le pide, mientras se le unen otros compañeros de juerga.

—No deberías de beber para que comencés a dar el mejor paso de tu vida —le dice Argüello.

—Sí, pero ya vamos a tener una semana de andar buscando empleo y no hay, no hay, men —responde el borrachín.

—Pero no es justo estarse conmiserando, diciendo que hay que beber guaro para vencer los problemas, mano. Un consejo que te doy con todo cariño —le responde Argüello, tocándole el hombro.

—Yo sé. Pero mirá, Alexis, un cariño necesitamos para por lo menos desayunar —insiste.

—¡Ese desayuno es guaro, no jodás! Yo me quedaba así, mano. Es mejor que salgan a caminar, pensar de que Dios les va a dar una oportunidad.

—Dale, unos diez pecitos, mano.

—No seás bandido, no seás bandido. Esos diez pesos los voy a mal invertir porque te voy a lastimar porque vos vas a comprar la media, maje. Si yo andaba en ese plan —le dice Argüello, recordando los tiempos que junto a la gloria del triunfo boxístico vinieron el alcoholismo y las drogas.

“He hecho de todo”, confesó en una entrevista con Domingo en referencia a aquellos tiempos de aplausos, dinero, alcohol, drogas y mujeres. “Pero éste es llamado del Señor”, afirmó el político sobre la venia de la pareja presidencial para que corriera como su ungido para la Alcaldía capitalina.

Argüello se despide de los hombres que le piden dinero, a los que en lugar de los diez córdobas les regala cigarros. Continúa su marcha por el barrio, seguido por las motos de pitos estridentes, por sus seguidores vestidos con camisas rosado chicha, con esas inscripciones de FSLN en letras amarillas. Pero la camisa de Argüello no lleva las siglas del partido, ni su nombre, ni el del Presidente, ni las frases poéticas de la poeta Murillo. “La derecha y la izquierda son extremos, yo me quedaría en el neutro, de un nacionalismo auténtico”, dice el candidato. Tal vez la frase más interesante de todo su recorrido.

La mujer estaba furiosa. Su mano regordeta golpeaba con fuerza la mesa con frutas y verduras. Subía y bajaba, subía y bajaba. El pum, pum, pum de la mano al golpear la mesa se unía a sus gritos. El rostro descompuesto, duro. Los ojos encendidos. Frente a ella, Enrique Quiñónez y Eduardo Montealegre trataban de hablar. Pero no había caso. Ella gritaba y gritaba.

—Tengo 22 años de estar aquí y no me han dado ningún título. Alcalde viene y alcalde se va y nadie nos cumple. ¡Y el país está peor! Por eso yo voto por el de arriba, dependo del de arriba, dice la mujer.

—Entonces el de arriba le dice que nos saquemos al demonio que está en el poder ahorita —le lanza Quiñónez.

—¡Ustedes prometen y prometen y en nada quedamos! —responde ella, viéndolo, los ojos encendidos, más enojada por el reto, y golpeando con mayor rudeza la mesa.

—¿Vos tenés marido? —se oye la tímida voz de Montealegre.

—Sí, tengo a mi esposo —responde la mujer desconcertada por la pregunta.

—¡Pobre tu marido, pobre tu marido! —dice Montealegre, ahora más seguro

—¡Es arrecha! —exclama Quiñónez.

Habían pasado unos minutos desde que Eduardo Montealegre iniciara su caminata por el anexo a Villa Libertad, un asentamiento de calles lodosas, casas de lata y tablas viejas y enormes cauces atascados con basura. El candidato había llegado, a pesar de que su equipo informó horas antes que no estaría en la caminata porque padecía “punto de neumonía”. Pero ahí estaba, junto a Quiñónez, desconcertado por la bienvenida que la mujer les había dado. A su alrededor, un cortejo de hombres y mujeres con camisetas rojas que llevaban un ratón vestido de súper héroe pintado en el pecho, gritaban y cantaban estribillos a favor de la fórmula liberal y en contra del Gobierno.

“Se va el ladrón, se va el ladrón, se va para Venezuela”. “Con Eduardo en la Alcaldía, Managua progresará”. “¡Con Eduardo y con Quiñónez, ganaremos las elecciones!”

El cielo, encapotado, amenazaba con lluvia. Eduardo Montealegre había llegado al anexo de Villa Libertad con unos minutos de retraso. El reloj marcaba las 3:45 cuando este hombre chaparro, blanco, de calva franciscana y vientre abultado, saludó a Enrique Quiñónez, que lo esperaba, risueño, en la entrada del asentamiento. Venía de una conferencia de prensa, de denunciar, explicó, irregularidades en el juicio que se lleva en su contra por haber participado en una emisión de bonos que endeudó al país con más de 400 millones de dólares, los controversiales Cenis.

—¿Está en forma para estos recorridos? —le pregunto.

—Totalmente. Hoy fui a hacerme mi examen y ya bajé los triglicéridos al nivel que los quería tener —responde riendo.

Montealegre y Quiñónez recorren tres barrios diario. Hacen caminatas, saludan a los vecinos de casa en casa y terminan los recorridos con mítines en los que los habitantes de los barrios les exponen sus necesidades. Las lluvias de las últimas semanas afectaron la salud del candidato liberal, por lo que tuvo que ausentarse cuatro días. Pero hoy esta pareja camina activa en este asentamiento, donde no hubo pedradas como ha ocurrido en otros barrios.

Los Cenis son el talón de Aquiles de Montealegre, ex Ministro de Hacienda y de Relaciones Exteriores. Él es el protagonista de una campaña mediática sin precedentes, que desde los medios oficiales y aliados del Gobierno, bombardea las casas nicaragüenses recordándole a la población su participación en la emisión de estos bonos. Son más de 36 spot diarios. Montealegre, además, ha sido acusado y actualmente está a punto de iniciar un juicio que él cataloga de político y tras del cual, afirma, se encuentra la maquinaria del pacto amarrado en 1999 entre el ex presidente corrupto Arnoldo Alemán y el presidente Daniel Ortega. Los últimos capítulos de esa larga telenovela se desarrollarán en las próximas semanas, en el Plenario de la Asamblea Nacional, cuando los diputados voten por quitarle la inmunidad al político liberal, actual aliado del PLC de Alemán, para que así enfrente el juicio en su contra. Montealegre dice estar seguro que los diputados —él mismo es diputado por haber logrado el segundo lugar en las elecciones generales de 2006— no votarán en su contra. Muy confiado, tal vez, tomando en cuenta que los parlamentarios sandinistas y sus aliados cuentan con una buena proporción de votos, aunque no los suficientes para la desaforación.

—¿Qué piensa que va a pasar con el pegón de los Cenis? —le pregunto al candidato, que se asoma a un cauce atascado por la basura y que en este invierno inunda las casas de los habitantes del asentamiento.

—Todo el mundo sabe que eso es un juicio político. El día de hoy (por jueves) acabo de denunciar que el fiscal Armando Juárez fue el abogado defensor de Panchito Mayorga, obviamente hay conflicto de intereses —responde.

—¿No teme que al final lo destituyan y no pueda participar en las elecciones?

—No, no, no. Yo confío en que la Asamblea no me va a desaforar porque sabe que este juicio es político.

“Mirá qué flaco está”, dice una mujer al ver a Montealegre acomodarse los pantalones, que efectivamente se le ven holgados. La mujer lo mira con cara de enamorada, de ésas que ponen las adolescentes al ver de cerca a la estrella de moda. El político avanza rápido por estas calles lodosas, estrechas, de difícil tránsito para los vehículos que acompañan la caravana. El candidato se detiene en una tortillería. Habla con la señora que esta tarde trabaja en el fogón, ubicado al lado de una calle pedregosa y con charcos y barro; le pregunta cómo va la venta, cuántas tortillas vende al día. Le dice que si él gana la Alcaldía estos fogones de leña se acaban, que él introducirá “cocinas más ecológicas”. La mujer lo escucha y se anima: lo invita a echar tortillas. La mesa se ha convertido en el centro de atención del barrio. Los vecinos hacen rueda, bulla, incitan a Montealegre a palmear la masa. El político sabe que es su momento. El momento perfecto para atraer la cámara. Humedece sus manos, toma la bola de masa que le entrega la tortillera y la pone en el plástico circular. Palmea, palmea, con los movimientos equívocos del primerizo.

Se escuchan carcajadas, silbidos, y alguien que grita “¡esa tortilla no sirve!” Montealegre retira del plástico la primera tortilla que posiblemente ha palmeado en toda su vida de empresario, banquero, político y funcionario público. La echa en la lata del fogón y con un cucharón le da vueltas, mientras la masa cruje por el fuego. La tortilla está lista y la tortillera la saca y se la entrega al político con una cuajada redonda. Montealegre enrolla la tortilla y le da un mordisco. Saluda a la mujer y sigue su camino. Uno de sus asistentes le pasa una botella con agua.

—¿Qué tal la experiencia de echar tortillas?

—Quedó perfecta, ¿no? —contesta entre risas.

Eduardo Montealegre dice que la Alcaldía de Managua es suya. Que está listo para gobernar una ciudad que parece ingobernable, con barrios que crecen violando cualquier planificación urbana, con calles desordenadas, sin andenes, hechas para un tráfico espantoso (se calcula que más de 250 mil vehículos circulan diariamente en la ciudad). Una ciudad contaminada, cuyo retrato principal son las montañas de basura que se acumulan donde la gente quiere, producto de la pereza, la falta de educación y la ineficiencia del servicio de recolección (la capital produce diario 1,200 toneladas de basura). Managua es una pesadilla urbana, con casi dos millones de habitantes que reclaman todo tipo de necesidades: calles pavimentadas, techos para las casas, tener una casa (en la capital hay un faltante de más de 66 mil viviendas, principalmente en los distritos V y VI, los más grandes), títulos de propiedad, servicio de agua potable y de alcantarillado, alumbrado público, seguridad, parques, centros deportivos. Y además fuentes de empleo para una ciudad que crece producto de la migración campesina.

Y Montealegre promete, consciente de que la pesadilla no se convierte en plácido sueño en cuatro años, como lo han demostrado las administraciones anteriores. Montealegre promete contenedores para la basura en los barrios. Promete cerrar La Chureca, ese basurero demencial que ya está al tope, y construir en ella viviendas económicas. Promete pavimentar calles. Promete mejorar el servicio de alcantarillado. Promete centros deportivos en los barrios, con gimnasios, canchas de futbol, de beisbol, de baloncesto; con parques y alumbrados.

Pero los números aún no le cuadran al candidato liberal. Una encuesta difundida el domingo pasado por M&R Consultores le da apenas un seis por ciento de ventaja frente a su principal oponente, Alexis Argüello, del FSLN. Según la encuesta el 30.5 por ciento de los encuestados por M&R piensan votar por Montealegre y 33.7 le gustaría que ganara, mientras otro 26.1 optó por Argüello.

En las elecciones presidenciales de 2006, Montealegre obtuvo un 28.30 por ciento del total de votos, es decir 693,391 votos, logrando el segundo lugar tras el FSLN, según datos del Consejo Supremo Electoral.

—¿Cree que gana la Alcaldía?

—Estoy seguro que sí —responde

—¿A pesar del empate?

—No hay empate técnico, todavía los independientes no han votado, no han decidido.

—¿Pero no cree que eso lo que muestran las encuestas es poco considerando que obtuvo el segundo lugar en las elecciones generales?

—Es que ahorita tenés que ver que el FSLN, con ese 29 por ciento, está ocho puntos debajo de lo que sacó Ortega en las elecciones presidenciales y yo estoy exactamente donde estaba. Los independientes tienen que decidir —afirma.

La caravana avanza con sus gritos y su música por el asentamiento. Se detiene en una casa de madera y láminas de zinc, en cuya puerta está una mujer morena, regordeta, con cara de amargura. Montealegre se acerca y saluda. La mujer lo bombardea.

—¡Usted tiene que pagar los Cenis! —le dispara.

—¿Y usted cree que yo me los robé? —responde un Montealegre preparado para este tipo de exigencias.

—A mí no me consta, pero usted lo puede probar perfectamente para que se limpie su nombre si no es cierto. Así de sencillo, el que no las debe no las teme.

—Exactamente —responde el político.

—¿Qué pasa? —tercia la ronca voz de Quiñónez, quien se acerca a saludar a la mujer.

—Dice que pague los Cenis —contesta Montealegre.

—Yo siempre he dicho, amorcito, que todo el mundo tiene que hacer. El primero es el Presidente, que tuvo una acusación por violación y no se quitó la inmunidad —dice Quiñónez, con tono zalamero.

—Ah, no, eso a mí no me consta. Como no me consta lo de él. Por eso que lo pruebe —dice la mujer señalando con su boca a Montealegre.

—Por eso vamos a luchar por Managua —le dice Quiñónez.

—Claro que sí, ¡y en la dos! —le responde la mujer, mencionando la casilla electoral del FSLN.

—No, nosotros vamos en la uno —grita Montealegre.

Y la respuesta es una música de gritos que dicen: “¡Daniel, Daniel, Daniel!” El coro se repite en voces jóvenes, de chavalos y chavalas que encaran a los candidatos liberales, mientras la caravana avanza por las calles lodosas del asentamiento, con su música que pide el triunfo de la fórmula liberal.

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