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El derecho a votar
Danilo Arbilla
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“Primero porque no tenemos armas nucleares. Segundo porque no tenemos vigente ningún conflicto relevante de cuño étnico o religioso. Tercero porque no somos atractivos para el comercio mundial”. Por eso no le interesamos al resto del mundo, según Marta Lagos, directora de Latinobarómetro.

Lo siguiente no tiene mucho fundamento, pero una cantidad muy grande de gente está convencida de que si los latinoamericanos pudiéramos votar en las elecciones de los EE.UU., Bush nunca habría sido electo, lo que, sin dudas, le hubiera evitado muchos sinsabores a los estadounidenses y también al resto del mundo.

Con la base de esa ficción, hoy podría decirse que la mayoría de ese “aporte electoral agregado” favorecería a Hillary Clinton, aunque no está tan claro como en otras ocasiones.

Las simpatías están más divididas y quizá hay más confusión o los candidatos no entusiasman tanto tal como les pasa a los propios estadounidenses. Parecería que en esta instancia existe esa coincidencia entre “ambos” electorados. No siempre ha sido así: en América Latina Carter le hubiera ganado por muerte a Reagan.

Pero volvamos a la realidad: en las elecciones de EE.UU. sólo votan los ciudadanos de ese país, como debe ser. Sin embargo hay quienes sostienen que aquel supuesto de genuino “voto universal” no es tan descabellado si se toma en cuenta que las decisiones que toman los presidentes de EE.UU. afectan a los ciudadanos latinoamericanos y de todo el mundo. Lo que hacen y dicen en la Casa Blanca de alguna manera y en alguno momento nos llega y nos toca.

También es una realidad que si nos atenemos a las propuestas y preocupaciones planteadas por los candidatos en las primarias, tanto demócratas como republicanos, los que podrían reclamar ese derecho serían los habitantes del cercano oriente, de Asia y de Europa.

Los latinoamericanos no tendríamos ni derecho al “pataleo”: ningún candidato se ha ocupado de esta parte de América. Ni la citan. En todo caso sólo podrían argumentar alguna defensa aquellos países a los que las leyes migratorias les afectan seriamente o los que tengan algún tratado de libre comercio en marcha con los EE.UU. El resto no: que sigan despotricando contra el imperio y los gringos, que en estos momentos, domésticamente, da muy buenos réditos: más que en cualquier otra época de la historia.

Pero esto que es bueno para el discurso demagógico-maniqueísta de la nueva camada de caudillos neopopulistas, que se autodenominan progresistas y adoran a Fidel, en la práctica es muy malo para los habitantes de estas tierras latinoamericanas.

La chilena Marta Lagos, directora del Latinbarómetro, en una entrevista con la revista brasileña Veja, dijo que hay tres explicaciones para ese desinterés por América Latina que muestra el resto del mundo. “Primero —dice— porque no tenemos armas nucleares. Segundo porque no tenemos vigente ningún conflicto relevante de cuño étnico o religioso. Tercero porque no somos atractivos para el comercio mundial”.

Quizás habría que agregarle algunas otras cosas como que la mayoría de nuestros países no ofrecen garantías jurídicas para atraer inversiones y el miedo que provoca pensar en un país gobernado por el voluntarismo de presidentes-caudillos que sólo piensan en seguir indefinidamente en el poder, que no aceptan ni los más mínimos controles democrático- republicanos y que se sienten todopoderosos enancados en una bonanza económica, de la cual, sin corresponderles ningún mérito, han sido beneficiarios y la que están malamente derrochando.

Puede que haya quienes estén convencidos sinceramente de que no es tan malo que los grandes no se ocupen ni se metan en América Latina. “Allá los rubios del norte” como decía un líder político uruguayo en apoyo de sus tesis para no tomar partido en la II Guerra Mundial. Pero es muy difícil quedar fuera, lo era en aquella época y mucho más hoy.

Que el mundo nos olvide, que simplemente nos deje a un lado, como en alguna forma ha ocurrido con África, no es nada bueno. Se pierden muchas cosas, desaparecen los valores, la gente sufre y las noticias casi todas son malas o muy malas.

Periodista uruguayo

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