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En el Día del Holocausto
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El primero de noviembre de 2005, la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) aprobó una resolución mediante la cual instituyó el 27 de enero de cada año como el Día del Holocausto, en memoria y homenaje a los seis millones de judíos que fueron asesinados en los campos nazis de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial. La ONU escogió el día 27 de enero para esta celebración anual, en recuerdo de que en esa fecha, pero del año 1945, fueron liberados los sobrevivientes del campo de concentración de Auschwitz, en Polonia, el más representativo de todos los campos de exterminio de judíos que los nazis establecieron en Alemania y otros países de Europa.

Cabe señalar que la propuesta de instituir el Día del Holocausto fue presentada por las representaciones de Israel y Estados Unidos, pero se aprobó por consenso de los 191 representantes de los países que en ese entonces formaban parte de la ONU. Y la única observación que se hizo, mas no objeción, fue la de delegados de algunos Estados, como Egipto y Venezuela, de que también se debe rendir homenaje a las víctimas de otros genocidios, como por ejemplo las de las bombas atómicas que el presidente de Estados Unidos, Harry Truman, ordenó lanzar contra las poblaciones japonesas de Hiroshima y Nagasaki, en agosto de 1945, así como la matanza de alrededor de 8 mil musulmanes en Sbrenika, Bosnia, en el año de 1995.

Pero lo uno no excluye a lo otro. En realidad, el acuerdo de la Asamblea General de Naciones Unidas para instituir el Día del Holocausto, fue motivado no sólo por la voluntad política y el compromiso moral de honrar expresamente la memoria de los seis millones de judíos que fueron asesinados masivamente por los nazis, sino también por el interés de llamar la atención de la humanidad hacia la necesidad de movilizarse en todo el mundo, en la lucha por prevenir los genocidios de cualquier tipo, origen y pretexto; y para que quienes los instiguen y perpetren sean debidamente castigados, de acuerdo con las normas del derecho internacional.

Por eso, precisamente, fue que en el acuerdo para conmemorar anualmente el Día del Holocausto el 27 de enero, la Asamblea General de Naciones Unidas exhortó a los gobernantes de todos los países miembros de la organización, “a llevar a cabo programas educativos para que las futuras generaciones conozcan lo que fue el Holocausto de los judíos y sus consecuencias”. Tal como lo expresó en aquella memorable ocasión el entonces Secretario General de la ONU, señor Kofi Anan, “las lecciones de Holocausto no se pueden simplemente remitir al pasado y olvidarlas”.

Desgraciadamente, después del Holocausto que sufrió el pueblo judío durante los años de la Segunda Guerra Mundial, ocurrieron los otros genocidios antes mencionados (es decir, los de Hiroshima-Nagasaki y Sbrenika), así como también el de Camboya, en Asia, y el de Ruanda, en África, los cuales por diversas razones la ONU no pudo evitar. En realidad, a pesar de los esfuerzos políticos y los llamamientos que de manera permanente hace Naciones Unidas; y no obstante el establecimiento del Tribunal Penal Internacional, el cual los gobernantes de Nicaragua no han querido ratificar y cuyo fin es perseguir y castigar a los culpables de genocidio y otros crímenes de lesa humanidad, estos han seguido ocurriendo y es probable que vuelvan a ocurrir algunos en el futuro.

Es que algunos gobernantes poderosos, intolerantes y extremistas hasta la demencia criminal, no aprenden las lecciones de la historia y quisieran repetir el genocidio contra el mismo pueblo judío o contra otras naciones. Tal es el caso específico del Presidente de Irán, Mahmoud Ahmadineyad, de quien el Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega es su cordial amigo y buen aliado. Como es bien sabido, el gobernante iraní no sólo ha negado que el Holocausto haya ocurrido sino que ha dicho que al Estado de Israel hay que borrarlo del mapa del mundo. Y por el odio irracional que Ahmadineyad demuestra hacia el pueblo judío, es justo temer que si ese nuevo Hitler llegara a producir el arma atómica sería capaz de usarla contra el Estado y la población israelita.

De manera que al Holocausto —o Shoá, como lo llaman los judíos— no sólo hay que recordarlo como una dolorosa tragedia del pasado, sino también como una ominosa posibilidad del presente. Y estar en alerta para impedir que vuelva a repetirse.

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