Si bien los venezolanos han manifestado claramente su rechazo, el comandante Hugo Chávez no ceja en su propósito de conducir a Venezuela, sea como sea, hacia su paradisíaco socialismo del siglo XXI.
Hugo Chávez creyó que el pueblo venezolano le iba a servir como cómodo cojín de plumas para hacer realidad sus afiebrados sueños, y que de este modo podría presentarse ante la comunidad internacional como la voz profética del destino de la nación.
Se equivocó Hugo Chávez, pero el pretendido mesías continúa impertérrito su camino para cumplir la misión que le encomendó el tirano moribundo en la sagrada isla de Cuba.
Chávez ha ido incluso más lejos. A pesar de la derrota electoral en el referendo del 2 de diciembre del año pasado sobre la reforma constitucional, ha acrecentado sus afanes. No se propone ahora obligar solamente a los venezolanos a que acepten la sociedad paradisíaca que él se imagina, sino que pretende que todos los pueblos de Hispanoamérica ingresen en su futuro imperio.
El proyecto de la unidad política de los pueblos de nuestro subcontinente latinoamericano no es una idea descabellada, porque ellos constituyen realmente, en aspectos fundamentales, una comunidad de vida. Precisamente por eso los libertadores de América cobijaron la idea de unir a los pueblos en una gran confederación. Y teniendo en cuenta las transformaciones verdaderamente revolucionarias de las sociedades contemporáneas en el campo de la ciencia empírica y de la técnica que ha impulsado a los pueblos de otros continentes, Europa, por ejemplo, a acogerse bajo instituciones comunes, es sin duda razonable trabajar por un futuro solidario de los pueblos de nuestra América, en el marco de instituciones democráticas y del Estado de Derecho, que garanticen la dignidad de la persona humana y el libre desarrollo de la sociedad civil.
Empero, el proyecto imperial de Chávez se asienta sobre fundamentos totalmente diferentes. Para él la unidad de América ha de ser impuesta, por la violencia si es necesario, y la meta es la creación de una gigantesca federación de pueblos comunistas que obedezca ciegamente a la voz infalible de un amo todopoderoso y sempiterno. Esta es la razón de su afinidad con agrupaciones terroristas como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), con los sanguinarios campesinos de Achacachi de Bolivia —que apuntalan el indigenismo racista del mestizo Evo Morales—, o con los terroristas Montoneros y del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), hoy injertos en el poder en la Argentina.
Es decir, la idea que se cuece en el caletre enfermizo de este megalómano es la de una sociedad totalitaria, intolerante y belicosa en grado extremo.
Tal bosquejo desembocará tarde o temprano en graves contiendas que ahogarán el futuro de nuestros pueblos en un mar de sangre.
Lo triste es que este desequilibrado magnate del petróleo venezolano encuentre por todas partes peones dóciles, que cuando Chávez dice “santo”, se atragantan en responder “y seña”. Se me ocurre ahora el nombre del señor Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, que acaba de consentir, al margen de la Constitución y del Congreso, la creación de un ejército internacional bolivariano. No es el único, pero uno de sus más fieles e incondicionales.