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Noticias >> Opinión
La pandemia de la mediocridad
Pablo Sanabria
El autor es Abogado
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La mediocridad se expande en Nicaragua como una pandemia y algo hay que hacer para combatirla, comenzando con los parientes y con los que están cerca, hablando en voz alta contra ella en la escuela, la universidad y los centros de trabajo.

Están en todos lados y en todos los ámbitos. En las gerencias generales y en las cocinas de los restaurantes. En las presidencias de repúblicas y en los sindicatos de trabajadores. En las aulas de clase y en las rectorías. Unos ostentan títulos académicos y otros apenas saben escribir. El estatus socio-económico-educacional no es definitorio de su esencia. Tampoco su temperamento. Los hay serios, como un rey de naipe, y jocosos como un bufón. Viajan a pie y en carros de lujo. Visten de seda o de harapos. Son los mediocres, la especie más difundida de seres humanos. En los centros de trabajo, los mediocres viven con el oído pegado a las puertas, suspicaces, pendientes de las reuniones de los jefes, a la expectativa de alguna vendetta. Temen las consecuencias de sus actos. Se saben incapaces y sobreviven de la intriga. Son cobardes y traicioneros. No pueden estar solos ni en silencio. Jamás tienen paz.

Crean sus redes de información en asociación con otros mediocres asustados y así se guardan mutuamente las espaldas y se abren paso por la vida a punta de empujones y de estocadas, descendientes son todos ellos de Bruto. Cada vez más astutos, más experimentados en el arte de la traición, indisponen, adulan, acusan, menosprecian, sabotean y convierten la mediocridad en un estado aceptable. Detestan lo superior, lo creativo, lo extraordinario y se restriegan contra ello y lo ultrajan y manosean con intención desesperada de disminuir su dignidad. Saben que siempre serán luna. Los mediocres viven o mueren de la opinión ajena. Son vengativos. Constantes en su odio. Avaros del rencor. Jamás pierden de vista a quien acentúa su pequeñez. Le acechan. Están atentos a su llegada y a su partida. A lo que come y a lo que evacúa. En compañía de otros mediocres se sienten fuertes y osados. Solos, tiemblan y callan y desconfían de todo. Proyectan en los demás sus propios vicios.

De mediocres está especialmente poblado el ámbito de la política y del Estado. Allí pululan como moscas de basurero, enquistados en el sistema, acostumbrados a cambiar de apariencia mil y una veces. De corderos a lobos rapaces. De monos a pericos. Y, de vez en cuando, representando a todos ellos a la vez. Su razonamiento es simple: “Es la lucha por la supervivencia”, “la ley de la selva”. El qué y el cómo son irrelevantes. El fin justifica los medios. “Los moralistas se mueren de hambre”. “El que se mete a redentor muere crucificado”. “Al tonto ni Dios lo quiere”. ¿A quién le importa el comportamiento ético cuando hay que pagar la mansión y el carro e ir de “shoping” a Miami en diciembre? En el ambiente político criollo, la mediocridad hierve como caldo de su propio cultivo, bendecida y alimentada por los corruptos.

La mediocridad se expande en Nicaragua como una pandemia y algo hay que hacer para combatirla, comenzando con los parientes y con los que están cerca, hablando en voz alta contra ella en la escuela, la universidad y los centros de trabajo. Aunque los mediocres chillen y levanten la ceja, es necesario afirmar la posibilidad de la excelencia del carácter y del espíritu creativo y aplaudir lo intrínsecamente especial y verdadero. Si bien es cierto que en nuestro país hay muchos hombres y mujeres de talento, los puestos de dirección en las entidades públicas y privadas están en muchos casos en manos de incapaces que reciclan su mediocridad y la perennizan. Contra esto hay que alzar la voz y sublevarse por el bienestar de nuestros hijos y por el futuro de Nicaragua.

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