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Wall*E
Tan pocas palabras hicieron una gran película
Moisés Martínez
revista@laprensa.com.ni
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El éxito de las películas de los estudios Pixar es porque sortean hábilmente la peligrosa cuerda floja, que es crear productos infantiles con un contenido lo suficientemente interesante para entretener al adulto que paga las entradas. Han creado verdaderas obras maestras, como Buscando a Nemo. También han tenido sus desaciertos, como la muy larga y pesada Cars. La fórmula Pixar, mas allá de las innovaciones tecnológicas, es la que más se ha acercado en lograr ese difícil equilibrio. Con Wall*E, dieron un paso más en lograr la perfección y lo mas satisfactorio fue que lo hicieron tomando un gran riesgo. En el futuro lejano de Wall*E, todo es silencio y quietud. Sólo el ir y venir de un pequeño robot con unos grandes ojos (o pantallas si lo prefiere) que le dan una expresión para conmover hasta al más duro, cuyo día transcurre compactando la basura que inunda al planeta Tierra.

Es el último de su clase, pero es especial. Su rutina se rompe por los aprietos en los que se mete debido a su curiosidad. Una cucaracha es su única compañía. Hasta que conoce a Eva, una robot encargada de buscar cualquier cosa con vida en la Tierra. Wall*E le enseña sus tesoros. Basura para todos, cosas valiosas para él. Eva (luego de dispararle un par de veces) aprende a entenderlo y apreciarlo.

Ah, una pequeña salvedad. Todo esto ocurre con ambos robots cruzando lo más cuatro palabras. Así es señores. Olvídense de los diálogos rápidos, cargados de chistes tontos, y las persecuciones ruidosas, con muchos gritos incluidos, que saturan la mayoría de cintas para niños. Wall*E es prácticamente una película muda. Expresiones cortas y básicas de personajes secundarios son los otros aportes que se escuchan en el filme. Con esfuerzo suman 30 minutos, y la película dura dos horas que ni se sienten.

La película poco a poco va cayendo en los convencionalismos comerciales. Yo hubiese preferido otro final para Wall*E, pero honestamente creo que estoy exagerando. Una cinta como ésta no puede tener otro tipo de epílogo que no sea el consabido final feliz. Wall*E es demasiado simpático para continuar solo. Los niños no lo perdonarían y esta cinta es para ellos. Los adultos por su parte, tendrán la satisfacción de ver cómo tantos ojos pequeños, junto a los propios, disfrutan cada movimiento, ocurrencia y desventura de este pequeño robot que no necesita decir más que su nombre (y el de su amiga) para entretener a todos por igual. No se la pierda.

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