“Mi Gobierno impulsará la equidad, la diversidad cultural y la tolerancia”. El socialdemócrata Álvaro Colom, vestido de fino traje oscuro, con la banda presidencial recién investida, inauguraba así su gobierno el pasado 14 de enero en una solemne ceremonia a la que acudieron 11 jefes de Estado y delegaciones de 78 países. Las palabras, sin embargo, eran un guiño para las poblaciones mayas —que representan el 60% de los 12.6 millones de guatemaltecos— arrinconadas hasta los límites de la miseria.
Después de abandonar el Teatro Nacional Miguel Ángel Asturias, de Ciudad Guatemala, donde 1,500 invitados presenciaron los actos protocolarios; Colom se trasladó hasta el centro histórico de la ciudad para celebrar con el pueblo su llegada a la Presidencia. Allí, en un acto populista, también fue investido como sacerdote maya por representantes de pueblos indígenas, en una ceremonia amenizada por la música de marimbas. Recibía así la vara de mando de parte de ancianos mayas, mientras lucía su lujoso reloj de 18 mil euros.
Escenas similares se han repetido por todo Latinoamérica, con la llegada de presidentes que se declaran de “izquierda”. Las plazas de las capitales se llenan a reventar para aplaudir a un líder que consideran significa un cambio para mejora de las grandes mayorías golpeadas por las políticas neoliberales impuestas en el continente durante la década de 1990.
En Centroamérica eso parece ser la regla. Con la llegada de Álvaro Colom a la Presidencia de Guatemala, el mapa político centroamericano sufre una transformación casi completa: exceptuando a El Salvador, todos los países de la región cuentan con gobiernos que se declaran de izquierda, de centroizquierda o socialdemócratas.
Un golpe de los electores a los gobiernos de “derecha” que mandaron en la región durante la década de 1990 y hasta inicios de 2000, como la misma Nicaragua, fiel discípula de los lineamientos de Washington.
La noche del 9 de noviembre de 1989, los ojos del mundo giraron hasta Berlín. Esa noche, miles de alemanes se reunieron alrededor del viejo muro que separaba a la Alemania Occidental de la Oriental, para desplomar no sólo el granito sino todo un sistema. Al otro lado del Atlántico, un economista inglés formulaba una serie de políticas económicas que durante una década los países latinoamericanos acataron como sus mandamientos.
El Consenso de Washington son una serie de políticas económicas formuladas en 1989 por el economista inglés John Williamson y que fueron vendidas por los grandes organismos multilaterales (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial) como la solución para que Latinoamérica alcanzara el desarrollo.
Disciplina fiscal, apertura a la inversión extranjera, liberalización del sistema financiero, privatizaciones, protección a los derechos de propiedad, liberalización del comercio, tasas de cambio competitivas, ajustes en el gasto público, entre otros, fueron los planteamientos de esas políticas. Nicaragua las implementó al pie de la letra: se privatizaron los servicios de telefonía y distribución de energía, se restringió el gasto público y hasta se vendió, con todo y rieles, el viejo tren que recorría el Pacífico del país.
Para Williamson el consenso era “lo que Washington quiere decir cuando se refiere a reformas de las políticas económicas”.Años después, con una lista de países cada vez más inconformes con esas políticas, el economista defiende los planteamientos, aunque con matices. En una entrevista con el diario argentino Clarín, Williamson dijo:
“No acepto el argumento que dice que la mayoría de las privatizaciones no funcionaron en América Latina. Al contrario, las evaluaciones más serias han concluido en que la mayoría fue benéfica para la gente y sus bolsillos. Desafortunadamente, hubo casos en los que el proceso de privatización fue corrupto y a las empresas privatizadas se les permitió mantener una posición monopólica, sin regulaciones. Por estos casos, los programas de privatización se vieron desacreditados a la vista de algunas personas”.
Moisés Naím es columnista del diario español El País, Editor Jefe de la revista Foreign Policy y experto en política internacional. Afirma que los cambios políticos a los que se enfrenta América Latina se deben, en gran parte, a la insatisfacción de las grandes mayorías hacia los regímenes considerados de “derecha”, las políticas neoliberales, las grandes desigualdades entre pobres y ricos y los altos índices de corrupción de la clase política criolla.
“Los votantes latinoamericanos están hartos, impacientes y deseosos de votar por políticos nuevos que ofrezcan una ruptura con el pasado y prometan una forma de salir de la grave situación actual”, afirma Naím.
En su ensayo El continente perdido, Naím afirma: “Los partidos políticos, sobre todo los que están en el poder, han sufrido enormes pérdidas de lealtad, credibilidad y legitimidad. Parte de ese desprestigio es merecido porque casi ningún partido político ha sabido modernizar sus ideas ni sustituir a sus líderes ineficaces. La corrupción, el clientelismo y el uso de la política como vía rápida hacia el enriquecimiento personal también proliferan”.
Edmundo Jarquín, ex funcionario del BID y experto en temas políticos latinoamericanos, afirma que existe en el continente una “creciente desafección” al Consenso de Washington, que es el “denominador común” en la región.
“Las políticas impulsadas en el marco del Consenso ayudaron a recuperar la estabilidad macroeconómica y a abrir las economías, a la vez que redefinieron drásticamente la relación entre el Estado y el mercado, pero en general fracasaron en impulsar el crecimiento económico, la generación de empleos y reducir la pobreza”, explica Jarquín a través de una entrevista por correo electrónico.
Jarquín cita datos de un estudio que él ayudó a preparar para el BID que muestra que durante 1980 y 2004, el ingreso per cápita promedio de Latinoamérica creció “prácticamente nada”, un 16%, mientras que China creció 567% y en España y Estados Unidos —países con altos ingresos— el crecimiento fue de 75% y 62%, respectivamente.
“El crecimiento acelerado de América Latina de los últimos cinco años, fuertemente impulsado por la demanda asiática de materias primas, principalmente minerales y petróleo, no debe hacernos olvidar esa realidad, que incluyó el mantenimiento de grandes niveles de pobreza en la región más desigual del planeta”, afirma Jarquín.
La metamorfosis política en América Latina también se debe a una fatiga de la gente hacia el viejo sistema y son saludables para el fortalecimiento de la democracia en América Latina, explica Peter Bernal, columnista de los diarios Miami Herald y Nuevo Herald, de La Florida.
Para Bernal, la transición política del subcontinente es “natural” y se debe a la necesidad de cambio que buscan los latinoamericanos. El experto dice que estas transformaciones políticas son “sumamente necesarias” para impulsar el progreso y el bienestar en la región.
¿Cómo se puede interpretar a un Hugo Chávez en Venezuela confrontando a Estados Unidos sin medir muchas veces su lenguaje, con las poses y actitudes moderadas de la presidenta de Chile, Michelle Bachelet?
El mismo Daniel Ortega cuando subió al poder el 10 de enero de 2007 era considerado, según Newsweek, un moderado, alguien que había aprendido con 16 años fuera del poder, los bemoles de la política y estaba dispuesto a vestirse más con la camisa de Bachelet que con la de Chávez, aunque ahora, un año después, sea totalmente lo contrario.
Los expertos coinciden en que no se puede dividir ni etiquetar los cambios políticos, aunque en general, muchos dividen las “izquierdas” de Latinoamérica entre una izquierda “chavista” y otra “chilenista”, o una “dura” y otra “moderada”, una “populista” y otra “responsable”.
La revista Foreign Policy amplía el horizonte. Hace otra clasificación en un artículo publicado a inicios de 2007. En el análisis se afirmaba que la idea de una gran coalición de izquierda en Latinoamérica, que se opusiera a Estados Unidos y a reformas de libre mercado, “era una fantasía”. Según el artículo, las izquierdas latinoamericanas experimentan “intensas disputas entre una gran variedad de movimientos que a menudo tienen objetivos contradictorios”.
La revista hace una lista de movimientos, todos con agendas e intereses diferentes: revolucionarios, proteccionistas, hipernacionalistas, cruzados, grandes gastadores, igualitarios, multiculturalistas y antimachistas.
“A la hora de dirigir un país, la izquierda no podrá eludir el doloroso proceso de establecer prioridades. Y eso puede desembocar en la madurez política, pero las luchas internas también podrán llevar al desastre económico y político”, afirmaba la revista.
Para Peter Bernal se trata de dejar las diferencias ideológicas y enfocarse en una “fórmula fundamental”: educación, salud y empleo.
Edmundo Jarquín dice que durante el primer año de gobierno de Ortega no ha habido progreso económico, y sin eso “no se van a resolver los problemas de pobreza y empleo”.
La semana pasada, casi todos los días en televisión aparecieron economistas que hablaban de la pérdida del 25% del poder adquisitivo de la población durante 2007 contra el incremento del precio de los productos básicos que fue del 17 por ciento, un dato reconocido por el Gobierno.
“No es problema de filosofías sino de gobernar verdaderamente los recursos del país, administrarlos seriamente y ocuparse para que la ciudadanía tenga mejores condiciones y que el dinero se invierta para lograr empleos”, dice Bernal.
Pero entre las corrientes de izquierda latinoamericanas, explica Moisés Naím, existe un discurso común que tiene eco entre el electorado latinoamericano: la mayoría de los actuales presidentes de izquierda se han presentado en coaliciones políticas que se declaran de centroizquierda, con un discurso que critica la corrupción y las desigualdades sociales, prometen ayudar a los pobres y luchar contra los ricos, desprecian a Estados Unidos y critican la globalización.
En el caso del presidente venezolano Hugo Chávez, que muchos analistas ponen a la cabeza del “populismo” de izquierda latinoamericano, Naím dice que la posición del mandatario “ignora la realidad de que, en la práctica, Venezuela tiene un acuerdo de libre comercio con el gigante del norte. Estados Unidos es el principal mercado del crudo venezolano. Es más, durante el mandato de Chávez, Venezuela se ha convertido en el mercado de más rápido crecimiento para los productos manufacturados estadounidenses”.
En palabras de Peter Bernal: Hugo Chávez tiene un doble discurso, uno para Wall Street y otro para sus seguidores, que el mandatario se ha encargado de sembrar por parte de la región, posiblemente, dice Naím, empleando su riqueza petrolera para ayudar a sus aliados políticos.
Un estilo calcado por Daniel Ortega, que critica a Estados Unidos y las transnacionales, pero mantiene abiertas negociaciones con ambos. El ejemplo más claro es la española Unión Fenosa, a la que el Gobierno amenaza en público, pero silenciosamente le aprueba incrementos en las tarifas de distribución energética.
El mismo vicepresidente Jaime Morales Carazo reconoció esa ambigüedad el jueves pasado, durante la inauguración de la nueva sede de la Embajada de Estados Unidos en Managua.
“Ambas partes —gobierno estadounidense y nicaragüense— han venido aprendiendo a diferenciar la retórica de los hechos, a escucharse, pese a los estruendosos ruidos que se originan, a veces tanto en las tropicales orillas del Lago Xolotlán como en las frías riberas del río Potómac”, dijo poéticamente el vicepresidente Morales.
¿Cuál es entonces la clave del desarrollo? El lado opuesto al “chavismo” es el “chilenismo”. Bernal lo define como el espejo en que toda América Latina debe reflejarse. Chile es un país, dice Bernal, con un “Gobierno serio, administrador y transparente en el manejo de las finanzas públicas, que reinvierte en el país, a la vez que permite un equilibrio entre la libre empresa y las fuerzas del mercado”.
Edmundo Jarquín explica que los actuales movimientos de izquierda son diferentes a los ortodoxos y revolucionarios de las décadas de 1960 y 1980, clasificándolos actualmente en dos clases: unos que se asimilan al socialismo democrático europeo y otros “más emergentes”, “rupturistas”, “refundacionales” de sus sociedades, en que hay una mezcla no muy clara y organizada de ideas nacionalistas, antimercado, recelosas de la democracia representativa, de fuerte contenido mesiánico y algunos de ellos con gran carga autoritaria”.
Para Jarquín, los cambios políticos de América Latina no son casuales sino que durarán tanto como “subsistan las condiciones de pobreza y exclusión que dominan el panorama de la región”. “Esa búsqueda”, dice Jarquín, “se seguirá expresando por diferentes vías de izquierda, socialdemócratas unas, populistas, nacionalistas y autoritarias otras”.
¿Cómo le va a Nicaragua en este sentido? El viernes la Primera Dama de la República, Rosario Murillo y su esposo viajaban a una cumbre en Venezuela bajo las críticas de los medios ante la falta de explicaciones sobre el alquiler de un avión que ellos dicen lo pagó un gobierno amigo. En esos viajes los acompañan sus hijos, quienes según la Primera Dama: “Ya lo saben, todos nuestros hijos cumplen funciones operativas en el Gobierno”. La Contraloría tampoco parece interesada por ahora en que esto se investigue.