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La violencia inaudita
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LA PRENSA publicó el sábado 23 de febrero corriente, en la sección de Sucesos, la impactante información acerca de una muchacha de 17 años de edad, quien fue macheteada por su compañero de vida marital, el 14 de febrero, precisamente cuando se celebraba en Nicaragua y en muchas partes del mundo el Día del Amor y la Amistad.

A la joven mujer su agresor le cercenó la mano izquierda y tres dedos de la derecha; además le propinó cinco machetazos en la cabeza, uno de los cuales le cortó la oreja izquierda y la dejó incapacitada para oír. La muchacha tampoco puede hablar como consecuencia del trauma psicológico que le causó la agresión del salvaje individuo. Este sangriento hecho de sangre —uno más de los incontables crímenes de este tipo que se cometen en el país—, ocurrió en una lejana comunidad rural conocida como Guayabo Cooperan, a unos 70 kilómetros de Siuna, en la Región Autónoma del Atlántico Norte (RAAN). Pero el impacto de la terrible agresión criminal y el repudio que provoca, es igual que si hubiese ocurrido en Managua o cualquier otro lugar del territorio nacional.

Casi al mismo tiempo que LA PRENSA informó sobre la inaudita agresión que sufrió la joven mencionada, de parte de su propio compañero de vida, la jefa de la Policía Nacional informaba a los periodistas que han aumentado las denuncias de violencia intrafamiliar y de género, como se le llama a los delitos de toda clase y magnitud que cometen unos cónyuges contra otros, o padres contra sus hijos y viceversa, o entre parientes sanguíneos y políticos de diverso tipo. Según la funcionaria, casi la mitad (cuarenta por ciento) de las denuncias que recibe la Policía tiene que ver con la llamada violencia intrafamiliar y de género. Pero esto no significa necesariamente que la violencia intrafamiliar haya aumentado, aclaró la jefa policial, pues el incremento de las denuncias posiblemente se debe a las campañas permanentes como la denominada Rompe el Silencio, que motiva a las mujeres víctimas de violencia conyugal a denunciar a sus agresores ante las autoridades correspondientes, como una forma de combatir esa modalidad particularmente cruel, cobarde y despreciable de violencia y criminalidad.

Por otro lado, pero en el mismo contexto, en nuestra edición de ayer informamos que el Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh) dio a conocer que el año pasado “52 mujeres fueron privadas de la vida en el entorno familiar”. Y precisa el Cenidh que 43 de esas mujeres fueron asesinadas por sus cónyuges. Esta cifra es casi igual a la de mujeres asesinadas en años anteriores, pues según el estudio denominado Situación y Análisis del Feminicidio en Centroamérica, que realizaron conjuntamente el Instituto Interamericano de Derechos Humanos y el Consejo Centroamericano de Ombudsperson, entre los años 2000 y 2005 en Nicaragua fueron asesinadas 269 mujeres, o sea un promedio de más o menos 54 mujeres cada año. El estudio precisó que la cantidad de hombres asesinados es mucho mayor que la de mujeres, sin embargo, los homicidios femeninos son más dramáticos y cobardes, primero porque la mujer por lo general tiene menos fortaleza física que el hombre; segundo porque los hombres tienen la obligación social, familiar, personal, legal y moral, de proteger a las mujeres; y tercero, porque en muchos casos, cuando las mujeres son víctimas de homicidios “previo a ser asesinadas sufren torturas, estrangulamientos y violaciones sexuales”.

En todo caso, la violencia intrafamiliar y la criminalidad de género es una vergüenza nacional que debería motivar a la realización de esfuerzos sociales más intensos e integrales, en búsqueda de erradicarla, o por lo menos de reducirla al mínimo. La violencia intrafamiliar y la criminalidad de género son una lacra social que tiene profundas raíces culturales. Por lo tanto su enfrentamiento y la búsqueda de soluciones se vincula a otras medidas económicas, sociales y educativas, o más bien reeducativas, en las que las instituciones gubernamentales y las organizaciones sociales que se interesan y trabajan en el problema, deben ser apoyadas por toda la sociedad.

Y en el cumplimiento de esta impostergable tarea los medios de comunicación pueden y deben desempeñar una función de primordial importancia. Es cuestión de coordinarse y de poner manos a la obra.

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