Les guste o no les guste a algunos amigos de la izquierda, las elecciones para la Presidencia de los Estados Unidos se han convertido en el acontecimiento político mundial que todo el globo terráqueo sigue con mayor interés. La elección “per se” representa la elección de la Presidencia por excelencia. No tanto por el poder económico político o militar de esa nación. Pero más que todo por los valores democráticos que conlleva.
De los dos partidos en contienda, el Republicano es el que lleva las de perder, al no haber podido reponer la figura de su gran líder y admirable orador Ronald Reagan. Nadie en ese partido ha hecho un verdadero intento para restablecer la coalición que hizo posible su elección al ganar en Detroit la Convención Republicana y más tarde, en noviembre de 1980, la elección a la Casa Blanca y su sucesiva reelección.
De sus candidatos ninguno tiene una verdadera aureola nacional. John Syne McCain III. Senador por Arizona desde 1977 reemplazó al legendario Barry Goldwater. De intensos ojos azules y mirada de halcón. Es el único de los candidatos nacido en Centroamérica (nació en Coco Solo, antigua Zona del Canal de Panamá). Habla español y estuvo en los años ochenta visitando a la Resistencia Nicaragüense en Yamales. Graduado de Annápolis. Descendiente de padre y abuelo que fueron almirantes de la Armada. Héroe de Vietnam (fue torturado por tropas norvietnamitas y guardó prisión durante cinco años). Ha participado anteriormente como candidato a la Presidencia. Representa el alto capital norteamericano y es visto como el sucesor de la política del presidente Bush, por su incondicional apoyo a la guerra en Irak y a Israel. Teniendo como lastre su carácter explosivo, a pesar de su apoyo a los derechos a los homosexuales y al trabajo ilegal de los emigrantes.
Mike Huckabee, pastor bautista, ex presidente de la Convención de su Iglesia en el Sur. Ex gobernador de Arkansas por más de 10 años. Ejemplo nato de la baja clase media, hijo de un bombero y de una oficinista, locutor de radio. Carga en su contra: provenir de un Estado pequeño, Arkansas, un poco mayor que Nicaragua: 137,000 kilómetros cuadrados y con una población menor que la nuestra: 2,673,000 habitantes, en donde la tradición demócrata y el ser la cuna de Bill Clinton son factores que pesan.
Ambos están en contra de tendencias que al norteamericano común no le simpatiza: el desgaste político de dos continuas administraciones republicanas. La mala situación de la economía y la guerra en Irak .
En el campo demócrata: los dos candidatos de ese partido, Hillary Clinton y Barack Obama, son el futuro no sólo de esa nación sino también del mundo democrático. Cualquiera de los dos que gane la nominación en agosto en Denver se puede convertir o en la primera mujer presidenta o en el primer afroamericano en serlo.
Pero si Hillary es la experiencia y la ambición de poder, además de tener a sus espaldas la más fina y aceitada maquinaria política, Obama, un novato senador de Illinois (4 de enero del 2005), ex catedrático universitario de la Universidad de Chicago, constituye un verdadero intento de cambio en la manera de hacer política en los Estados Unidos. En su libro La Audacia de la Esperanza reclama una política diferente, una política para quienes están cansados del agrio partidismo, una política que se base en la fe, la participación de todos y la nobleza del espíritu que es parte esencial de “nuestro improbable proyecto de democracia”.
Contando con una oratoria que cautiva, una mezcla a lo John F. Kennedy y un eco nostálgico a la manera de Martin Luther King Jr. en su famoso discurso “Yo tengo un sueño”, Obama está movilizando a la gente joven al voto independiente y tiene cautivado a lo exterior al continente africano, que lo consideran como propio, según CNN.
Él es la futura nación, la verdadera reconciliación, el rompimiento con el establishment, con la mentalidad WASP: blancos, anglosajones, protestantes. El cumplimiento de lo preceptuado en la Declaración de Independencia: “Que todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienable; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad”.
Su mismo nombre lo dice: Barack. ¡Todo un desafío a los valores tradicionales!