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17.02.08
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Noticias >> Religión y Fe
La cruz y la alegría infinita
J. Dávila y Castellón
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“En realidad, la única alegría que llena el corazón humano es la que procede de Dios: tenemos necesidad, de hecho, de la alegría infinita. Ni las preocupaciones cotidianas, ni las dificultades de la vida, logran apagar la alegría que nace de la amistad con Dios”.

(Benedicto XVI)

Tener una meta en la vida ayuda avanzar más rápido y con mayor entusiasmo, más todavía si esta está relacionada con la felicidad infinita del encuentro amoroso con Dios en el Cielo. Por eso San Pablo nos habla de la lucha, del gran combate de la fe que hemos de librar con tal de alcanzar la corona de la Gloria que no se marchita, comparando también la vida del cristiano a una carrera en un estadio, donde el primero que llega recibe la palma de la victoria.

“Uno necesita un estímulo, un mejor sueldo y mejores condiciones para trabajar con más ganas”, se quejaba un obrero de una fábrica. Jesucristo ofrece a sus servidores no sólo trabajo y cruz, sino también la promesa de la vida eterna como premio a su fidelidad, además de otras magníficas “utilidades” y “prestaciones” de las que podrán gozar ya en esta vida.

La Transfiguración constituye tan sólo una pequeña muestra, de la felicidad infinita del Cielo para los Apóstoles de Cristo, quienes todavía no asimilan todo el sentido de su Cruz ni de la cruz que ellos tienen que cargar por amor y seguimiento a Él Jesús, con la Transfiguración está diciendo también a nosotros: “Sí, seguirme a Mí es duro, pero vale la pena, pues la recompensa es eterna y la alegría infinita”.

La vida del cristiano, es un “subibaja” un intermitente subir y bajar. Jesús nos manda a bajar a la tierra, para compartir las dificultades y problemas de nuestros hermanos, para hacer algo porque la realidad cambie para el bien, pero no a que dejemos definitivamente de subir a nuestro “Tabor”… Siempre debemos de orar, la oración nos dará fuerza e inspiración para dar de comer al hambriento y vestir al desnudo, liberar al oprimido y luchar por la justicia con el mismo amor de Cristo.

Decía un sacerdote: “Yo siempre que predico hablo del Cielo”. Si no tuviéramos esta esperanza seríamos los más desdichados de los hombres. La oración nos transfigura, nos transforma, nos empuja a la acción apostólica.

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