Cuando presenciamos algún espectáculo público o privado, artístico o de otra índole, que reúna una buena cantidad de público, al finalizar la presentación, la reacción natural, espontánea, profunda que surge del cerebro y el corazón, es un aplauso nutrido, delirante, inmediatamente estallan las palmas de las manos en forma repetida y entusiasta. Es una respuesta feliz, de aprobación al suceso que implica: aclamar, festejar, celebrar, enaltecer. Muchas veces la cantidad de aplausos se convierte en ovación cerrada y retumbante, incluye ponerse de pie automáticamente, en medio de gritos, hurras, bravos y silbidos, incluso patadas en culturas diferentes. La sesión se convierte en alegría colectiva de larga duración. Al final del acto el público abandona el local caminando entre nubes, casi levitando.
Estas reacciones emotivas se encuentran programadas en el cerebro humano desde tiempos muy remotos. Recordemos que los niños y los monos aplauden espontáneamente cuando algo les gusta. Dicen los sicólogos que los aplausos satisfacen la necesidad de expresar una opinión que crece en forma solidaria. La verdad es que los aplausos son los mejores espaldarazos a una acción de mucho contenido, producidos por una creación sorprendente, impecable y satisfactoria. El público no se engaña, presiente y no tiene ninguna duda entre lo espléndido, mediocre o aburrido y así se manifiestan los aplausos.
Sería extraordinario que todas las ovaciones fueran ejemplos de dignidad y alegría, desafortunadamente también hay aplausos falsos, perversos, oportunistas, comprados o acarreados, veamos: dicen que el emperador romano Nerón pagaba a cinco mil personas para que aplaudieran sus apariciones en público, sin embargo esos aplausos, que yo sepa, no le ayudaron en su inminente caída porque el público reconoce el aplauso mentiroso. En la historia se han visto cantidades de aplausos positivos y negativos. Existen algunos lentos o cansados, acompañados de bostezos. Los aplausos obligados son los menos entusiastas. También están los destinados a provocar risas, se escuchan en películas o comedias de televisión. Esa clase de aplausos a veces producen irritación por ser impositivos, porque ya sabemos que el verdadero aplauso brota como una fuente y no le gusta obedecer.
También existe un aplauso siniestro producido entre vítores desatados con palabras alusivas a gobernantes y desgobernados. Pero el peor de todos, el más indigno y dislocado es el aplauso masivo que lanzan los fanáticos de todos los tiempos: socialistas, seudosocialistas, dictadores, liberales manchados, neonazis, izquierdas, derechas y otros de la misma calaña. El único aplauso frenético y justificado es el que brindan los seguidores a un equipo deportivo de su preferencia.
Todo este preámbulo para destacar la maravillosa puesta en escena de la Misa Campesina de Carlos Mejía Godoy, junto a El Guadalupano, Los de Palacagüina, el Coro de Cámara de Nicaragua y otros invitados. Un conjunto musical con espléndidos arreglos y acompañamiento de La Camerata Bach. Los cantos sonaban dulcemente como cantos de pájaros en las madrugadas, interpretando esas inolvidables melodías, que nos brindan esperanzas de que no todo está perdido en este país, que continuamos produciendo estupendas creaciones, merecedoras de aplausos nacionales e internacionales.