LONDON. - Son alcohólicos, consumen drogas, sufren el síndrome de estrés post-traumático, lloran a solas y no pueden confesar a sus jefes que padecen depresiones por temor a que sus carreras profesionales sufran la consecuencias de la cultura del macho que impera entre los corresponsales de guerra.
Brian Kelly, cámara de la televisión pública canadiense CBC, es uno de los participantes del Foro Canadiense de Periodismo sobre Violencia y Trauma que terminó en la noche del domingo en la Universidad Western Ontario.
En su vida profesional ha cubierto el conflicto de Irlanda del Norte, Palestina, la primera invasión israelí del Líbano, la invasión soviética y el presente conflicto de Afganistán, Bosnia, Irak y Sudán, entre otras guerras.
Ante una audiencia de estudiantes, periodistas y ejecutivos de medios de comunicación, Kelly empieza a leer una notas garabateadas en su libreta. Tras unos instantes se para y se confiesa.
"Anoche debería haber estado preparando esta presentación. Pero en vez de eso, me encerré en mi habitación y me puse a beber".
Kelly acaba de regresar de la localidad libanesa de Kfar Matta, donde en los años 1980 las milicias cristianas masacraron a 270 drusos civiles. Kelly estaba allí en 1983, trabajando para la cadena de televisión estadounidense ABC, cuando el 4 de septiembre un proyectil de artillería estalló cerca de donde se encontraba.
LÁGRIMAS REPRIMIDAS
El resultó ileso pero la metralla alcanzó en el pecho a Clark Tood, corresponsal de guerra de la televisión canadiense CTV. Kelly intentó buscar ayuda pero Todd murió desangrado.
Entre lágrimas reprimidas, Kelly muestra una de las fotos que tomó durante su recién viaje al Líbano. Una mujer drusa, rodeada de sus hijos. "Esta mujer era una niña cuando la matanza ocurrió. Esta es la misma habitación en la que se ocultó mientras los milicianos cristianos asesinaron a 18 personas de su familia".
Desde 1983, la muerte de Todd y la masacre de Kfar Matta han perseguido a Kelly. El trabajo incesante y el alcohol le mantuvieron a flote. Pero un día se rompió y desde hace cuatro años recibe tratamiento psicológico. Sufre el síndrome de estrés post-traumático.
El doctor Anthony Feinstein explica que el caso de Kelly es el habitual. Feinstein, que se ha especializado en estudiar a corresponsales de guerra, afirma que entre el 25 y el 28 por ciento de los periodistas de "primera línea" sufren el síndrome, una enfermedad que sólo padece un 5 por ciento de la población general.
"Los periodistas de guerra son un grupo muy interesante para estudiar. Durante años acuden una y otra vez a zonas de conflicto y sin embargo no han tenido ningún tipo de entrenamiento en violencia, como el que reciben los soldados".
"Lo increíble, es que los medios de comunicación envían a esta gente a las zonas de guerra y luego no esperan que haya consecuencias", añade Feinstein. Según Feinstein, una de las consecuencias más comunes es el alcoholismo.
PERIODISTAS NO BUSCAN AYUDA
El doctor añade que la situación se agrava porque la inmensa mayoría de periodistas no buscan ayuda y por la existencia de una cultura de silencio y de macho en la profesión.
En 1999, Ian Stewart era el jefe para frica Occidental de la agencia de noticias AP. El 10 de enero de ese año, Stewart viajaba a través de la capital de Sierra Leona, Freetown, junto con Miles Tierney, productor de AP TV, y el fotógrafo de AP David Guttenfelder.
Su vehículo fue emboscado por rebeldes y tiroteado. Tierney, de 34 años de edad, murió de forma instantánea. Stewart, de 32 años, recibió un disparo en la cabeza y sobrevivió con graves heridas.
Hoy, tras años de operaciones y rehabilitación, Stewart puede andar y hablar, el lado izquierdo de su cuerpo está semiparalizado. Pero sigue sufriendo el síndrome de estrés post-traumático.
Feinstein señala que la mayoría de los periodistas que exhiben señales del síndrome son los que han presenciado la muerte de un colega, como en el caso de Kelly y Stewart.
Según Stewart, "el incidente de Freetown fue un catalizador en AP. Desde entonces, es obligatorio en AP que a los periodistas que son enviados a zonas de guerra se les proporcione equipos (como chalecos antibalas o cascos) y entrenamiento de combate".
"También es obligatorio -señala a Efe- que aquellos periodistas que han sufrido un acto violento en una zona de guerra reciban tratamiento psicológico proporcionado por la empresa".
Stewart denuncia "la explotación descarada de periodistas locales" que son los que más se arriesgan para proporcionar las noticias. Stewart lo compara a la explotación en los años 1990 por parte de Nike de mano de obra de países en desarrollo.
Y a pesar de las mejoras, Stewart también reconoce que, en la mayoría de las redacciones, si un periodista se niega a acudir a una zona de guerra, su futuro profesional está condenado.
"No te despiden, pero sabes que te vas a quedar en la misma posición durante mucho tiempo", afirma.