La elevada tasa de inflación que experimentó Nicaragua en el 2007 ha dado lugar a una saludable discusión informal con relación a sus causas y a sus posibles soluciones. Hay quienes señalan, por un lado, que se trata fundamentalmente de una inflación por el lado de los costos: el aumento del precio del petróleo y de los alimentos —por los efectos de las excesivas lluvias—, y los ajustes en el salario mínimo que decretó el Gobierno en el 2007, son las causas del mayor nivel de precios. Otros por su parte enfatizan no el lado de los costos, sino el lado de la demanda: la cooperación venezolana —de muy difícil evaluación por su falta de transparencia— ha inyectado liquidez lo que ha contribuido a presiones inflacionarias. Se indica además que la tasa de crecimiento de la oferta de dinero se aceleró en el último semestre del 2007 y que la reducción del encaje legal contribuyó también a incrementar la oferta de dinero. El BCIE por su parte ha señalado que el deslizamiento del tipo de cambio del 5 por ciento anual es también un factor que contribuye a una mayor tasa de inflación.
Aunque aparentemente existe diversidad de opiniones, en realidad hay coincidencias básicas sobre las causas de la mayor tasa de inflación que ha experimentado Nicaragua. Nadie niega que el aumento del precio del petróleo haya jugado un papel significativo. Sin embargo ello no explica por qué los países del istmo centroamericano —también afectados por el mayor precio del petróleo— han tenido menores tasas de inflación que las de Nicaragua. También nadie niega que excesos de demanda puedan contribuir a las mayores presiones inflacionarias, aunque no está demostrado que el Banco Central esté comenzando a usar de manera inadecuada “la maquinita de imprimir billetes” para inyectar mayor liquidez a la economía, ni es posible evaluar el papel que ha tenido la cooperación venezolana, por la falta de transparencia en el uso de la misma. También hay coincidencia de que no es la presión salarial la causa de la inflación, ya que los salarios reales disminuyeron significativamente en el 2007.
En realidad existe una opinión bastante generalizada, de que como decía Milton Friedman: la inflación es en todo tiempo y lugar un fenómeno monetario. Si bien un aumento en el precio del petróleo puede provocar —y ya ha provocado— un aumento en el nivel de precios por presión de costos, no puede generar un proceso inflacionario continuo a menos que se utilice la maquinita de imprimir billetes para tratar de evitar el efecto contractivo del “shock externo”. Con la experiencia de la hiperinflación de los ochenta es muy difícil —y sería una enorme irresponsabilidad—, que el Banco Central comience a adoptar una política monetaria acomodaticia. Tampoco es aconsejable en el contexto actual utilizar políticas fiscales expansivas. La realidad es que Nicaragua con una economía pequeña altamente abierta no dispone del arsenal de la política monetaria y fiscal que recientemente está utilizando Estados Unidos para hacerle frente a la desaceleración y eventual recesión. Lo único que cabe en las circunstancias actuales es una política monetaria y fiscal prudente para no atizar el fuego de la inflación. Parte de esa política debería incluir el uso transparente de la ayuda venezolana.
Con relación al deslizamiento aunque existe divergencia de opiniones sobre este tema, es un hecho que la devaluación nominal anual del 5 por ciento de Nicaragua contribuye —sin ser causa única—, a una mayor tasa de inflación. En Nicaragua la mayor parte de los precios en córdobas se ajusta como mínimo a la tasa de deslizamiento, con la excepción de los salarios o precios de la fuerza de trabajo. El deslizamiento del 5 por ciento contribuye fácilmente a un 4 ó 5 por ciento de mayor tasa de inflación. El llamado “efecto traslación” de la devaluación del córdoba a los precios de los bienes y servicios, es casi total.
Para disminuir la inflación sería positivo terminar con el deslizamiento, política que ya fracasó como instrumento para hacer más rentable las exportaciones. Nicaragua padece de la llamada “enfermedad holandesa” o sobrevaluación cambiaria —que hace más rentable importar que exportar—, y ninguna alternativa de política cambiaria puede introducir artificialmente mayor competitividad a las exportaciones. El terminar con el deslizamiento —-y preferiblemente pasar a una dolarización oficial— contribuiría a disminuir la tasa de inflación, lo que naturalmente debe de ir acompañado de políticas macroeconómicas sanas. Alternativas como tipos de cambio flotantes o una banda de flotación —donde el tipo de cambio oscila dentro de un techo y un piso— a como ha sugerido el FMI, no presentan mayores ventajas para Nicaragua.