Por Carlos Salinas Maldonado
El periodista Miguel Ángel Bastenier cree que el verdadero cambio en Cuba se comenzará a sentir cuando Fidel Castro muera. Mientras tanto, afirma, el líder cubano disfrutará desde su retiro, pilotando a control “semi romoto” los destinos de la isla que ha gobernado y moldeado a gusto y antojo desde hace cinco décadas.
Fidel se queda tras bambalinas, dice Bastenier. Algo así como un viejo director teatral atento a controlar todos lo movimientos que su subordinados hagan, para evitar que la obra que él creó, su sueño de revolución, su sueño de sistema, se venga abajo por errores tácticos. Y “de que el castrismo no desaparezca de la noche a la mañana”, según Bastenier.
Y mientras él viva, parece que nada se moverá en la isla sin el aval del viejo líder, por mucho que los cubanos, la nueva generación de la isla, lo reclamen. Eso es lo que sucedió hace unas semanas, cuando un chavalo desgarbado de nombre Eliécer Ávila (22 años) se plantó frente a Ricardo Alarcón, presidente de la Asamblea Nacional del Poder Popular de Cuba y “número tres del régimen”. Ese día, en la Universidad de Ciencias Informáticas de Cuba (UCI), el joven exigió un cambio en el sistema de prohibiciones que ahoga a los cubanos.
“A mi padre, mi familia —dijo el joven— se le cayeron los dientes detrás de un arado esperando alcanzar sus sueños pero todavía hoy no saben si lograrán verlos.” Y agregó que él también tiene un sueño: viajar a Bolivia, conocer “el lugar donde cayó el Che”; pero no puede porque “los cubanos no cuentan con la posibilidad viable de ir a hoteles o viajar a determinados lugares del mundo”.
Alarcón le miraba, impávido, recostado en su silla, con una tosca sonrisa dibujada en su rostro. Su respuesta fue brutal:
“Si todo el mundo, los 6,000 millones de habitantes pudieran viajar donde quisieran, la trabazón que habría en los aires del planeta sería enorme ¿no es así? Los que viajan realmente son una minoría. ¿Cuál es la diferencia? Eso es lo que hay que discutir y ponernos de acuerdo. Hay quien puede pagar el hotel. No ha hecho nada, no tiene mérito, no aporta nada pero tiene el dinero como lo tiene el extranjero.”
¿Podrá cumplir el joven Eliécer sus sueños de conocer el lugar donde cayó el Che? ¿Podrán los ansiosos cubanos disfrutar de apertura y mejoras económicas? Bastenier dice que de momento eso no se dará. Raúl Castro, hermano de Fidel y ahora casi ungido como sucesor en la silla del viejo líder, tendrá que “dar muchos pasos” para lograr un cambio real en Cuba; pero, dice el periodista, es evidente que no los quiere —o no puede— dar.
Bastenier, sin embargo, calcula que con Raúl al mando de la vieja máquina, puede haber en la isla “algún deshielo económico”, posiblemente apertura hacia empresas estadounidenses ansiosas de comerciar con la isla. Advierte, sin embargo, que será una apertura al estilo China, un “comunismo de mercado”.
Fumador de olimpiada (él mismo ha confesado que llegó a fumar 60 cigarrillos diarios), a Bastenier los que lo conocen lo tildan de malhumorado. Una periodista escribió de él que es “malgeniado, erudito, elocuente, combativo, sólido e irónico”. “Pertenece —continúa la periodista— a esa extraña raza de seres humanos que te dice las más crueles verdades, de frente y sin ofenderte y con tanta honestidad y desparpajo, con sus ojillos de duende loco y sus manotazos de locutor deportivo, que no te queda más alternativa que darle la razón con una sonrisa.”
“Bastenier tiene una cultura impresionante”, afirma por su parte el periodista Octavio Enríquez, que participó en las cátedras que el periodista español realiza con la Fundación Nuevo Periodismo en Cartagena, Colombia. “Bastenier maneja datos, cita libros de historia, novelas con una gran facilidad pero es ante todo un profundo conocedor del oficio. Alguien apasionado que revisa minuciosamente texto a texto, y que critica, algunas veces mordaz, los textos de sus alumnos.”
Bastenier es licenciado en Historia y Derecho de la Universidad de Barcelona, graduado en periodismo de la Escuela Oficial de Madrid y experto en temas de política internacional. Ha trabajado como subdirector de Relaciones Internacionales del diario El País, el más prestigioso de España, donde labora desde 1982. Habló con Domingo, a través de correo electrónico, y este es su análisis del futuro inmediato de Cuba, sin Fidel Castro a la cabeza del Gobierno.
¿Cómo conoció a Fidel? ¿Qué impresión le dio?
En 1994. Yo estaba en La Habana participando en un encuentro organizado por The Economist con toda la plana mayor del régimen cubano y era el único periodista presente de habla castellana. Conocí a Castro en la recepción con que se clausuró el seminario, en el Palacio de la Revolución. Y como yo había aprovechado para preguntar a todos los ministros lo habido y lo por haber, me recibió diciéndome: “¡Ah, así que tú eres el español que ha estado enredando todos estos días!”
Eran los últimos años en los que Fidel estaba todavía en forma; poco después comenzó el declive físico y puede que un poco también mental. El poder enloquece.
Me pareció gracioso, exuberante, con ingenio, una naturalidad en el trato que le hacía a uno sentirse cómodo, pero terriblemente desinformado de cómo era el mundo exterior; un Chávez ‘avant la lettre’ pero que estaba mucho mejor educado, y era todo un señor, aunque cultivara la campechanía y el trato de tú, probablemente como una fórmula de acercamiento incluso político a su interlocutor. Era, como se dice en inglés, ‘larger than life’, y disfrutaba oyéndose hablar a sí mismo casi siempre a voz en grito.
¿Dónde estaba usted y qué sintió al conocer la renuncia de Fidel Castro?
Estaba en casa, lo vi en un digital de madrugada. Pero no sentí nada porque ya se sabía que iba a ocurrir. Y piensa que, de momento al menos, no ha ocurrido nada, puesto que sólo se ha oficializado algo que ya llevaba más de un año siendo una realidad: que Fidel no está en condiciones de gobernar directamente y se queda entre bambalinas para pilotar seguramente por control semi-remoto los asuntos de Estado, aunque su hermano (o quien sea) asuma la Presidencia. La verdadera transición no creo que comience hasta que Castro desaparezca de manera física.
¿En qué se diferencia el Fidel de esta renuncia al que históricamente usted conoció?
Físicamente está muy acabado; el “shock” que sufrió a primeros de los 90 con la desaparición de la URSS fue un golpe del que sicológicamente no (ni nadie, en su lugar) se ha repuesto. Es como si de un día para otro o casi, el mundo se pusiera cabeza abajo. El ingenio ha desaparecido con la enfermedad.
¿Existe en Cuba un proceso de “desfidelización” desde que Raúl Castro asumió el poder?
No. Pero es posible que muy cautamente comience ahora. Ese podría ser el verdadero cambio de esta transición hacia la transición que sólo supondrá su muerte física.
Existen opiniones encontradas sobre la renuncia de Fidel: unos lo miran como el retiro oportuno de un gigante de la política; otros lo satanizan. ¿Qué dimensión histórica tiene la figura de Fidel, según su opinión?
Puso fin a la tiranía obscena de Washington sobre los asuntos cubanos le devolvió a su pueblo un orgullo del que ya casi se había olvidado. El precio, sin embargo, ha sido excesivo. Otra tiranía, aunque con un sentido social que no tenía la de Estados Unidos se ha abatido durante el último medio siglo sobre Cuba. Pero ha sido un gigante.
¿Qué significa esta renuncia?
Una tentativa de pilotar sus propias honras fúnebres (políticas) y de que el castrismo no desaparezca de la noche a la mañana.
¿Esta renuncia permitiría un levantamiento del bloqueo por parte de Estados Unidoshacia la isla?
De momento está claro que no. Raúl tendrá que dar muchos pasos, que es evidente que no quiere o no puede dar, para que eso ocurra.
Puede haber algún deshielo económico, porque hay fuertes sectores en Washington (alimentos y medicinas) que piden que se les deje comerciar libremente con la isla. Pero eso no necesariamente ha de tener un correlato político. Será una apertura a la China, pero Cuba tiene 11 millones de habitantes en lugar de 1,300 y está a 90 millas de Miami en lugar de a 9,000. Carece de peso, no tiene nada que darle a Washington a cambio.
¿La Cuba que se perfilaría con Raúl asumiendo plenamente el poder, seguiría entonces los planes de China o hacia dónde apunta?
China. Eso que tan graciosamente llaman ‘el comunismo de mercado’.
¿Cómo se ve desde Europa, que ha tenido diferencias con Cuba (el caso de presos políticos) esta nueva decisión de Fidel?
Bien, porque presupone la antesala del final. De todas formas, hay un factor nuevo en la correlación de fuerzas latinoamericana que se llama Chávez. Con sus subsidios Caracas puede hacer que la transición que dirija Raúl sea indefinidamente larga, y eso le da al castrismo unas posibilidades de negociación con el exilio, tanto interior como exterior, de mucho mayor alcance.