Está en proceso de formación una Ley de Costas en la Asamblea Nacional. Circulan algunos borradores de ley que presentan posiciones, con algo de genética ideológica, al margen de la que está en la AN.
Nicaragua debe aprovechar al máximo sus ventajas competitivas en materia turística: naturaleza exuberante en lagos, ríos, montañas, volcanes; clima tropical todo el año; puertos en dos océanos; vuelos diarios a 5 ciudades de Norteamérica. Y la oferta nuestra no sólo se debe orientar a sol y playa. Hay más que ofrecer: deportes acuáticos, turismo ecológico, cultural, científico; viviendas vacacionales que complementen el país-de-retiro que deberíamos estar vendiéndoles a miles de extranjeros que deseen venirse a disfrutar de la tercera edad a una nación de gente buena y vida sosegada.
Ningún país en Centroamérica tiene los 900 kilómetros de costas —más los otros cientos por ríos, lagunas, y aguas interiores de los tres o cuatro lagos— que los nicaragüenses tenemos.
Además, con las casi 400 islas en el lago Cocibolca frente a las costas de Granada, Chontales, Boaco, Rivas y Río San Juan, tenemos un paraíso griego de aguas interiores qué ofrecer. Ahí también les ofrecemos volcanes, fauna diversa, flora variopinta inexplorada, etc. Más la indiscutible hospitalidad criolla.
Por otro lado, el tema de la Ley de Costas tiene detenidos varios proyectos grandes: Carretera costanera, inversiones en viviendas y condominios, hoteles cinco estrellas, marinas, campos de golf, etc.
Para dinamizar la economía, es necesario que la ley sea atractiva para los potenciales compradores de tierras o inversionistas en turismo. Estos estarían creando empleos al construir viviendas, condominios, hoteles, o canchas deportivas. ¿Por qué hacerles difícil la voluntad de invertir a los que quieran poner su plata a trabajar en Nicaragua para generar riquezas para todos, cuando hay 188 países disputándose en un mercado global de capitales?
A estas alturas ya no podemos construir industrias complejas para desarrollarnos y salir de la pobreza. Sólo tenemos tiempo para hacer industria con lo que tenemos abundante y competitivo: clima, turismo, tierras, mano de obra.
Una Ley de Costas no debería estar patinando en nacionalismos chovinistas que no crean riqueza para distribuirla entre los nicaragüenses. La pobreza se acaba cuando los ingresos —de forma sostenida— se distribuyen justamente entre todos, mediante reinversión o pago de impuestos justos y previamente definidos. Y esta dinámica sólo la economía social de mercado la propicia.
La Ley de Costas tampoco debe abandonar el sentido de justicia, porque todos —nicaragüenses o extranjeros— somos iguales ante la ley. Los mecanismos legales al respecto deben propiciar que el que compre va a tener seguridad y confianza sabiendo que no habrá despojos, ni arbitrariedades, ¡nunca!, pues nadie quiere comprar, comenzar a invertir y luego darse cuenta que los títulos, permisos o concesiones dados por las instituciones nacionales, dejarán de valer porque haya disturbios sociales o casos de corrupción inunden los medios.
Los diputados deben aprobar una legislación que no se preste a dualidades en la interpretación. Si no, las reglas del juego no serán claras y no mercadearemos bien nuestro país que tiene mucha necesidad de atraer capitales.
A los inversionistas hay que garantizarles que se realicen sus negocios sin causar daño a terceros. Pero sería mucho peor si no se vende o no se transa un negocio: porque no vienen inversiones, menos dinero circula en el país, no se pagan impuestos, y los nicas no ganamos. Si nadie quiere invertir en Nicaragua, todos perdemos: obreros, comerciantes, empresarios, el Estado.
Tampoco debemos mostrar que vivimos como perros y gatos, y que somos —más que una nación unida— un país de bandos en constantes desgarres.
Joseph Stiglitz —economista ganador del Nobel— dice, con una frase nada elegante pero muy acertada al respecto: “mala economía es aquella donde los alborotos no restauran la confianza empresarial. Ellos desvían el capital fuera del país, no lo atraen para que entre”.
Hay que promover y garantizar el clima más apropiado para las inversiones extranjeras.
Ojalá Nicaragua no sea referida por los historiadores como un país que perdió oportunidades de atraer capitales, al empantanar las inversiones que arribaban, debido a las malas decisiones de políticos y gestores públicos.