Con todo el respeto que me inspira la academia, me parece una exuberancia el esfuerzo de una publicación reciente en la cual se concluye que Darío era un poeta triste. Es verdad que el mero hecho de ser triste no hace poeta a nadie; pero un poeta feliz sería un cinismo. Esto es así porque el poeta es un ser hiperestésico en un mundo insano y cruel; brutal e implacable; injusto y grotesco y el poeta no puede ser indiferente. Su tristeza no surge, pues, de circunstancias personales como la pobreza o la soledad sino de su vida consciente. “Pues, no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente”. Este concepto no es producto de un mal día o de una mala noche sino de una meditación profunda. El poeta carga con el dolor del mundo; se estremece con sus misterios; muere y resucita como el epiléptico que vuelve de una de sus crisis. Siente, siente, siente y sufre. El corazón del poeta no se vuelve triste a partir de ciertos eventos dolorosos de su vida. Estos simplemente agudizan su tristeza, la excitan, la alegran, como diría Bécquer. El poeta tampoco concibe su dolor como un mal del que deba desprenderse, sino como un tesoro que quiere compartir, pero sin renunciar a él. No busca en el arte un escape al propio dolor. Esto es mezquino y, además, freudiano. Todo lo contrario. Es una “torre de Dios”, un “pararrayo celeste”. Las torres sostienen. Los pararrayos absorben el golpe. Llamar “trágico” a un poeta es una redundancia. ¿No es la vida misma una tragedia? ¿Cómo, pues, podría no ser trágico un poeta verdadero? Y aunque de vez en cuando el poeta ría y disfrute de la vida y de los placeres de la “carne que tienta con sus frescos racimos”, el suyo es un gozo cauto, precavido.
El poeta es triste porque tiene la capacidad de penetrar la naturaleza intrínseca de las cosas con absoluto realismo. Más allá de la seda, del vino y del caviar. Más allá de la risa loca y momentánea, de la embriaguez y del placer sensual, el poeta sabe que el mundo está mal. Que siempre ha estado mal. Que no va a mejorar con los años ni con la ciencia. Que el optimismo del hombre moderno es injustificado. Que las capacidades humanas han sido sobrevaloradas. El poeta intuye que la única esperanza del mundo es su renovación espiritual definitiva. A esta conclusión llegó Darío después de mucho caminar y la expresó en su poema titulado, precisamente, “Canto de Esperanza”: “… ¡Oh, Señor Jesucristo! ¡Por qué tardas, qué esperas para tender tu mano de luz sobre las fieras y hacer brillar al sol tus divinas banderas! Surge de pronto y vierte la esencia de la vida sobre tanta alma loca, triste o empedernida, que amante de tinieblas tu dulce aurora olvida. Ven, Señor, para hacer la gloria de ti mismo; ven con temblor de estrellas y horror de cataclismo, ven a traer amor y paz sobre el abismo. Y tu caballo blanco, que miró el visionario, pase. Y suene el divino clarín extraordinario. Mi corazón será brasa de tu incensario”.
Esta es la oración de un espíritu que ha alcanzado la madurez y la sabiduría que da la observación y la experiencia de la vida. La tristeza forma parte de la identidad del poeta. Que unos la expresen con mayor o menor intensidad es nada más cuestión de estilo. Esa es mi profana opinión. La tristeza el poeta la lleva en las glándulas. Cuando habla, simplemente la secreta.