Algunos preconizan que los años enriquecen, porque las experiencias nos regalan opciones que antes no habíamos vivido. Bueno, esto me parece verdad, aunque no lo considero veritas absolutus. Razones: el ser humano, al pasar los sesenta años, penetra en un mundo que antes era desconocido.
Los años, cada doce meses, adquieren mayor peso y la espalda que los resiste es simplemente la misma, no acostumbrada a más kilos de resistencia. Entonces, el aguante del cuerpo humano comienza a flaquear y los mecanismos musculares continúan inalterables, aclaro, acostumbrados a resistir las presiones anteriores. Por eso, decidí llamar a estas letras Estos tristes años, recordando las lágrimas “de la noche triste” del conquistador Cortés de México, quien, acosado por los aguerridos aztecas y al ver que, por flaquezas, sus propios hombres deseaban regresar a la seguridad de la lejana Hispania abordando sus naves, mandó a quemar estas para no pasar por la derrota de una indigna huida.
Mas, la historia, en sus sabias e infinitas curiosidades, nos ilustra con geniales sabidurías, como las de Copérnico y Galileo, astrónomos y físicos, quienes dijeron que girábamos alrededor del Sol, situación grave que el Vaticano consideró blasfemia y herejía, aunque después de casi cinco siglos, en 1992, fueron rehabilitados ambos personajes por el Papa Juan Pablo II. Einstein y su teoría de la relatividad, en la Universidad de Princeton. Bismark, el arquitecto de la primera unificación germánica y creador de la universal Seguridad Social. Víctor Hugo, el clásico del idioma galo que escribió Los Miserables después de la edad de sesenta años. Picasso, quien pintó el irrepetible Guernica a los setenta. Y así, mi curioso lector, encontrará que estos luceros del oscurantismo humano fueron conocidos y reconocidos por el intelecto universal cuando ya había sobrepasado los sesenta abriles.
Y ahora, nuestra propia religión, con el innegable protagonismo de Cristo Nuestro Señor, crucificado en el año 33 de nuestra era, hubo que esperar el año 303, cuando Constantino, el primer Emperador Cristiano, estableció en Roma la libertad de cultos; y casi 70 años más, para que el Emperador Teodosio convirtiera al cristianismo en la religión oficial del Imperio Romano.
Para concluir, tres ejemplos más. El irrepetible Carlo Magno, en su ciudad natal Aquisgrán, al norte de Alemania, conformó, después de su cumpleaños 60, su Imperio de Occidente, que sería la semilla del Sacro Imperio Romano Germánico. Así mismo, el gran Carlos V reafirmó su presencia y prestigio cerca de sus 55 años de edad, después de la batalla de Mülhberg, que consolidó su titularidad de Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico.
Estos años otoñales nos llenan de tristeza y nostalgia, cuando, al echar un pequeño vistazo a la madre de todas las ciencias, la Historia eterna, nos encontramos que no necesariamente hay que ser quinceañeros ni hijos de papá, o adorador del Presidente de turno, para encontrar un lugar digno y servir a esta Nicaragua, tan lapidada y sacrificada como el propio Nazareno. He golpeado las puertas de amistades equivocadas de largos años atrás, de un Alcalde de atributos innegables y de manos químicamente puras y la de un inteligente y audaz discípulo del florentino Nicolás de Maquiavelo, el de los mil rostros del período del Renacimiento, que actualmente ocupa su merecido sillón de Vicepresidente de Nicaragua. Todos los elogios se merecen, menos mi humilde gratitud.