El año pasado fue muy malo para Nicaragua, mejor dicho para la mayor parte de los nicaragüenses. Sin embargo, paradójicamente es muy probable que el 2007 haya sido el mejor de los cinco años del gobierno de Daniel Ortega.
Ciertamente, el 2007 fue el peor año para los nicaragüenses en los últimos tres quinquenios, salvo para la nueva oligarquía sandinista y la capa de militantes del FSLN que se han apoderado de la burocracia y del erario, y que lo están aprovechando para su beneficio particular. La inflación el año pasado fue de más de 16 por ciento y la capacidad adquisitiva de los salarios de los trabajadores disminuyó en 25 por ciento; la economía nacional creció apenas un 3 por ciento, el índice más bajo de toda América Latina; el número de pobres se incrementó con relación al año 2006 y con todos los quince años anteriores; el empleo se redujo porque muchos negocios de toda clase se vieron obligados a cerrar o reducirse, etc.
Aparte del retroceso económico, también retrocedió la democracia nicaragüense, pues la precaria institucionalidad democrática fue directamente atacada y gravemente afectada por el autoritarismo nepótico de Daniel Ortega. De hecho, el único logro que se adjudicó este Gobierno, el año pasado, fue el de poner fin a los apagones, pero eso ya casi al terminar el 2007 y gracias al subsidio petrolero de Hugo Chávez que el pueblo pagará con creces en el futuro.
No obstante se puede asegurar que el 2007 fue el mejor año de gobierno de Ortega, porque pudo aprovecharse de la sanidad económica el gobierno anterior. Tenía razón el ex presidente Enrique Bolaños, cuando dijo, al concluir su mandato gubernamental, que dejaba “la mesa servida” al nuevo gobierno de Daniel Ortega, pero este no ha podido o no ha querido aprovechar la gran oportunidad que se le ofreció para no repetir su desastrosa administración de los años ochenta.
Sin embargo, para este y los próximos años ya no habrá buena herencia que aprovechar. Si el país sigue marchando por el camino al retroceso a donde lo está llevando Daniel Ortega, el año 2008 y los otros tres durante los cuales gobernará el actual Presidente, necesariamente tendrán que ser peores que el año pasado. El anuncio del cierre de operaciones de fábricas de zona franca que lanzará a la desocupación a miles de cabezas de familia, es sólo una señal de los tiempos muy duros que están por venir, a partir de este mismo año. Eso sólo se podría evitar si Daniel Ortega rectificara el desastroso rumbo que viene siguiendo hasta ahora, si se compadeciera de la nación como lo pedía el líder empresarial Roberto Terán (q.e.p.d.); si se reconciliara con Nicaragua, si buscara el consenso con los empresarios y trabajadores para restablecer la confianza inversionista, empresarial y laboral; si hiciera acuerdos con las fuerzas políticas de oposición para reconstruir y fortalecer la institucionalidad democrática; si cesara de hostigar y amedrentar a los medios de comunicación independientes y de amenazar el ejercicio de la libertad de prensa.
El consenso al que llegaron recientemente todas las fuerzas parlamentarias, incluyendo la del FSLN, para aprobar la reforma de la Ley de Amparo que protegería la autonomía del Poder Legislativo y el proceso de formación de la ley, demuestra que si Ortega quisiera podría rectificar y ponerse de acuerdo con la oposición, con los empresarios, con los trabajadores y con la sociedad civil, para gobernar con visión de país y sentido de nación.
En realidad, lo malo no es que Daniel Ortega quiera gobernar con un proyecto de izquierda, ni que ponga énfasis en lo social y promueva la participación popular. Lo malo es que quiere atropellar la libertad, la democracia, el Estado de Derecho, la libertad de prensa, el pluralismo político, ideológico y social. Pero si Daniel Ortega hiciera un gobierno de izquierda democrática y respetuoso de las libertades individuales y de los derechos humanos, como el de Lula da Silva en Brasil o el de Michelle Bachelet en Chile, o como ha dicho Manuel Colom que lo hará en Guatemala, seguramente que no tendría el respaldo incondicional de todos los nicaragüenses pero sí podría contar con una oposición constructiva y facilitadora del consenso nacional. En cambio, si Ortega persiste en seguir empujando a Nicaragua hacia el autoritarismo y las provocaciones internacionales chavistas, inevitablemente tendrá que enfrentarse con una oposición cerrada y radical, porque los nicaragüenses no permitirán que les arrebaten la democracia y la libertad.