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¿Piensan los jóvenes?
Roberto Rosales
El autor es ingeniero mecánico
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Esta pregunta me la hago y tal vez de entrada es lapidaria, pero, seguro que muchos que conviven a diario con jóvenes se hacen la misma interrogante, especialmente aquellos que están involucrados en el mundo universitario. La impresión es que, una parte y me atrevería a decir que una buena parte, han renunciado a pensar por su cuenta y riesgo. Ante esta realidad hemos de plantearnos el gran reto, o mejor el ideal de todos los que nos dedicamos a la enseñanza, es como invitarlos a pensar, a tener pensamientos propios. No sólo invitarlos sino impulsarlos, como dice el filósofo Ludwig Wittgenstein en el prólogo de sus Philosophical Investigations: “No querría con mi libro ahorrarles a otros el pensar, sino, si fuera posible, estimularles a tener pensamientos propios”.

La experiencia nos muestra que una parte de los jóvenes no desea tener pensamientos propios, porque están persuadidos de que eso genera problemas. Los jóvenes no quieren pensar porque el pensamiento —por ejemplo, sobre las graves injusticias que atraviesa nuestra cultura— exige siempre una respuesta personal, un compromiso que sólo en contadas ocasiones están dispuestos a asumir. Una persona que asume compromisos tiene un estilo de vida propio y se caracteriza por ello. La otra opción es vivir al día, divertirse lo que uno pueda y ya está. Esto lleva a un estilo de vida superficial y efímero, que es enemigo de todo compromiso. Una generación que se refugia en la superficialidad por el temor al compromiso, es una llamada de atención.

Este estilo de vida superfluo tiene, por ejemplo, las siguientes manifestaciones: no piensan que su papel trasciende mucho más allá de lograr un título universitario, no les interesa la política, no leen los periódicos salvo la sección de deportes, las noticias de cine y sus artistas favoritos; no tienen una opinión propia sobre los temas de la vida, se dejan influenciar fácilmente por las propagandas o campañas publicitarias. Tarde o temprano experimentarán que su vida es insatisfactoria y que no llena sus aspiraciones. Aspiraciones que tal vez han girado hasta ese momento en buscar cómo divertirse. Probablemente no salgan del círculo vicioso, porque para salir de la insatisfacción hay que pensar y esto les llevará al compromiso.

Resulta muy peligroso —para cada uno y para la sociedad en general— que la gente joven en su conjunto haya renunciado a pensar. El que toda una generación no tenga apenas interés alguno en las cuestiones centrales del bien común, de la justicia, de la paz social, es muy alarmante. No pensar es realmente peligroso, porque al final son las modas y las corrientes de opinión difundidas por los medios de comunicación las que acaban moldeando el estilo de vida de toda una generación hasta sus menores detalles. Sabemos bien que si la libertad no se ejerce día a día, el camino del pensamiento acaba siendo invadido por la selva, la sinrazón de los poderosos y las tendencias dominantes en boga.

Pero, ¿qué podemos hacer? Los que trabajamos en el mundo universitario y de la educación sabemos bien que no puede obligarse a nadie a pensar, que nada ni nadie puede sustituir esa íntima actividad del espíritu humano que tiene tanto de aventura personal. Lo que sí podemos hacer siempre es empeñarnos en dar ejemplo, en estimular a nuestros muchachos a tener pensamientos propios. Podremos hacerlo a menudo a través de nuestra escucha paciente y, en algunos casos, invitándoles a escribir. No se trata de malgastar nuestra enseñanza lamentándonos de la situación de la juventud actual, sino que más bien hay que hacerse joven para llegar a comprenderles y poder establecer así un puente afectivo que les estimule a pensar. Este proceso ha de estimular en los muchachos el ejercicio de su libertad, que no es hacer lo que les de la gana, sino autodeterminarse hacia el bien. Entonces la tarea es más completa, ya no será sólo estimular a pensar, sino como dicen unas palabras que están sobre el dintel de la puerta de la biblioteca de la universidad de Uppsala: “Pensar libremente es bueno; pensar rectamente es mejor”.

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