El pasado siglo fue testigo de una tragedia inefable que nunca se podrá olvidar: el intento del régimen nazi de exterminar al pueblo judío, con el consecuente aniquilamiento de millones de hombres, mujeres, ancianos, niños y jóvenes. Algunos fueron liquidados inmediatamente después de ser capturados, otros fueron humillados, maltratados, torturados y privados completamente de su dignidad humana, para posteriormente ser asesinados. Sus vidas fueron segadas, la totalidad de su legado, sus obras y su cultura destruidas. Poquísimos de los que fueron internados en los campos de concentración pudieron sobrevivir, y los que lo lograron quedaron aterrorizados para el resto de su existencia. Esa fue la Shoá: uno de los principales dramas de la historia de ese siglo; un drama que nos afecta todavía hoy. Ello, principalmente por una ideología racista destructiva causada por la insoportable xenofobia de su líder y que hizo que, una vez más, afloraran sentimientos antisemitas en Europa. Se creó una nueva realidad sin precedentes en la historia de la humanidad.
Es por ese motivo que el 1º de noviembre de 2005 la Asamblea General de las Naciones Unidas, bajo los términos de la Resolución número 60 / 7 designó el 27 de enero como Día Internacional de Conmemoración anual en Memoria de las Víctimas del Holocausto. En ese sentido, la ONU insta a los Estados Miembros a que elaboren programas educativos que inculquen a las generaciones futuras las enseñanzas del Holocausto con el fin de ayudar a prevenir actos de genocidio en un futuro. Igualmente rechaza toda negación, ya sea parcial o total, del Holocausto como hecho histórico.
Esta efemérides debería constituir una jornada para la reflexión colectiva y el recuerdo concienciado de un pasado ignominioso. La conmemoración de mañana constituye una oportunidad excepcional para rearmar el discurso cívico y humanista frente a quienes tratan de manipular el pasado por intereses perversos y añadir dolor al sufrimiento inimaginable que soportaron las víctimas. Aún hoy, en muchos países se fomenta el más antiguo de los odios con lo que pretenden insensatamente borrar de la faz de la tierra al Estado de Israel, aunque para ello tengan que poner en peligro la misma supervivencia de la vida sobre nuestro planeta. La retórica antioccidental de algunos y los odios viscerales de otros hacen ver como si esos gobiernos estuviesen interesados en que desaparezca el lema del “NUNCA JAMÁS”. Es por eso que los ciudadanos del mundo libre y multipolar que nos rodea estamos en la obligación de concienciar a las generaciones venideras, por medio de la educación; negar o esconder las barbaridades históricas cometidas en el pasado puede generar nuevas discordias en sus entrañas. Además, el olvido es desgraciadamente una de las grandes virtudes del hombre; es cierto que sin él, después de grandes penurias, no podríamos seguir viviendo. Pero muchas veces la ingenuidad no permite al ser humano ver la realidad que lo circunda.
Actualmente el Holocausto es un tema que se estudia con profunda seriedad. Nos ha hecho reflexionar sobre la cuestión de la fe en la bondad de la humanidad. A pesar de los adelantos tecnológicos e ideas cultas del siglo XX, grandes números de personas sirvieron de cómplices apasionados o espectadores indiferentes en una campaña para exterminar a los que ellos consideraban inferiores. Por lo demás, estos atropellos de lesa humanidad no se pueden negar ni olvidar, y menos aún cuando existen todavía sobrevivientes de los campos de concentración que, enseñando las marcas indelebles y el número que les fueron impresos a fuego en los brazos durante su cautiverio, recuerdan los detalles dantescos de esa horrible pesadilla ocasionada por el nazismo en el viejo continente.
El dolor aún nos entume el corazón y nos ciega la razón cuando nos sentimos incapaces de entender la maldad causada por nuestros congéneres. Por eso, sea cual fuere el motivo, tenemos enfrente el reto de evitar que el mundo ignore lo acontecido entre 1933 a 1945, ya que el recuerdo de los mártires y la prevención de nuevos eventos genocidas es un tema que compete a la humanidad en su conjunto. No olvidemos la frase escrita por el pastor luterano Martin Niemöller que en sí resume la indiferencia vivida durante la II Guerra Mundial y que no puede repetirse otra vez:
“Al principio se llevaron a los comunistas,
pero como yo no lo era
no alcé mi voz en señal de protesta.
Después se llevaron a los judíos,
pero como yo no lo era
no alcé mi voz en señal de protesta.
Después se llevaron a los católicos,
pero como yo no lo era
no alcé mi voz en señal de protesta.
Después se llevaron a los discapacitados,
pero como yo no lo era
no alcé mi voz en señal de protesta.
Después se llevaron a los homosexuales,
pero como yo no lo era
no alcé mi voz en señal de protesta.
Cuando me llevaron a mí,
ya no había quien alzara la voz …”