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Sol en vaso del alma
Jorge Eduardo Arellano
El autor es escritor salomonista
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Salomón de la Selva es uno de los mayores poetas de lengua española menos conocidos, e incluso en Nicaragua su obra es casi ignorada.

Tal era el anagrama de Salomón de la Selva (León, 20 de marzo, 1893-París, 5 de febrero, 1959), poeta moderno y neoclásico, a quien se le dedicará la próxima semana el IV Festival Internacional de Poesía en Granada. Pero don Sal, como le llamaban sus allegados —que eran escasos— se lleva la palma de ser uno de los mayores poetas de lengua española menos conocidos, e incluso en Nicaragua su obra es casi ignorada.

A una causa objetiva, entre otras, se debe en buena parte esa ignorancia o desconocimiento: su ausencia física entre nosotros desde octubre de 1929, cuando tenía 36 años y fue desterrado por el régimen del general José María Moncada (1929-1932). Y no retornó sino hasta los 64 por unas semanas para morir poco después a los 66 años, 9 meses y 16 días el jueves 5 de febrero de 1959 —de un ataque al corazón— a las 5 de la mañana en un hotel parisino (calle Saint Roch no.12).

Toda una existencia marcada por la aventura y el genio, concluía dejando Salomón una trayectoria intelectual y política fecunda e infatigable que abarca numerosas facetas. Por ejemplo, las de young poet en los Estados Unidos —adscrito a la renovación moderna de la new american poetry— e inaugurador de la vanguardia en América Latina con El soldado desconocido (1922), obra renovadora que introdujo el coloquialismo y el prosaísmo, descubriendo a conciencia sus posibilidades poéticas y explotando el realismo libre y el inmediatismo exteriorista para lograr una expresión nueva y humanitaria.

Salomón también fue traductor al inglés de poetas en lengua española y a esta de poetas en lengua inglesa; intelectual incorporado al movimiento que impulsó, en materia de educación y cultura, José Vasconcelos (1882-1959) dentro de la revolución mexicana; secretario de Don Ramón del Valle Inclán en Cuba, líder obrero en México y Centroamérica (1924-25), luchador anti-intervencionista y partidario de Sandino (1926-1934), en Nicaragua; narrador y teórico de la Estética, fundador de revista y centro de estudios en Panamá; catedrático y maestro; protagonista de un victorioso duelo a muerte en Costa Rica, ghost writer del presidente mexicano Miguel Alemán (1846-1952), agregado cultural de México en Washington (1950), colaborador de diarios en materia de política internacional, etcétera.

Es decir, desarrolló una vida plena que no cabe en una semblanza o ni en un libro, ni en varios. Por eso me limito a reiterar que lo más característico de su obra es una fusión orgánica de tres culturas: la herencia indígena americana —adivinada y vivida más que aprendida—, el legado clásico —griego y latino—, auténticamente penetrado; y la tradición judeo-cristiana, en su gran extensión profundizada, desde el principio hasta lo mejor de hoy. Esto explica que haya dedicado muchos de sus versos perdurables a genuinos representantes de esas culturas: al griego Píndaro y al latino Horacio, al poeta y gobernante sabio de Texcoco Netzahualtcóyotl y a Miguel Hidalgo, prócer y sacerdote criollo independentista de México, por evocar sus cuatros libros inspirados a ellos, tan difíciles de obtener porque se agotaron o porque su circulación fue escasa o reducida.

Pero la obra de su vida en la que pasó trabajando muchos años fue Ilustre Familia/ Novela de dioses y de héroes (1954), Biblia de sensibilidad y compendio recreativo de su pasión helénica, así como de la sabiduría de Occidente y que trata de las tres únicas pasiones que levantan al hombre (“Todas las demás lo sumen en la miseria y la vergüenza”): el Amor, la Religión y la Política. He ahí a Salomón de la Selva: un verdadero bardo, algo raro hoy día, como dijo Carlos Martínez Díaz. “Un gran poeta tradicional y de mañana. Un clásico con toda la barba. Un maestro serio y alegre”. Y yo agrego: un “Poeta verdadero”, de acuerdo con el título de uno de sus poemas cardinales, ya que pudo tener tiempo y estómago para administrarse una fama que siempre estuvo a su alcance pero que siempre repudió o dejó de atender como cosa de escasa importancia, declarando: “Lo importante me ha parecido siempre ser poeta verdadero”. En otras palabras: vivir su época con intensidad, sentir con alteza, expresarse noble y dignamente. Así lo indica en el poema citado:

“Poeta verdadero, sin tacha y sin reproche, el de palabra franca, que no tiembla de amor a la verdad y de servir guardándole en pudor (¡no con escándalo que lo mancille, no a destiempo o innecesariamente desnudándolo!): ni vanidad lo engríe a que se exhiba, ni soberbia lo vuelve fosco, huraño, ni se humilla en impúdica postura, ni deshonra a su patria publicando lo que la afea, ni a la amistad ofende, ni difama a los hombres, ni blasfema contra los dioses. No necesita púrpura porque su propia dignidad lo reviste con manto de grandeza, lo corona señorialmente: a donde vaya, en país de tirano, de impetuosa turba o de estadista sabio, hará valer su nombre sin disputarle primacía lo necio”.

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