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Moisés Martínez
La historia anticonvencional de una persecución
revista@laprensa.com.ni
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Definitivamente esta no es una película para todos los gustos. La lentitud con la que es narrada y el sorpresivo, pero insípido final que tiene, pueden dejar a más de uno preguntándose ¿Ideay, qué jodido pasó en la película?

Sin embargo, es un interesante ejercicio cinematográfico verla. El inicio es bastante tramposo. El parco veterano de la guerra en Vietnam, Llewelyn Moss, (Josh Brolin), cazando antílopes en las cercanías del Río Grande, se topa con los cadáveres de unos mexicanos acribillados, una camioneta llena de heroína y un maletín con dos millones de dólares. Para cualquiera con un poco de conciencia es claro que este dinero es maldito y que llevárselo sólo traerá problemas. Sin embargo, Moss sucumbe a la ambición, desatándose una violenta cacería en su contra.

Con dicho preámbulo se podría pensar que se está a punto de presenciar una persecución de grandes emociones, como las que se vieron en filmes como El Fugitivo o Identidad Desconocida. Todo lo contrario.

La película entra en una densa etapa de construcción de personajes que apenas interactúan algunos minutos en todo el filme, pero que de una u otra manera están vinculados con el incidente central de la historia.

Incluso la misma persecución contra Moss se convierte en apenas un elemento de desarrollo de la historia en sí. Es violenta y gráfica, pero no es la prioridad de los directores, los hermanos Coen (Joel y Ethan). Ellos prefieren construir al mundo en el cual se desarrolla la historia, el mundo del desierto fronterizo mexicano-estadounidense, con sus luces y sombras, la ausencia total de una banda sonora para ambientar la película, sólo el sonido natural de los elementos. Como es la vida misma.

Los personajes son seres que viven su existencia sin esperar nada a cambio. Sólo hacen lo que tienen que hacer. Empezando con un cansado sheriff (Tommy Lee Jones) que ya no se sorprende con nada, hasta la sumisa esposa de Moss, cuya calma y paciencia ante todos los hechos se mantienen y sólo deja desbordar sus emociones hasta que las cosas llegan al extremo trágico.

Pero entre todos, destaca Anton Chigurh (Javier Bardem), el sicario con el corte de pelo más feo que podrá ver. Bardem reinventa al asesino sádico y despiadado. Desde la forma en que acaba a sus víctimas hasta los mismos diálogos que sostiene con estas antes de despacharlas. Si la monstruosidad merece un Oscar, ese es para Bardem.

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