Si la elevación del nivel del mar obligara a evacuar la Casa Blanca en Washington, puedo asegurarles que sería muy diferente la actitud del mundo ante el recalentamiento del clima. Eso fue lo que pasó hace poco con uno de los edificios de la sede de la Presidencia de la República de Kiribati, lo que obligó a mudar mi despacho a zonas más altas.
Para el pueblo de Kiribati, una nación isleña de apenas 105 mil 400 personas que habitan 33 atolones esparcidos en el Océano Pacífico Central, el calentamiento y el aumento del nivel del mar son peligros muy reales. Como documentó el Programa Ambiental del Pacífico Sur, dos islotes deshabitados, Tebua Tarawa y Abanuea, desaparecieron bajo las aguas en 1999.
El agua, o mejor dicho la falta de ella, también constituye un problema mayúsculo para varias islas del Pacífico, en especial para el grupo de los Pequeños Estados Insulares que no tienen sistemas fluviales y dependen de delicados recursos hídricos subterráneos propios de los atolones coralinos. En ese grupo se encuentran, entre otros, Palau, las islas Marshall, Kiribati, Tuvalu, Naurú, Niue e Islas Cook.
Las islas de Kiribati carecen de tierras suficientes para embalses o lagos artificiales. Y la mayoría de nuestra población no tiene depósitos para almacenar agua. Dependemos por tanto de las corrientes subterráneas. Pero en la medida en que la tierra se reduce, también lo hace su capacidad para retener esos recursos hasta el punto de no poder suministrar agua dulce suficiente a la población. La pérdida de territorio también provocará mayor erosión costera.
Siempre hemos reconocido la necesidad de conservar nuestras reservas hídricas. Es vital que lo hagamos por nuestra extrema fragilidad ante cualquier sequía breve o a la invasión de aguas marinas en las napas de agua dulce. La naturaleza porosa de nuestros suelos de origen coralino hace que los ojos de agua sean muy vulnerables a la contaminación.
Por tanto, la falta de agua potable no es rara, y cuando ésta existe, mantener su calidad para el consumo humano implica mayores costos. La densidad de población de los centros urbanos exacerba estos problemas.
Está claro que los asentamientos humanos y el cambio climático determinan la calidad y disponibilidad de las fuentes de agua para nuestra gente. El gobierno y todas las comunidades deben comprometerse con su preservación y conservación. Las autoridades requieren de una firme voluntad y dirección política para proteger sabiamente los recursos hídricos.
También necesitamos mejorar los servicios de saneamiento para impedir que las aguas servidas contaminen el suministro. Debemos vivir sobre los canales de los que extraemos agua, lo que plantea una serie de problemas de salud pública. Estos son los desafíos que tenemos que enfrentar.
Consideramos inclusive la eventualidad de transportar agua a las islas, especialmente si la lluvia es escasa y el agua subterránea se agota. Mi gobierno decidió adoptar como lema la frase “Agua para comunidades saludables, ambiente y desarrollo sustentable”, que será incorporada a nuestra política hídrica nacional.
Esa política implica asumir varias iniciativas que aborden preocupaciones relacionadas con el agua y el saneamiento, que se llevarán a cabo en colaboración con agencias internacionales como el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.
Pero nuestra capacidad para hacer frente a estos problemas está limitada por nuestra propia situación en materia de recursos. Sin la asistencia de la comunidad de donantes, no nos resultará fácil abordarlos.
Al mismo tiempo, una parte significativa del problema podría abordarse en el plano administrativo. Es muy importante que los planes de acción debatidos en foros internacionales como la Cumbre del Agua de Asia Pacífico, celebrada del 3 al 5 de diciembre en Beppu, Japón también sean incorporados a las políticas nacionales. Sin políticas hídricas racionales será muy difícil afrontar estos temas a largo plazo.
Aunque falta mucho debate sobre estos asuntos, los más urgentes no pueden esperar y deben ser afrontados ahora. No hay tiempo que perder.