El conformismo es una traición a la vida. Los seres humanos no hemos nacido para plegarnos a un diseño de vida que nos lleve simplemente a inclinar la cabeza diciendo “sí señor”. No, hemos nacido para ser rebeldes; una rebeldía que nos impele continuamente a buscar la verdad y todo aquello que nos engrandece y nos enriquece, como seres humanos que somos.
Dotados de inteligencia y voluntad, esenciales grandes componentes de nuestra naturaleza humana, las personas estamos llamadas a enjuiciar con seriedad lo que sucede a nuestro alrededor y no permanecer indiferentes ante lo que amenaza el pleno desarrollo de nuestras capacidades humanas. En otras palabras, las personas tenemos en nuestras manos un tesoro muy grande que se llama libertad y que nos faculta para superarnos continuamente, buscando aquello que nos hace mejores personas, en su integralidad.
La amenaza del conformismo —la comodidad, el apoltronamiento— nos hunde en un sueño profundo y perdemos de vista el horizonte hacia donde tenemos que estarnos moviendo para lograr metas cada vez más altas. Por eso siento la imperiosa necesidad de escribir en estos momentos en los que, da la impresión, muchas personas de nuestra sociedad, con responsabilidad de dirigir el país, sucumben ante el aroma de los billetes o el incienso de los halagos. Y esta actitud conformista está invadiendo todos los círculos familiares, sociales, comerciales, industriales, políticos y académicos. Parecería estar escuchando la frase tan despersonalizada: “otros también lo hacen”.
Una sociedad así, con una moral derrotista y conformista, es capaz de dejarse arrastrar por el aluvión de disposiciones arbitrarias que atentan contra los derechos humanos y la dignidad de la persona. Si ante ataques verbales o movidas aparentemente “legales” nos quedamos indiferentes... ¿qué nos espera?, ¿con qué cara podremos reclamar después lo que nos dejamos arrebatar? Pienso que es hora de que cada ciudadano sea consciente del protagonismo real que debemos poner en práctica para defender nuestros derechos de vivir en libertad, sin imposiciones de ningún tipo. Ese protagonismo consiste en sabernos individualmente responsables de lo que acontece o pueda acontecer en nuestro país. No podemos seguir viviendo en el anonimato ni escondernos detrás de los pantalones de unos cuantos o de las faldas de ciertas mujeres valientes.
¿Recuerdan el popular dicho “camarón que se duerme se lo lleva la corriente”? Es verdad que el ambiente está plagado de conductas ambiguas, hipócritas, cínicas, difundidas ampliamente por los medios de comunicación. Pero eso de ninguna manera quiere indicar que sean dignas de imitarlas o seguirlas. ¡No seamos conformistas! Cada uno debemos tomar la decisión de enfrentarnos a cualquier crisis, individual o colectiva. Hacer acopio de lo mejor de nosotros mismos para impulsar, desde lo más profundo de nuestros corazones, las acciones futuras.
No debemos dejarnos arrastrar por la corriente de lo que el común de las personas hace, dice o piensa. Seamos valientes para tomar ¡responsablemente! nuestras propias decisiones. Es la hora del ¡patriotismo! Tengamos amor hacia el lugar donde nacimos y sepamos demostrarlo con hechos concretos. No seamos personas de palabras largas y acciones cortas. Los nicas tenemos fama de ser buenos a las “tapas”; continuamente nos estamos quejando de lo que acontece en el país y que lesiona nuestros más básicos derechos. ¿Por qué seguimos lamentándonos estérilmente? ¿Por qué no buscamos la verdadera unidad y de una vez por todas terminamos con una larga historia de vejaciones, burlas, imposiciones, dominación, cinismo, irrespeto, injusticias...? Pero claro, cuando una o varias personas, por las razones que sean, plantean soluciones viables y de acuerdo con principios morales que protegen el bien común... entonces aparecen las voces “de siempre” ridiculizando una postura gallarda y sensata... ¡son los celos y las envidias de los incapaces!
Ciertamente la paciencia tiene sus límites y no está reñida con una actitud recia, decidida, abierta y directa por buscar la franca y sincera respuesta contra los abusos a los que estamos sometidos los que genuinamente hacemos patria en Nicaragua. La historia de los pueblos confirma que cuando estos se unen y se rebelan, ¡brilla la victoria!
Apliquémonos los versos de Joan Maragall: “Huye de la tierra inmóvil y de horizontes mezquinos, siempre al mar, al gran mar noble; siempre, siempre mar adentro”.