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Noticias >> Opinión
Darío, poeta inmortal
Marcos Orozco
El autor es poeta y periodista
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A 92 años de su muerte Darío sigue clamando por la paz en el mundo. “Juntaos en el trabajo y la paz”, dijo. Nunca habló de juntar ejércitos para atacar la paz del mundo, ni de adherirse a belicosas contiendas fantasmales.

“Ha muerto Rubén Darío el de las piedras preciosas”, escribió sentidamente el mexicano Amado Nervo, poeta, amigo del panida nicaragüense, al saber de su muerte aquel lejano 6 de febrero de 1916.

Miles de telegramas cruzaron los océanos para llegar a León, de Nicaragua, conteniendo el pésame de intelectuales, presidentes, reyes, agencias de noticias, amigos y de todos aquellos que lamentaban la pérdida de quien había llegado en un momento en que era necesaria su intervención en el porvenir del pensamiento español en América, como él mismo afirmara un 22 de diciembre de 1907 en el Palacio Municipal, de León, ocasión en que también se autodefinió como un instrumento del supremo destino y así fue, más de 50 obras entre poesía y prosa lo afirman con aplomo.

Pero lo novedoso de Rubén Darío no es lo profuso como escritor sino lo excelso de su pensamiento, la capacidad de interpretar los tiempos, su genialidad al juzgar los acontecimientos y la capacidad de crear y mantenerse en el pináculo de la gloria desdeñando las épocas.

No se equivocó entonces Amado Nervo, al lamentar su muerte como la pérdida de un tesoro. La Nación, de Buenos Aires, diario argentino al que Darío le dio sus mejores años como periodista, resumió en una palabra la consternación del mundo hispano ante aquel sol crepuscular que se apagaba en occidente. “Dolor”.

49 años tenía Rubén Darío al morir, sin embargo, la muerte no pudo impedir que heredara al mundo sus riquezas acumuladas a golpe de cincel, de tanto bregar hecho a la mar como un Simbad el Marino o como un Ulises griego.

Esa herencia hoy nos da un nombre, una identidad propia, un orgullo, el orgullo de ser como lo afirmara Pablo Neruda “donde se levantó el más alto canto de la lengua”. Y es que Darío unió continentes a la proa de su barca cosmopolita, reavivó la literatura anquilosada con su palabra moderna, rítmica, briosa, llena de naturaleza, don y esfuerzo, arrancó a Pan su flauta y con ella llenó de ensoñaciones al mundo.

Su Marcha Triunfal, su Sonatina, son ejemplos incomparables de su potencia versificadora, donde se nota una influencia suprema, el capricho de Dios por hacer de un humano, nacido “en la humilde Metapa nicaragüense”, un genio inmortal.

¿Darío es actual? Sí, hoy más que nunca Salutación al optimista nos orienta a encontrar la clave para salir del subdesarrollo: “Únanse, brillen, secúndense tantos vigores dispersos” y así incontables muestras de su vigencia en los temas de hoy.

A 92 años de su muerte Darío sigue clamando por la paz en el mundo. “Juntaos en el trabajo y la paz”, dijo en uno de sus poemas. Nunca habló de juntar ejércitos para atacar la paz del mundo, ni de adherirse a belicosas contiendas fantasmales.

Este 6 de febrero celebremos no la muerte de Rubén Darío, sino el nacimiento a la inmortalidad de su obra y de su nombre.

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